La leyenda del fantasma de la Casa de José Zorrilla

Los espíritus rodearon al escritor vallisoletano a lo largo de su vida, se cree que uno de ellos, el de su abuela doña Nicolasa aún descansa en una de las habitaciones del hogar que le vió crecer.

El romanticismo del poeta y dramaturgo vallisoletano, José Zorrilla, parece haber cruzado en determinadas ocasiones la frontera que separan a la tinta y el papel de la realidad. ¿Dónde se encuentra el punto medio entre la fantasía y esa realidad? Una pregunta para la que algunos aseguran tener respuesta y que otros muchos prefieren dejar sin contestar.

 

Varias son las leyendas que aguardan la ciudad de Valladolid, en estas líneas se refresca una de ellas. Una curiosa historia que acompañó al escritor vallisoletano desde su infancia hasta su madurez que pondrá a muchos los pelos de punta y que el propio autor relató en  1880 en ‘Recuerdos del Tiempo Viejo’.

 

El misterio que envolvió al poeta comenzó cuando este apenas tenía cinco años en la Casa Zorrilla, ahora convertida en museo. El niño jugaba inocente con los juguetes que su padre le hacía en la parte superior de su casa natal. Mismo lugar en el que se encontraba la habitación de invitados, un cuarto que permanecía siempre sospechosamente cerrado.

 

Tan solo giraban el pomo de la puerta las criadas a la hora de la siesta para abrir la pequeña ventana que permitía al aire correr libremente entre esas cuatro paredes que Zorrilla jamás había conseguido ver con sus propios ojos.

 

Una vez que se abría la ventana, la habitación quedaba nuevamente clausurada. Ese día, una de las criadas olvidó cerrarla y el pequeño, que ya había sentido una extraña presencia en la casa, se adentró en el cuarto prohibido. Para su sorpresa, en una de las butacas de la habitación permanecía sentada una “señora de cabello empolvado, encajes en los puños y ancha falda de seda verde”, a la que Zorrilla aseguraba no haber visto jamás.

 

La mujer, que aseguró ser su abuela,  con una amable sonrisa le tomó de la mano. El escritor asegura entre sus líneas que sintió el contacto de sus manos y recuerda con cariño que su corazón “se llenó de alegría”.

 

Una historia que no se alejaría de la normalidad de no ser porque esta mujer, doña Nicolasa, abuela paterna de José Zorrilla, había fallecido antes de llegar éste al mundo. El muchacho le contó entusiasmado a su madre lo que acababa de suceder, Nicomedes Moral no cabía en su asombro, no comprendía cómo su madre estaba en la casa y había llegado sin avisar. Se percató entonces de que el pequeño no hablaba de su abuela materna. La habitación, a la que volvió a echarse la llave, estaba completamente vacía cuando la revisaron.

 

Este escalofriante asunto pareció quedar en el olvido, pero no fue así. Pasados unos diez años, cuando José Zorrilla se encontraba su casa de Torquemada, rebuscando junto a su padre y el secretario de éste en el desván, allí, entre el polvo acumulado por el tiempo y los recuerdos, encontraron un lienzo. El joven Zorrilla, al verlo, exclamó: "¡El retrato de la abuela!"

 

Su padre no daba crédito, ¿cómo sabía su hijo que esa mujer era la abuela Nicolasa? Y es que la mujer del retrato coincidía plenamente con la descripción que el pequeño Zorrilla había dado de la afable señora que hacía diez años le había visitado en la ahora famosa casa de Valladolid. La falda verde, la blusa con encaje, todo coincidía.

 

Se dice que el espíritu de la buena abuela Nicolasa habita el cuarto prohibido que tanta curiosidad había despertado en el subconsciente de aquel niño que se convirtió en símbolo de la ciudad vallisoletana. Hace varios años, en la casa del poeta, convertida en museo, se llevaron a cabo algunas reformas y la habitación de los huéspedes se cerró a las visitas.

 

Cuentan que a partir de ahí empezaron a suceder cosas inexplicables. Se cerraban las puertas, se encendían las luces, desaparecían cosas y otras se movían de su sitio. Al parecer la abuela Nicolasa no podía entrar a su cuarto y, enfadada, recorría la casa de arriba abajo pidiendo que se abriese. Pues, de nuevo la habitación encantada se abrió y el misterioso vaivén  cesó.

 

¿Fin de la historia? Parece que no. Al dramaturgo le persiguen más espíritus que prefieren acercarse al teatro e interpretar su propia obra antes de quedarse entre las líneas de un guion. Y es que corre la voz en la ciudad de que el Teatro Zorrilla también es el hogar de un fantasma. Un fantasma algo diabólico, descontento por la conversión de un lugar sagrado, como era el Convento de los Franciscanos, en un espacio de espectáculo.

 

El miedo a despertar su ira provocó que no se pusieran durante tiempo atrás algunas entradas a la venta. A día de hoy parece ser que el espíritu o se ha tranquilizado o se ha acostumbrado a la magia del teatro y ha terminado por disfrutar junto al público de ella.