La leyenda del cocodrilo de Rioseco que atemorizó a sus vecinos
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La leyenda del cocodrilo de Rioseco que atemorizó a sus vecinos

Imagen de la piel del caimán, de la iglesia de Santa María y una pintura de Manuel Millán.

La piel de un gran caimán americano cuelga de una de las puertas de la iglesia de Santa María. Una bonita fábula recrea una historia muy alejada de la realidad.

Ahora que corren ríos de tinta sobre el supuesto cocodrilo que campa a sus anchas por el río Pisuerga a la altura de Pesqueruela en Simancas, podríamos decir que donde sí existe un caimán de grandes proporciones es en Rioseco. Disecado, sí. Y en la iglesia de Santa María, donde sorprendentemente cuelga de la cancela de madera de entrada para asombro de propios y extraños.

 

La leyenda es caprichosa. Y si el cocodrilo de Simancas supuestamente vive en las aguas del Pisuerga, el de Rioseco atemorizaba a todos los vecinos en las aguas del río Sequillo, que da nombre a la localidad (Medina o Ciudad del Río Seco que dirían los árabes).

 

Esta increíble historia relata que cuando se construía la catedralicia iglesia de Santa María, el caimán por la noche derruía todo lo levantado por el día. Otra versión de la misma leyenda dice que el reptil causaba estragos en los cultivos de la ribera del río.

 

Sea como fuera, el temor de los vecinos a ser devorados por las fauces del saurio hizo a los responsables de la época tomar una medida: había que capturar al cocodrilo, pero nadie se atrevía. Fue un preso condenado el que pidió la libertad a cambio de dar caza al caimán.

 

Para ello, según las leyendas de la época, tuvo una idea ingeniosa. Usando espejos, logró que la fiera se paralizase viendo el reflejo de su ser. En ese momento fue cuando se le dio una certera lanzada de muerte.

 

La realidad dista mucho de la fábula. El cocodrilo, por supuesto no se escabulló en las aguas del Sequillo. Ignoramos si el de Simancas hace lo propio en el Pisuerga. La historia se resume en que un riosecano, Manuel Milán, que viajó a América en el siglo XVIII en busca de fortuna, llegó a ser alcalde de Puebla (en México). Allí adquirió la piel del gran caimán (más de cuatro metros) que parece ser, según un artículo que firma Ángel Gallego Rubio en La Voz de Rioseco podía tener más de cien años, y fue donada a su localidad natal, en este caso –se cree- que por su sobrino Félix.

 

 

 

Por barco llegó hasta Sevilla el exótico exvoto hasta Sevilla. Ya en Rioseco decidió colocarse en el lugar del templo donde hoy puede admirarse. Incluso una empresa de Medina de Rioseco convirtió el emblemático caimán en un suvenir bajo el título de ‘los auténticos cocodrilos del Sequillo’. Una réplica cuelga de la calle Mayor de Rioseco que es fotografiada por cientos de visitantes y curiosos.

 

Quizá algún valeroso mozo podría usar el mismo método que el del valiente preso para dar caza al misterioso cocodrilo de Simancas.

 

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