La historia de una reaparición; la historia de una reedición

Manolo Sánchez y Enrique Ponce, a hombros en Valladolid. FOTOS: A. MINGUEZA
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Enrique Ponce, solvente y templado, se lleva cuatro orejas. Cara y cruz para Manolo Sánchez que escuchó en su segundo los tres avisos y que se desquitó cortando dos generosas orejas al que cerraba plaza.

Cuarta de feria. Tarde más fresca que en días anteriores donde molestó el viento. Menos de medio aforo.

 

Se lidiaron seis toros de Miranda y Moreno, desiguales de presentación y de juego; algunos como el primero sin trapío. 

 

Enrique Ponce. Oreja, oreja y dos orejas.

 

Manolo Sánchez. Ovación, ovación tras los tres avisos y dos orejas.

Esta es la historia de una reaparición, la del diestro vallisoletano Manolo Sánchez; y la historia de una reedición,  la del torero valenciano Enrique Ponce. El uno llevaba desde 2011 fuera de los ruedos; el otro lleva 27 años en figura. Sánchez volvió a vestirse de luces para celebrar sus bodas de plata como matador de toros; Ponce demostró una vez más su magisterio, su privilegiada cabeza y su innato temple, aunque algunas veces se despegue en demasía y abuse del pico.

 

El mano a mano con el que se cerraba el ciclo de corridas a pie no suscitó el interés en el público vallisoletano que no llegó a ocupar ni la mitad de los tendidos. El encierro de Miranda y Moreno, una escalera en presentación y desigual en las telas, sirvió para que Ponce volviera a dar un golpe sobre el albero, en este caso, el vallisoletano. Fueron cuatro los trofeos que el de Chiva paseó por el anillo del Coso de Zorrilla, lo hizo tras tres faenas de diverso calado, todas basadas en la solvencia, la técnica, el temple, la inteligencia. 

 

Ante su primero, el valenciano -que brindó a su compañero y amigo de cartel- estuvo más despegado, aunque igual de templado. El de Miranda y Moreno, tan noble como escaso de trapío, colaboró en la series sobre las dos manos que remató con unas poncinas, marca de la casa. El pinchazo y la estocada atravesada no fueron impedimentos para que Enrique se llevara el primer trofeo.

 

Profesional en el segundo, Ponce se quejaba constantemente del viento y de la escasa fuerza de su oponente, que se quedaba corto. Poco a poco, sobándolo, el valenciano lo fue metiendo en el canasto. La faena sube enteros sobre la izquierda, especialmente tras un eterno cambio de mano y dos cadenciosos naturales, profundos y toreros. El trasteo, intermitente tanto como la embestida de Gordillo, que así se llamaba el de Miranda y Moreno, preceeció a una estocada desprendida que también tuvo premio.

 

Con la Puerta Grande asegurada, una vez más, Ponce quiso disfrutar. Enseguida vio a Mesón que se desplazaba con alegría. Grácil saludo capotero y el puyazo larguísimo dieron paso a una faena más artista. Enrique se desprendió del mono de trabajo y se puso la etiqueta. La cabeza comenzó a funcionar y la faena fue completa y redonda, especialmente al natural donde llegaron los momentos más bellos de la tarde.

 

Suavidad en las telas, con el temple necesario para que el de Miranda y Moreno se sumara a la obra de Ponce. Larguísimos fueron los naturales que les iniciaba con el envés de la muleta para llevar la panza arrastrada por los suelos. Ejecutó, ahora sí, la suerte suprema con importancia y la estocada fue tan efectiva que el público pidió los dos trofeos, que el palco concedió sin mayor problema.

 

Cariñoso estuvo el público toda la tarde con Manolo Sánchez. Desde la primera ovación cuando rompió el paseíllo hasta que abandonó en volandas el coso que tantas veces le vio triunfar. En esta ocasión el apego fue excesivo, pero la ocasión lo merecía. Se enfundaba, de nuevo, y tras seis años de inactividad, el chispeante. Quería conmemorar así sus 25 años de matador de toros. La papeleta no era nada fácil. Tres aguardaban en chiqueros y a su lado una figura de época. Aun así, Manolo no se arrugó.

 

Bien con el percal en su primero, recordando aquel Manolo Sánchez de la primera época. Luego, ya con la muleta, el vallisoletano recortó distancias y se los fue robando de uno en uno. Algunos templados y con calidad, rememorando el temple y la clase de aquel torero que siempre apuntó a lo más alto. La espada no estuvo afilada y Sánchez se conformó con otra cariñosa ovación.

 

El que hacía cuarto no fue fácil, un toro alto y bastote, herrado con el 13. El de Pucela solventó el trago a base de oficio. Consintió y logró alguna tandas meritoria. Recortó distancias, se metió entre los pitones y aguantó algunas miradas. Podía caer un triunfo, pero la espada atravesada no fue eficaz y con el descabello comenzó el viacrucis para toro y torero. Falló repetidamente en una imagen desagradable que hizo que incluso Ponce, como director de lidia, ayudara con su capote a que el toro humillase. Todo sin éxito. Sonaron los tres avisos. Aunque el toro moribundo acabó echándose sin que los mansos salieran en su búsqueda.

 

Los aplausos se impusieron a los pitos y los vallisoletanos, una vez más, mostraban su sensibilidad y su cariño con el paisano. Tuvo que pasar un quinario Manolo, hasta que llegó el sexto, más si cabe cuando Ponce se entretuvo cortando dos orejas. Pero el colorado bautizado como Esparritón, que hacía el último de la tarde, ayudó. Se desplazó y metió la cara.

 

Manolito se sacudió los fantasmas, primero con el percal y más tarde con la franela. Enjaretó algunas series que, sin ser las de aquel torero artista, sirvieron para caldear los tendidos. La embestida no duró demasiado y Manolo hubo de recortar distancias. Ahora sí acertó con el estoque y su público, elevó la exaltación del cariño y del paisanaje a las dos orejas, para que el de Valladolid abandonará su coso en hombros junto a su amigo Ponce. Era la historia de una reaparición y de otra reedición. La del torero de Pucela y la del magisterio del torero valenciano.