La golondrina

Féliz Gómez y Carmen Maura.

Soy una persona que todavía no sabe quién es. Lo cuenta muy bien Philippe Lançon en su libro Le lambeau (Los regresos. Editorial Anagrama). “Regreso poco a poco, con distancia, a una vida que ya no es la misma por yo no soy el mismo. Hay varios yoes: el que fui antes del atentado, el que fui en el año que siguió al atentado, el de la convalecencia (…) y por fin está el hombre que estoy volviendo a ser ahora que todavía no conozco bien”. 


La golondrina es justamente eso. Un atentando destruye la vida y la continuidad de la vida a los que le sobreviven. La herida que se produce en los supervivientes les perseguirá para el resto de sus días. El dolor físico y el dolor de la ausencia. La ausencia de la solidaridad tan presente siempre que lo necesitas. 


En el caso de Lançon apunta “Comprobé hasta qué punto la extrema izquierda está dotada para el desprecio, la mala fe, la ausencia de matices   y la invectiva degradante. En eso, al menos,  no tiene nada que envidiar a la extrema derecha”. 


Por ahí van un poco “los tiros” de La golondrina. Si no piensas como yo, tienes un problema. Aquí los hechos son de sobra de conocidos. En una discoteca entra un terrorista y se lía a tiros a diestro y siniestro. La muerte violenta de un ser amado que entrega su vida a cambio, permite al espectador sumergirse en el meollo del asunto. 


La golondrina resulta un ejercicio de introspección en el intento de entender porque estaban allí en ese preciso momento, que pasó en los instantes antes de la muerte y como se vuelve a la vida diaria.
El encuentro de Amelia (Carmen Maura) y Ramón (Félix Gómez) libera recuerdos, pasiones y múltiples culpas. Pero, ay, la esperada incandescencia aparece en contadas ocasiones. Y eso que el espectador pone todo de su parte para que esto ocurra. Es cierto que ya sabe por dónde va el asunto y su transcendencia, pero no acaba de estar bien resuelto. 


No acaba de estar bien resuelto, porque en el caso de Carmen Maura, su lenguaje corporal y su voz la delatan y la deja en la superficie del personaje que necesitaría un esfuerzo mayor para que el espectador pudiera llegar a conocer su personaje hasta el fondo.


Félix Gómez saca adelante su personaje de manera convincente (no siempre) aunque con una pega: tiene esa manía que tiene que desechar de escucharse a sí mismo; con la ventaja de poseer una elegancia en el escenario y un aura que tiene que aprovechar más.