La gaviota
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La gaviota

Ya lo dijo Einstein, y otros cien antes que él, que si juzgas a un pez por su habilidad para trepar árboles, vivirá pensando que es un inútil. Si juzgas a Irene Escolar, Nao Albet, Mónica López, Xavi Sáez y a Roser Vilajosana por cómo han interpretado esta noche a sus personajes de La gaviota te das cuenta que la versión libre de que ha hecho Álex Rigola le falta emoción, equilibrio, vitalidad, amenidad y parsimonia. Diciéndolo corto: esta versión muestra a un Chejov superfluo y deja al espectador con ganas de marcharse a casa y arrepentirse durante todo el fin de semana de haber ido al Teatro Calderón. 

 

Que el teatro es cultura y entretenimiento nadie lo duda. Que antes de “la mascarilla” se estaba viviendo un gran momento teatral tampoco nadie lo pone en cuestión, Pero, ay, parece que de repente ha desaparecido el talento y el entusiasmo. Aquí estoy sentado esperando que pase algo en las tablas, pero nada,  parece que estamos en un plató de Mediaset y cada uno va contando sus penurias y bobadas que al público le dejan totalmente indiferente. ¿Qué de que hablan? Pues si fulanito le gusta a menganita y que si a este le duele un poco el estómago y no le hacen caso sus amiguitos. ¡Paparruchas!

 

¡Que hemos venido a ver la obra de Chejov, oiga! Pero claro, Rigola la destroza, la arruina desde el minuto uno. La atmósfera que crea, mejor dicho que no crea en el teatro es una rémora que impide al espectador desaparecer y olvidarse del mundo que para eso ha salido de casa con la que está cayendo.

 

Uno va al teatro para que te sorprendan con lugares  que no pensabas por ningún momento que pudieran existir y además,  cuando te han llevado,  te ha gustado y te has querido quedar allí como mínimo 80 minutos y al salir de ellos te has sentido bien, aliviado y reconfortado.

 

La gaviota empezó a  las 19.00 horas y cuando el reloj marcaba las 19.49 horas  no pude más, me levanté cogí el abrigo y puse rumbo a la calle. Tenía muchas ganas de ver a Irene Escolar, pero… otra vez será. No fue capaz con su voz, ni con su cuerpo, ni con sus silencios de representar un personaje creíble y verdadero. El resto de intérpretes, todos, con ese tono “Buenafuente” y de colegas,  encarnan unos personajes a los que le falta el aliento y dicen poco al espectador.  ¡Pobre Chejov!