La emotividad y la contabilidad
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La emotividad y la contabilidad

Padilla se despidió de Valladolid con dos cariñosas orejas y una espeluznante cogida, que se saldó sin consecuencias. El Fandi cortó dos trofeos excesivos y Ferrera pinchó una faena muy meritoria.

Plaza de toros de Valladolid. Penúltima de la feria. Toros de Olga Jiménez y García Jiménez, de correcta presentación. Mansearon, pero colabraron en la muleta, nobles y con mobilidad, excepto el quinto. Algo mas de un tercio de entrada.

 

Juan José Padilla. Oreja y oreja.

 

Antonio Ferrera, oreja y ovación.
 

El Fandi, dos orejas y silencio.

 

Juan José Padilla fue atendido en la enfermería de un fuerte varetazo en la iliaca y de una contusión en la espalda.

Si usted no lee está crónica y tan sólo de limita a revisar la ficha del festejo y contemplar la imagen que ilustra la información, pensará que ha sido una grandísima tarde. Dos toreros en hombros y cinco orejas son motivos más que suficientes como para creer que, a priori, los espectadores que acudieron al Coso de Zorrilla (poco más de un tercio) asistieron a un magnífico festejo.

 

No es cierto, al menos no del todo. Porque a veces la contabilidad es fruto de la emotividad, en una tarde donde el resultado fue mucho más abultado que lo acontecido en la arena y el público del Coso de Zorrilla, está tarde, fue sensible y generoso a partes iguales.

 

Hacía su último paseíllo Padilla en una plaza en la que cosechó grandes triunfos. Aún recuerdo una actuación estelar bajo un diluvio. Hoy, aunque se anunciaba lluvia, el sol se asomó a la tarde-homenaje del jerezano en Valladolid, que comenzó emotivamente cuando el pintor vallisoletano Miguel Ángel Soria le entregó un recuerdo en forma de obra de arte, cuando se deshizo el paseíllo. El respetable, cariñoso, le tributó una sonora ovación que el jerezano recogió en los medios, antes de que el primero asomara por el portón de chiqueros.

 

Era emocionante ver la figura enjuta de Padilla, casi como un veterano de guerra. Cuerpo fibroso cosido a cornadas, parche-pirata y pañuelo en la cabeza que cubre su última cicatriz. La imagen sobrecoge hasta el más descreído de la tauromaquia de Juan José.

 

El caso es que no hubo tiempo de recuperarse del emotivo momento cuando en el segundo par, Padilla fue prendido de forma espectacular del pitón derecho del garciajimenez. La cogida fue espeluznante y el pitón astifino destrozó la taleguilla del jerezano cuando el asta volvió a tirar la cornada, ya con el cuerpo rodando por el albero.

 

Parecía que podía ser dramático, pero Padilla se levantó por su propio pie. Las ayudas y sus compañeros explotaban rápidamente una posible herida. Un poco de agua en la nunca y la raza del torero, a pesar del aturdimiento por la paliza, hizo que Juan José tomara un nuevo par y se fuera al violín. La tragedia, afortunadamente, se tornó en emoción y la emoción en aliento de un público que coreó la faena del ciclón que bastante hizo con estar delante de un colaborador astado, recetando variadas series embutido en un pantalón vaquero, que cubría una taleguilla hecha girones.

 

 

Mató bien y la sensibilidad del personal contagió al palco que no podía negar la oreja al diestro. La vuelta al ruedo fue saboreada como un buen vino de la tierra (de la de Ribera o de su Jerez natal). No faltó la bandera pirata y tampoco un gallo de corral. Padilla ya había descerrejado la mitad de la Puerta Grande en si última comparecencia en Valladolid.

 

La otra mitad llegó con una generosa oreja en el cuarto, que no banderilleó, pero al que recibió con una larga cambiada, verónicas, un delantal, chicuelinas y revolera. Comenzó por estatutarios y se empleó con su arsenal de recursos: Molinete de rodillas, acompañado de una serie y desplantes sin incorporarse. El astado le acompañó, aunque sin excesiva movilidad.

 

Habia brindado a su apoderado, empresario también en Valladolid. Más voluntad y emoción que técnica, en el ruedo. Más generosidad que entusiasmo, en el tendido. Una oreja que volvió a pasear con el dolor de una fuerte contusión en la espalda y un varetazo en la iliaca, consecuencias de la tremenda cogida. Hasta dos veces tuvo que salir hasta los medios ante el cariño de los tendidos. Otra vez la emotividad, que propició el triunfo, y aumentó la contabiliad.

 

También buscaba Antonio Ferrera hacer caja en forma de un trofeo, que le permitiera acompañar a Padilla en su salida en hombros. Pero el quinto fue un manso de solemnidad, que no quiso lucha y buscó el refugio de las tablas a la salida de cualquier muletazo.

 

Antes, el extremeño dictó su peculiar y particular magisterio. El aroma añejo no se despegó en todo el trasteó, tampoco en unas verónicas casi genuflexas. Ferrera, otrora acelerado, es ahora un torero reposado y casi de culto para algunos aficionados. El segundo también fue mansito, pero Antonio corrigió la huidiza embestida tapando la salida a su enemigo. Llegaron series muy templadas, pulseando con oficio el engaño. Muy flexionado, casi con una rodilla en el albero, el extremeño fue recetado los tiempos y el temple, con muletazos bellos y largos, especialmente al natural. De haber enterrado el acero en el primer intento, la oreja concedida hubiera sido doble. La emotividad de la faena en este caso tuvo menor contabilidad en los trofeos. La espada, Ferrera, la espada...

 

Y lo de El Fandi sinceramente no es emotivo, pero sí muy rentable. La contabilidad comienza en los apartados, donde de todos es sabido la fortuna del de Granada con los lotes. Dos excesivas generosas orejas cortó en su primero por un trasteo variado, voluntarioso y bullidor. Por la derecha, por la izquierda, por arriba, por abajo... pases y pases y más pases. Muletazos de todos los colores y sabores... aunque la emoción, la emoción... La emoción es otra cosa.
 

 

Quiso redondear su actuación Fandila. Después de más de dos horas y media de festejo, con los ternos chispeando por la luz artificial, El Fandi se entonó con las banderillas. Un par de poder a poder y otros dos consecutivos con los cuatro palitroques en las manos. El sexto se desplazaba con buen son y gran pitón izquierdo. Dos partes bien diferenciadas tuvo el trasteo. La primera tuvo más valor, especialmente en una serie al natural donde asomó el temple ausente, hasta entonces, en las muñecas del granaino. Luego David se puso a enfandilar, que es esa especie de suerte en la que no faltan los molinetes, los rodillazos, circulares y todos esos recursos efectistas. Pero está vez falló con los aceros y la contabilidad fue cero.

 

Aún faltaba el último momento emocionante y cariñoso de la tarde-noche. La aclamada salida en hombros de Padilla, acompañado de Fandi, que ponía fin a una larga carrera en Valladolid. La emotividad en este caso se imponía a la contabilidad. Daban igual las orejas y si fueron o no excesivas. Cruzaba por última vez la Puerta Grande del Coso de Zorrilla un torero. Hasta siempre pirata. 

 

 

 

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