La emoción como forma de vida

Palabras contra el olvido 178.

La emoción, como el dolor de cabeza, es un asunto privado. Por eso es mejor no indagar en qué clase de emociones puede sentir una persona cuando escucha a la OSCyL. Me gusta escuchar el sonido del violonchelo de Alban Gerhardt con los ojos cerrados. Su Concierto para violonchelo y orquesta de Antonín Dvorák fue pura magia. La Sala Sinfónica Jesús López Cobos escuchaba como si estuviera descubriendo el secreto más sagrado de la existencia. El sonido del violonchelo es el más parecido a la voz humana.  Esta noche,  Gerhardt realiza con sus brazos esos movimientos que hipnotizan  porque llevan el silencio de todas las mañanas del mundo.

 

El Concierto para violonchelo  de Dvorák es  una forma de hablar, de susurrar palabras y recuerdos  íntimos que ahora pueblan el pensamiento y no hacen daño. Todo a esta hora de la tarde se desarrolla en la cabeza. El sonido cuidadoso de la OSCyL es capaz de llevar hasta el oyente imágenes sofisticadas, umbrías, casi impresionistas que sugieren por momentos atmosferas de gran potencia onírica.

 

Ya lo decía ese proverbio famoso: “El día para descansar; la noche para meditar”. Ahora, mientras escribo estas líneas me vienen en avalancha la fuerza expresiva de la mirada de Andrew Gourlay, todo melancolía. Esta tarde (segundo día de abono)  está aquí de nuevo para demostrar que cada día dirige mejor, como hoy que lo está bordando.

 

Los maestros cantores de Núremberg de Wagner  y la Sinfonía nº 40 de Mozart pone a prueba la capacidad de concentración del público que ha dejado el móvil en silencio para no recibir recompensas continuamente y ahora tiene que realizar un esfuerzo de asimilación  que implica atención;  Mozart dura 30 minutos y lleva su tiempo poder digerilo. Ese tiempo lleva su recompensa dentro, como los huevos Kinder. Hay cosas que cuestan.

 

Con la atmósfera adecuada y sin toses molestas,  escuchar a Mozart esta tarde en la Sala Sinfónica Jesús López Cobos  es un modo sedentario de asomarse a otros sitios, a otras épocas y si me apuran, incluso al futuro.

 

El futuro te espera en la Cafetería de la Plaza Interactiva del CCMD en forma de piscolabis, cuando termine el concierto. Ha llegado el momento oportuno para el olfato, la vista y el gusto. “Cuando el paladar recibe Els Escurçons 2015 habla la profundidad del monte. Garnacha concentrada e intensa: el cuerpo es pizarra, los ojos pámpanos, los dedos frutas. El vino sonríe, sí: tiene corazón grande y palpita”. Como los corazones de Gourlay y Alban Gerhardt.

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