La dictadura de Miguel Primo de Rivera (XIV)
Cyl dots mini

La dictadura de Miguel Primo de Rivera (XIV)

Nueva entrega de la Dictadura de Miguel Primo de Rivera del economista Ramón Tamames. 

En la larga marcha que estamos siguiendo de la dictadura del General Primo de Rivera, nos situamos en estos pasajes de la semana pasada y de alguna más de las que vienen, en la parte cultural del periodo 1923/1930. Coincidente con una fracción de la Edad de Plata de nuestro quehacer literario y artístico. En lo que no cabe duda influyó la propia Dictadura, que supo imprimir hasta 1930, mismamente, un impulso de crecimiento económico, y de avance en diversos espacios de la segunda parte de eso que llamamos primum vivere deinde philosophare. Nos referimos hoy a pintura, escultura y arquitectura, tres escenarios de los que se conservan estupendos testimonios de aquella época, del cirujano de hierro que habría dicho Joaquín Costa.

 

 

Pintura, escultura, arquitectura

 

Ramón Casas, pintó 50 cuadros de Julia, una florista de las Ramblas de Barcelona, que primero fue su modelo, después su amante, y luego su santa esposa. No está nada mal

 

Joaquín Sorolla falleció en 1923, pero una gran parte de los grandes artistas de principios de siglo permanecieron en activo durante la época de la dictadura. Al igual que como Casas, Zuloaga, Anglada Camarasa, Picabia, Zubiaurre, Picasso, Castelao, y Gutiérrez Solana. Todos ellos produjeron entre 1923 y 1930 algunas de sus telas más conocidas, según iremos viendo.

 

Ramón Casas (1866-1932) se consagró como uno de los más destacados representantes del modernismo en Cataluña, como paisajista fervoroso del plein-air (sobre todo en su primera época), y atento cronista de la vida barcelonesa. Sus retratos al carboncillo le hicieron trasunto fiel de una estética muy de la época (Toulouse Lautrec), resultando de gran verismo no obstante su espontaneidad y su rapidísimo trazado.

 

También pintó sobre temas sociales, como puede apreciarse por sus lienzos La carga de la guardia civil, Garrote vil, etc. Viajó por España entera, hizo dos giras a EE.UU. y Cuba, y se manifestó como un concienzudo estudioso del Museo del Prado. En Barcelona, se convirtió en uno de los grandes animadores de la vida artística: frecuentaba la cervecería Els quatre gats, y colaboró en la transformación de Sitges en emergente centro turístico. Innovó la estética del cartel con trabajos que aún hoy continúan siendo modélicos. Entre ellos, singularmente, el del Anís del Mono, que pasó a etiqueta de botella, donde el aludido primate tiene la faz de Charles Darwin, sujetando con una de sus manos el lema de “Es el mejor. La Ciencia lo dijo y yo no miento”.

 

Zuloaga, un pintor de raza, vasco y español, que supo apreciar la inteligencia en cuadros como los que hizo a Gregorio Marañón y a Miguel de Unamuno, dos grandes figuras de los tiempos de la dictadura de Primo de Rivera

 

Ignacio de Zuluaga (1870-1945), pasada la segunda mitad de su vida, se movía en aquellos tiempos dictatoriales entre Madrid y Zumaya, localidad ésta en la que formó un museo con obras suyas y lienzos de El Greco, Zurbarán, Goya, Picasso, y otros pintores españoles; y también con dibujos, acuarelas y esculturas de Manet y Rodin, entre otros. Dejó más de seiscientas obras, en las cuales, junto a la decidida ruptura con el impresionismo –“el aire libre sólo sirve para respirar”, decía— se advirtió el intento de enlazar con la tradición realista española. Para interpretar tipos y costumbres del país; en preocupación paralela a los escritores de la generación del 98, a muchos de los cuales pintó dentro de una copiosísima serie de retratos. Diré que hace como diez años, estuve en Zumaya, en una reunión de la Academia Vasca de la Lengua en honor de Zuloaga, e incluso pronuncié un pequeño discurso en euskera antiguo.

 

El mallorquín Hermenegildo Anglada Camarasa (1872-1959) significó, respecto del anterior impresionismo, una transferencia de poderes y funciones del color a la luminosidad, con finalidades ornamentales y suntuarias. Su técnica, de densos empastes, fue calificada de esmaltística, por recordar la de algunos ceramistas. Su colorismo fue lo que en literatura era el estilo sensual de Gabriel Miró: un orientalismo ornamentalista, todo imbuido también de un cierto nacionalismo español que deslumbra en su gran lienzo Valencia. Al respecto de todo eso, pude conocer la obra de Anglada que está en la sede La Caixa en Palma: un verdadero tesoro.

 

En cuanto a Francis Picabia (1879-1953), integró con Juan Gris y Picasso el triunvirato de los cubistas hispanos triunfantes en París. Durante la primera guerra mundial se convirtió en uno de los promotores del dadaísmo y en el periodo de la dictadura utilizó en sus pinturas toda clase de objetos de uso corriente, recurriendo incluso a collages de fotografías. Fundó la revista 391, que se publicaría, de modo irregular, hasta 1924, en Nueva York, Zúrich y París. Años más tarde, tras una breve etapa en la que volvió el realismo, fue un pionero del arte abstracto: un verdadero experimentador como pintor, e innovador en su propia vida.  

 

A Valentín de Zubiaurre (1879-1963) se le consideró como uno de los pintores vascongados más notables, habiéndose llegado a calificar sus cuadros como “inventario lírico de la existencia vasca (Ortega y Gasset), por su representación de temas de aldeanos, marineros, etc.; con un marcado influjo de Zuloaga hieráticamente transformado. A propósito de Zubiaurre, recomiendo a los lectores de Tribuna que en cuanto puedan, si no lo han hecho antes, visiten el Museo de Bellas Artes de Bilbao. Tan interesante, por lo menos, como el propio Guggenheim bilbaino.

 

Por su parte Pablo Picasso (1881-1973) trabajó durante la época que nos ocupa fundamentalmente en el cubismo. Y desde 1924, año en que se inició el movimiento surrealista, los componentes de éste, se apresuraron a rendirle homenaje. De mediados de la década de 1920 son obras como La danza, o el collage Guitarra; obra con la cual se hizo la introducción de arpilleras y clavos en la pintura. Un gran pintor que no tuve ocasión de conocer, aunque con un grupo de jóvenes que estábamos trabajando en el sur de Francia en 1952, fuimos a su casa de Balaourise para visitarlo, pero una especie de mayordomo nos dijo que Don Pablo no estaba disponible: él se lo perdió.

 

En lo político, el dibujante y humorista Alfonso Rodríguez Castelao (1886-1950) se adhirió al movimiento Acción Galega, cuyo objetivo no era otro que despertar la conciencia del campesinado de su región natal. Intervino en la fundación de la coral polifónica de Pontevedra, y fue nombrado miembro de número de la Real Academia Gallega. Sus dibujos y pinturas atestiguan un posicionamiento de realismo crítico, muchas veces con vetas de caricaturismo, para denunciar las injusticias sociales, con resonancias de Bruegel y Goya. Hoy en día, el que quiera conocer el espíritu de Galicia, no tiene más remedio que seguir viendo los trabajos del gran Castelao.

 

La obra de José Gutiérrez Solana (1886-1945) corrió paralela, en ciertos aspectos, a la de algunos grandes expresionistas contemporáneos (Toulouse-Lautrec, y Rouault, por ejemplo), al tiempo que enraizó en la tradición española (Ribera, algunos bodegonistas de los siglos XVI y XVII, Valdés Leal, pintura negra de Goya). Su lienzo Tertulia de Pombo es quizá lo más expresivo de la época de la dictadura. Como en una parte de la Transición española es el cuadro de …, que encargó Antonio Herrero, muerto en 1998, en el que figuramos una serie de escritores de esos tiempos: Capmany, José Luis Gutiérrez, Martín Ferrán, Víctor Márquez Reviriego, Luis María Anson, Amando de Miguel, etc.

 

Volviendo al tiempo de Primo de Rivera, citaremos también al madrileño José Victoriano González (1888-1927), universalmente conocido como Juan Gris, quien en 1923 trabajó para los ballets rusos de Diáguilev, a los cuales entregó figurines y decorados para diversas obras: La fiesta maravillosa; Las tentaciones de la pastora; La paloma; Una educación frustrada. Uno de los más destacados cubistas, en 1924 dio una conferencia en la Sorbona sobre Las posibilidades de la pintura; en la cual explicó su método de trabajo, consistente en partir de nociones abstractas en cuanto a la forma y al color, para llegar luego a realidades figurativas concretas. Juan Gris que tiene una calle dedicada en el distrito de Chamartín en Madrid.

 

Mencionaremos, por último, a Salvador Dalí (1904-1989), que fue suscriptor del diario comunista de París L’Humanité, y que por sus ideas de juventud revolucionarias fue retenido por la policía durante una visita de Alfonso XIII a Figueras. Expuso en 1925 por primera vez en la Exposición de artistas ibéricos de Madrid. Y luego, en la sala Dalmau de Barcelona. Por entonces trabó gran amistad con Federico García Lorca, quien pasó una corta temporada en su casa de Cadaqués, lugar donde el poeta compuso su Oda dedicada al pintor. Personalmente le conocí en 1951 creo que fue, cuando volvió a España, y pronunció un discurso engolado y de mil interpretaciones posibles en el Teatro María Guerrero de Madrid, que habría estado lleno hasta la bandera, si la hubiera tenido.

 

El caso es que con todas esas circunstancias de su vida, orquestó su senda al surrealismo: lecturas freudianas, sugestiones poéticas, culto a la vanguardia y especialmente a la pintura metafísica. Entre 1925 y 1929, su pintura, que poco antes oscilaba entre una ingenua secuela cubista y reminiscencias arquitecturales, derivó hacia una contemporización más amplia con el objeto, acentuando siempre la cerrazón de su forma. En 1948, en unas declaraciones a la revista Destino, entre sus siete obras preferidas, Dalí mencionó tres del período de la dictadura: Venus y Cupido (1925), una evolución de su etapa cubista; La miel es más dulce que la sangre (1927), un cuadro hoy desaparecido que contiene todas las obsesiones de su período surrealista; y Juego lúgubre (1928). En 1928, asociado a Luis Buñuel, produjo la película Un chien andalou.

 

Aníbal González, un arquitecto del nacionalismo español, autor de la Plaza de España en Sevilla. Recordada por muchos, los menos intelectuales, por haber sido escenario de un pasaje importante de la película Lawrence de Arabia

 

En escultura, durante la época de la dictadura destacaron Mariano Benlliure, José Llimona y Pablo Gargallo. Verdaderos maestros del naturalismo los dos primeros, y del simbolismo, muchas veces en hierro, el tercero. De Benlliure y Llimona, los lectores de Tribuna pueden ver estupendas piezas en el Casino de Madrid, de la calle Alcalá 15.

 

En arquitectura, Gaudí murió en 1926 trabajando ya en la Sagrada Familia, con su estilo personal, que iría ganando más y más admiradores. A Aníbal González, uno de los creadores del nacionalismo arquitectónico español, nos referiremos más adelante, al ocuparnos de la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1929. Dos arquitectos sensacionales que siguen llamando nuestra atención por una fuerza arrolladora que les salió de dentro.

 

Terminamos aquí nuestra entrega de hoy, y seguiremos, porque aún queda un poco de tela por tejer en el telar. Y al final, me gustará mucho que los lectores opinen sobre el General. Y como siempre el autor se despide recordando el correo electrónico con el cual pueden conectar con él los lectores de Tribuna: [email protected].