La cuponera que toca el cajón flamenco

Comenzamos este serial de once entrevistas a once vendedores de la ONCE en Valladolid. Sus historias, sus ilusiones, sus sueños, sus problemas, su trabajo... Blanca Bartolomé Sastre 'Blanqui' es nuestra primera protagonista. No se lo pierdan.

Blanca Bartolomé con su inseparable cajón flamenco, en la plaza Mayor de la Flecha. J.A.G.

Once preguntas, once respuestas:

 

1. Una afición: la música

2. Su mejor momento como vendedora: El día que di el gordo

3. Y el peor momento: Estaba vendiendo y fueron a buscarme para decir que se había muerto mi hermano

4. Su mayor premio: 35.000 euros y lo que se aprende en la calle

5. Es supersticiosa: Un poquillo, no paso nunca por una escalera ni me corto las uñas por la noche… que da mala suerte

6. Un juego: Me muero por el parchís. No juego a la lotería, solo en Navidad.

7. El número de la suerte: El 13

8. Su mayor apuesta en la vida: Pensé que jamás llegaría a nada con la música y ¿por qué no?

9. Salud, dinero o amor: Siempre la salud; en el amor no creo, creo en el momento

10. Su mayor capacidad: El don de gente

11. Qué es para usted la ONCE: Lo es todo. He aprendido muchos con ellos

 

Es un torbellino. Igual te vende un cupón que se marca un tema de flamenquito al cajón. Lo que no varía en ninguna circunstancia es su eterna sonrisa; ni el brillo en sus ojos. Pone infinita pasión a todo lo que hace. Sí, también vender cupones. Blanca Bartolomé Sastre es así, “alborotadora” por naturaleza.  En la ONCE, desde hace nueve años y medio. “Aún recuerdo mi primer día”. Entorna los ojos y relata: “Era un sábado 19 de junio de 2010, en la plaza Hospedería de Laguna de Duero. El primer cupón de máquina que saqué fue el 13472, mi fecha de nacimiento. Parece que fue ayer y ya ha pasado casi una década”, suspira.

 

Cocacola cero, en una terraza en la plaza Mayor de la Flecha, donde vive “muy a gusto”. Habla por los codos; lo hace con la sinceridad de quien nada tiene que ocultar. Transparencia absoluta, como su mirada. Cuenta su historia. Intenta hacerlo de manera cronológica, aunque sus ansias por narrarlo tod, provocan saltos en el relato, idas y venidas. Da igual, todo en ‘la Blanqui’ es auténtico.

 

Vallisoletana. Hija de una frutera y de un pescadero… se dedicó a la carne. Risas. “Fui carnicera durante 21 años en Villanueva de Duero y era feliz, me encantaba”.  “Mi padre me montó el negocio, aunque me gustaba más la venta de la fruta, pero…” Ahí comienza su historia. Solo un pero: Las alergias múltiples siempre han estado presentes en su vida. “Soy alérgica desde niña, a la fruta, a algunas verduras, a la cebada, a las gramíneas, alergia ambiental, al sol, a las medicinas, asmática… ¿Sigo?”, pregunta con cierta sorna al entrevistador. No abandona la sonrisa.

 

Sus episodios alérgicos, cada vez más frecuentes y más fuertes, provocaron tener que abandonar la carnicería. “Lo pasé mal, a nivel psicológico estuve tocada; disfrutaba con mi trabajo, sobre todo del trato con la gente”. Su enfermedad permitió que Blanca fuera reconocida con una incapacidad del 33 por ciento. Y ahí llegó la ONCE. En el peor/mejor momento.

 

“Yo quería seguir trabajando, me pilló muy joven… soy sociable, abierta, extrovertida, necesitaba del contacto con la gente; no quería meterme en la burbuja. Me ofrecieron trabajar en la ONCE”. La vida da un giro radical para Blanqui. Sinceridad absoluta: “Al principio no me hizo demasiado gracia; a veces tenemos un chip equivocado… y vemos prejuicios donde hay oportunidades. Nadie es menos por vender cupones, todo lo contrario. Somos gente supernormal”.

 

"Es necesario romper con el estigma, no hay que tener ninguna vergüenza. Nadie es menos por vender cupones”

 

Los primeros días de su nuevo trabajo fueron duros: “Me costó colgarme los cupones”. “La gente me miraba y me preguntaban. Algunos no se atrevían y se quedaban pillados. Yo les contestaba y quitaba hierro al asunto. La gente todavía sigue relacionando cupón de la ONCE con invidente”.  Su hijo, ahora tiene 21 primaveras, lo pasó mal. “No lo entendía. ‘Si mi madre es la que mejor chorizos hace, por qué ahora vende cupones’. Unos días que me tocó ir a Peñafiel a vender un sorteo extraordinario me lo llevé conmigo. Quería que viera cómo trabajaba su madre. Ahí se convenció. Es necesario romper con el estigma, no hay que tener ninguna vergüenza”. “Afortunadamente la sociedad se va concienciando y la ONCE hace una labor social impagable”, apostilla antes de aclarar: “Y no soy ninguna pelota con mi empresa, pero las cosas son así”.

 

A los pocos días de comenzar a repartir suerte, Blanca ya se había hecho un hueco en Laguna de Duero, su primer y único destino como vendedora. Su desparpajo y simpatía conquistaron a muchos clientes, que aún conserva. Las jornadas son intensas. Su oficina es la calle. Concretamente la Carretera de Madrid, 40. Desafía al frío y al calor, a la lluvia y al viento.

 

A las nueve menos cuarto de la mañana ya está “danzando”. “Primero tomo café con muchas clientas en el Bar Zapa, que es mi sede (se ríe). Ya vas vendiendo algún rasca, o algún ‘yogui’ que es como llaman alguna de mis compradoras al Eurojackpot (más risas). Charlamos, nos lo pasamos bien…” Nada como comenzar con la mañana con alegría. “La gente sabe dónde estoy”, ¡cómo para no! Blanqui se hace notar, aunque intenta no molestar. “Eso de acercarme a las mesas en un bar o un restaurante para ofrecer cupones no va conmigo”. “Cuando yo llego a cualquier sitio te aseguro que saben que he llegado”, advierte y se ayuda de su dedo índice en alto.

 

 

Se sabe querida y aprovecha su don de gente (le hubiera gustado estudiar piscología) para que la venta aumente: en un día normal pueden caer 110 o 120 cupones, un viernes más de 200 y en un sorteo extraordinario, Blanqui llegó a vender ¡900 boletos! Dice ser “un pato” en nuevas tecnologías, pero el Facebook lo borda y hasta lo usa para ‘colgar’ sus números. “Muchos clientes lo ven y reservan los cupones, hay que estar con los nuevos tiempos”.

 

Terremoto Blanqui es capaz de aparecer con unos espumillones, en Navidad; o con un gran corazón, en San Valentín. “Yo soy muy cómica, siempre intento pasármelo bien”, la carcajada se oye en algunas mesas a la redonda. La sonrisa continúa cuando comienza de carrerilla a contar anécdotas. “¿La más gorda? Cuando vendí los cupones correspondiente al día siguiente.  Se preparó picuda, menos mal que no tocó el gordo…”

 

Hablando de gordos… 7 de enero de 2013.35.000 euros por cupón, en total diez cupones”. Ahí es nada. “Fue un día muy feliz. Hasta un cliente me dio la propina. Yo no quería… pero se empeñó. Es imposible explicar la alegría que sentí, por mí, por ellos... Les das una ilusión tremenda”. Se queda pensativa y añade: “También he dado algún rasca de 1.000 euros, pero aquello fue… impresionante”.

 

LA MÚSICA, SU VIDA

 

De lunes a viernes, Blanca es cuponera, “a mucha honra”. Pero los fines de semana su pasión es otra. “Soy percusionista. Toco el cajón flamenco desde hace cinco años en un grupo: Las Chicas”. Con la misma alegría, con la misma vitalidad, con el mismo entusiasmo, Blanqui se sienta sobre su caja. “Se me olvidan las penas, las deudas y hasta pierdo el sentido del tiempo”. La música como terapia, la música como forma de vida, la música como válvula de escape. “La música es la única que nunca te va a traicionar en la vida”. La sentencia es lapidaria.

 

“La música es la única que nunca te va a traicionar en la vida”

 

La trágica muerte de su hermano hizo tambalear los cimientos de Blanca. “Gracias a mi maestro de caja, no dejé la música y comencé a tocar con más asiduidad”. Hasta tal punto que los conciertos de Las Chicas se multiplican. “En bares de Valladolid, en pueblos, en fiestas flamencas, en cumpleaños, reuniones privadas…” Y como Blanqui es una vendedora nata aprovecha esos momentos: el negocio es el negocio. “Si no hay cuponeros en la zona, yo no dudo en vender en romerías o allí donde se tercie”.

 

“La ONCE lo sabe y he participado en algunos conciertos para ellos. Me acuerdo de una experiencia preciosa en Calpe. El auditorio estaba lleno. Ellos no te ven, pero te escuchan, te sienten… recuerdo el aplauso”. Blanca rememora ese momento, lo hace despacio, paladeando lo que debe ser para un artista lo más cercano al éxtasis. Es tanto el amor que siente hacia este instrumento que hasta da clases a niños. “Son pequeñitos, y es duro enseñar, pero tan bonito…” “Si volviera a nacer sería psicóloga…”, repite mientras camina ya hacia el coche. Mucho tiene de ello. Por el momento reparte cupones, sonrisas y buena música. Es Blanqui, la cuponera que toca el cajón flamenco.

 

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