La consagración de Andrew Gourlay

Gourlay. Foto: Johan Persson.

La crítica cultural de Ágreda.

La Sinfonía n.º10 de Dmitri Shostakóvich ejecutada  por la OSCyL y dirigida por Andrew Gourlay ha demostrado la seriedad,  la técnica y la musicalidad que posee este director de orquesta. Su seguridad y su solidez han sido vistas por todos. Lo que se ve, no se discute.

 

Tras su apariencia juvenil, su rostro alegre, su gesto pétreo y  sus manos llenas de música, Andrew Gourlay ha confirmado todas sus virtudes: el planteamiento que ha realizado esta noche con la Sinfonía de Shostakóvich ha demostrado que tiene una base sólida fruto de un largo trabajo de estudio y superación. Es sabido que estudia los programas hasta el límite y tiene en todos los conciertos una regularidad que ya quisiera el Real Valladolid.

 

Es motivo de alegría -cada vez mayor- ver como dirige a la Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Porque está Orquesta pertenece a todo el mundo. La música que se escucha esa noche en la Sala Sinfónica Jesús López Cobos hace bien a quien lo escucha y te alegra para el resto de la noche.

 

Aunque sea la música de Shostakóvich. La inmersión que hace  Gourlay en la Sinfonía Nº 10 es rigurosa de principio a fin; cada compás  es escrutado como si fuera un rastreador indio, cada movimiento de batuta opera en la OSCyL un abanico de musicalidad y una precisión agógica. Luego, en  la mano  izquierda,  le brota la sutileza y la luz necesaria para ensimismar al público y a los intérpretes y demostrar la infalibilidad del ataque y retirada cuando corresponda de la Sinfonía.

 

Llegó un momento, con el Allegro, que Gourlay pareció fundirse con la música y en ese preciso momento tuve la sensación que podría dirigir cualquier orquesta del mundo porque tiene corazón para que le entiendan y cabeza para gobernarlo.

 

El Concierto para violonchelo y orquesta n.º 1 de Shostakóvich que nos ofreció Johannes Moser  permitió al oyente sumergirse en la sutileza y la belleza de su sonido. Un sonido que parecía brotar solo, adaptándose al oído,  dándote tiempo para trasmitir lo necesario y huir de la ironía (muy propia del compositor) y posibilitando un diálogo de igual a igual de las cosas por la que vale la pena salir de casa y rescatar emociones que no están a nuestro alcance diariamente. 

 

La OSCyL nos ofreció su mejor versión, sin duda. Su justo equilibrio y tensión durante todo el concierto le confirió su fuerza   que facilita -siempre- la emoción del respetable.

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