La ciudad inaudita
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La ciudad inaudita

En su ensayo El artesano (Anagrama, 2009) el sociólogo Richard Sennett escribe sobre la revalorización del trabajo artesanal como respuesta a las máquinas y al empleo deshumanizado. Dice, que un carpintero es un artesano, pero también puede serlo un músico, un panadero y…  un fotógrafo. Lo que importa es que haga bien su trabajo por el mero hecho del trabajo bien hecho. Se calcula que se requieren 10.000 horas para ser experto en algo. Es el tiempo que los investigadores estiman necesario para que habilidades complejas se arraiguen con profundidad suficiente para utilizarlas sin esfuerzo, para convertirse en “conocimiento tácito”.

 

Visito el Patio Herreriano para ver la exposición “La ciudad inaudita” (Salas 1 y 2). Sus fotografías me abren los ojos, me permite cuestionarme las cosas. Pensar, en definitiva. En el pensamiento está la felicidad y lo otro. Mirar las  fotografías es asomarte a los misterios de la vida. Hay veces que la belleza exige situaciones insospechadas.

 

Estas  fotografías  poseen una indiscutible belleza e inteligencia a partes iguales. Fotografías que inspiran porque sus personajes son lo que son, no pueden ser otra cosa; no están preocupadas por el Photoshop. Personas que se aceptan las situaciones tal y como vienen. Y también se rebelan.

 

Estas fotografías te reconcilian con la fotografía por su temporalidad pausada y su minuciosidad. Están emparentadas (algunas) con la pintura  y las coloca en un terreno extraño, en un terreno donde el que mira tiene que sentirse libre y crítico al mismo tiempo. Es lo que tiene el arte que siempre te enseña a respetar al otro y sobre todo, solo hace falta mirarlas  un instante para  “cultivar la solidaridad” Por eso, justamente, estas fotografías resultan esenciales por su carga de “cadena de favores” que lleva implícita.

 

En estos días, que tantas personas aparecen como recuerdo, mientras los días se van desdibujando, tengo la dolorosa convicción de que la vida, pese a lo ingrata que puede ser, es también la cosa más maravillosa y que por eso debemos sacarla partido hasta la última gota.

 

Volvamos a la exposición. Cuando  entras en la Sala 1 y 2  la admiración se confunde con la emoción que nos produce descubrir la belleza de lo terrible, tan próximo y tan lejano y tan, tan infinitamente de nuevo recomenzado. Hay en las fotografías de esta exposición una belleza encerrada donde es difícil discernir si prima el dolor, la incredulidad o la concordia.