La ceremonia de la confusión

No puede ser que las campañas electorales dibujen un paisaje que se desmorona al día siguiente de contar los votos.

Una semana después de la última cita electoral, los votantes nos preguntamos para qué ha servido nuestro paso por las urnas. Entendiendo que la política española se rige por mayorías parlamentarias, el show de los partidos con su estrategia de pactos y discursos cambiantes, está convirtiendo el escenario en una auténtica ceremonia de la confusión.

 

Basta con acudir a la hemeroteca y comparar las declaraciones actuales de los protagonistas para entender que el juego se interpreta con diferentes reglamentos: “si no le gusta mis principios, aquí tengo estos otros”. El genial Groucho Marx acuñó esta frase que se puede aplicar a la realidad de hoy. 

 

Las elecciones autonómicas han servido un vuelco en Castilla y León con un gran derrotado, el Partido Popular y su candidato Alfonso Fernández Mañueco. Puede gobernar, por supuesto, si consigue convencer a Francisco ‘llave’ Igea para que Ciudadanos le preste su apoyo. Esta alianza sería totalmente lícita aunque sus consecuencias posteriores colocarían al líder de Ciudadanos en un lugar muy diferente al de su repetido discurso de regeneración política.

 

Convendría recordar que Fernández Mañueco fue un enérgico defensor de que gobierne la lista más votada. Pero ahora dice que tiene la responsabilidad de escuchar el mensaje de las urnas, que apuestan, mantiene, por un gobierno de centro-derecha. No es verdad. Las urnas han dejado bien claro que la mayoría de los castellanos y leoneses han apostado por el cambio escenificado en el Partido Socialista con 35 procuradores frente a los 29 del PP. Sustanciosa diferencia como para cambiar ahora el argumentario. En esa tesitura real de votos contantes y sonantes, el candidato Luis Tudanca debería contar con el apoyo de Ciudadanos si verdaderamente Francisco Igea quiere representar un cambio de ciclo en la Comunidad.

 

El anhelo de gobierno de Fernández Mañueco es respetable porque encaja dentro de esa mayoría parlamentaria a la que puede acudir si no tiene los votos suficientes. Pero no es presentable modificar el mensaje después de una derrota que no concede a su partido el privilegio de ser el más votado. 

 

Los políticos deben ejemplarizar sus gestos y esta semana posterior a las elecciones ha mostrado a un PP desesperado por agarrarse a lo que sea con tal de seguir en el Gobierno de la región frente a un Igea estratega y un Tudanca mucho más prudente en sus formas, consciente de que el tablero todavía está pendiente de nuevos movimientos.

 

No puede ser que las campañas electorales dibujen un paisaje que se desmorona al día siguiente de contar los votos. “Ahora que ha terminado la campaña, podemos decir la verdad”, mantenía un líder sindicalista. Los de los principios de Marx algunos se lo toman como una doctrina para aplicar en función de sus intereses, mientras muy pocos piensan qué sería lo mejor para la Comunidad.

 

Puede gobernar cualquier opción, aunque ya sabemos los resultados de todas las combinaciones. Si Ciudadanos le presta su apoyo al PP, Francisco Igea deberá dimitir porque habrá cambiado todos los argumentos que esgrimió cuando se enfrentó al aparato del partido que respaldaba la candidatura de Silvia Clemente. Otro discurso no encaja en el médico vallisoletano que, astutamente, ha recorrido estos días todos los platós nacionales para mostrar su inteligente ambigüedad. Si gobierna Mañueco, no será un presidente fiable porque ha cambiado de versión cuando se ha visto retratado en los resultados. Si gobierna la lista más votada de Luis Tudanca, será con el apoyo de Ciudadanos, pero tampoco le puede dar un cheque en blanco sin ninguna capacidad de control. Hagan juego.