La calle. Balthus

La crítica cultural de Ágreda en Tribuna de Valladolid.

Las mejores obras de arte son volátiles, nunca se quedan quietas. Se transforman dependiendo de nuestro estado de ánimo, del tiempo en que vivimos y del lugar en el que están colocadas.

 

Cada vez que miro el cuadro de Balthus titulado La calle, el espacio se ha hecho más pequeño, más contundente y claustrofóbico, ahora que todos tenemos que guardar un metro de distancia para evitar el contagio me doy cuenta. Los colores se hacen más suaves o más agudos y se envuelven con la melancolía de la tarde y las preocupaciones y el silencio salvaje que se escabulle como un extraño por las cuatro paredes de la habitación.

 

Balthus no era un pintor, no quería que le llamaran así. También detestaba la palabra “artista”. Siempre que se despedía de un cuadro le entraba un dolor profundo en el corazón. Pintar para B. era como rezar. Sus padres también fueron pintores y por esto él no necesitó pasar por ninguna escuela; solo hacia caso a Pierre Bonnard que era amigo de sus padres. Él siempre se consideró un pintor autodidacta.

 

Este cuadro que estás viendo es complejo y a la vez representativo de toda su obra. Por eso es emblemático. Su composición geométrica resulta teatral y enigmática al mismo tiempo. Ningún personaje que aparece en escena tiene ninguna similitud entre ellos. Es una invitación a imaginar, a soñar, a dejarte llevar por lo que te venga a la cabeza en esos momentos.

 

Balthus, si estás interesado en su obra, tiene Thérèse soñando, que, seguro que lo has visto alguna vez, estuvo expuesto en el Thyssen, y, fue motivo de escándalo en su momento entre los neoyorkinos más retrógrados y paletos, que en todos los sitios los hay. Thérèse está sentada, con los ojos cerrados, a sus pies un gatazo     -símbolo exótico por excelencia- lame un plato de leche. El gato para B. era un animal totémico. Tiene otro cuadro espléndido titulado El rey de los gatos, que va en la misma línea.

 

Sostenía Balthus que nunca aspiró a otra cosa ni tuvo otra misión que pintar lo que era hermoso. “Los gatos, los paisajes, la tierra, los frutos, las flores y, por supuesto, a mis queridos ángeles que son como reflejos idealizados de lo divino”.

 

La mente juega un papel importantísimo en la construcción de la realidad. No vemos el mundo como es, vemos el mundo como somos, dejó escrito Talmud y tenía más razón que un santo.