La borrachera del Pucela y la resaca de Pablo Aguado

Pablo Aguado, en hombros tras finalizar el festejo. TRIBUNA

Pablo Aguado, el triunfador de Sevilla, que entró en Valladolid por la vía de la sustitución convenció y salió en hombros. Una oreja paseó un inspirado Morante y otra, de menor peso, Manzanares.

Plaza de toros de Valladolid. Corrida de San Pedro Regalado. Lleno. Toros de García Jiménez y Peña de Francia, desiguales de presentación y de juego. 


Morante de la Puebla, ovación y oreja.

José María Manzanares, silencio y oreja.

Pablo Aguado, oreja y oreja tras aviso.

No debe ser fácil vestirse de luces –por sorpresa- cuando la resaca (de tauromaquia se entiende) te nubla la visión, después de embriagarse de toreo hasta casi el coma etílico del éxtasis. Es lo que le había pasado a un casi desconocido Pablo Aguado 48 horas antes, cuando hizo temblar los cimientos de la Maestranza en una de las actuaciones más rotundas que los sevillanos recuerdan.

 

Precisamente sus compañeros de cartel entonces, Morante y Roca Rey, estaban anunciados en Valladolid, para honrar San Pedro Regalado, patrón de los toreros y de la ciudad. Y precisamente el peruano Roca Rey fue baja a última hora por una dolorosa lesión en su mano. La llamada a Pablo Aguado, la sensación en el planeta taurino en los últimos días, le hizo despertarse de la borrachera torera y enfundarse el chispeante apenas dos días después del acontecimiento taurino del año.

 

La resaca no debió ser fácil y aunque Valladolid no fue Sevilla, ni los hermanos García Jiménez los Jandilla, ni si quiera Pablo Aguado el Pablo Aguado de la Maestranza… el sevillano tiró de voluntad, recursos, buen gusto y convenció a la afición vallisoletana que cuando le sacaba en hombros ya pensaban en la borrachera (futbolística se entiende) del Pucela que certificaba su permanencia en la Primera División.

 

Todo ello ante la atenta mirada del Rey Emérito, don Juan Carlos de Borbón, que junto a su hija la Infanta Elena, se acomodó en un tendido del 8, donde escuchó el himno nacional antes de trenzarse el paseíllo y donde recibió el brindis de los tres comparecientes.

 

 

El público llenó el Coso de Zorrilla. El efecto Aguado sirvió para evitar la devolución de entradas por la incomparecencia de Roca Rey, el diestro que cuenta por llenos todos sus paseíllos. Y como toros y fútbol; fútbol y toros nunca fueron amores reñidos; muchos de los aficionados que se sentaron en la dura piedra del coso neomúdejar, tenían un ojo (mejor un oído) en Vallecas donde el equipo blanquivioleta se la estaba jugando.

 

El gol de Guardiola en el minuto 80 y que a la postre significaba el pasaporte para quedarse un año más en Primera, fue coreado por muchos aficionados que gritaron al unísono ‘¡Pucela, Pucela!’, durante la vuelta al ruedo de Morante, que paseó una oreja. Comenzaba la borrachera futbolística, cuando el de La Puebla había descorchado una botella añeja de las caras, que solo consumió en algunos sorbitos. Y es que Morante salió arrebatado en el que hacía cuarto, después de ver como su paisano Aguado, ya había arrancado una oreja.

 

El torero sevillano –muy querido en esta tierra- recibió al de la Peña de Francia de rodillas con una inusual larga cambiada, que enlazó con una verónica y un ramillete de ceñidas y toreras chicuelinas, abrochadas con una pinturera media y una vistosa revolera, para el disfrute del tendido que a esas horas quería embriagarse con el aroma del de la Puebla.

 

Una serie por el pitón derecho y otra al natural, donde los muletazos surgieron hondos, profundos, de mano baja, templados… Parecía que habría desparrame, un melocotón de los buenos, una juerga para emborracharse; pero la faena siendo de brindis (al público, por cierto) se quedó en demasiados ornatos y alamares. Eso sí, cuando el sevillano lo hizo por bajo, aquellos fueron tragos de vino amontillado, olorosos, de color oro viejo y regusto a habano caro. Hasta se entretuvo en finalizar su trasteo rodilla en tierram muy del gusto de aquellos toreros en blanco y negro. Le metió un espadazo Morante y de caer antes, tuvo que usar el descabello sin ayuda de la muleta, por cierto, el premio podría haber sido el doble. El genio de la Puebla, sonriente y motivado esta temporada, paseó un trofeo que saboreó lentamente como un gustoso brandy. Nada pudo hacer a su primero, un toro mortecino, que salió ya con media estocada de chiqueros.

 

Si a Pablo Aguado le dicen hace menos de 72 horas que va a brindar un toro al Rey emérito en Valladolid, hubiera pensado que había bebido. Pero el toreo es así. Y la borrachera de Sevilla le ha permitido poder beber en copas y barras hasta ahora muy lejanas. Aguado se sacudió la resaca en el tercero de la tarde. El público vallisoletano, muy sensible, le obligó salir a saludar desde el tercio, antes de un buen saludo capotero.

 

El ganado que no se sumó a la fiesta en toda la tarde, no le permitió brillar al estilo hispalense. Pero al menos dejó su sello de personalísima torería en dos faenas diferentes que le permitieron su salida en volandas. Aunque sin demasiado acople, el trasteo del primero tuvo momentos de brillantez, con algunos muletazos largos, profundos, templados, con la naturalidad del que torea como el dios del toreo manda.

 

El sexto, al que recibió a portagayola, venía con un trago mucho más amargo –especialmente por el izquierdo-. Vino rancio y pastoso, peligro sordo. Aguado le tragó y por el derecho se le vio entregado y elegante, hasta que su enemigo se rajó por completo. Sabía que tenía que beber de esa otro vaso nada agradable y lo hizo. Se atracó de toro en la suerte suprema y la espada cayó contraria. El público que sin llegar a la embriaguez colectiva, podemos decir iba con el ‘puntillo’, le premió con una nueva oreja para que la fiesta fuera completa y pudiera catar de nuevo el dulce sabor de abandonar una plaza de toros en hombros.

 

Manzanares, que en esta plaza de toros ha tenido actuaciones que han enajenado a propios y extraños con su toreo embrujador y de empaque, caro y elegante, como un caldo de Vega Sicilia, esta tarde estuvo como convidado de piedra. Como el que bebe en soledad y ya no disfruta. Y eso que los dos saludos capoteros fueron excelsos, pero luego todo se derrumbó. El juego de sus dos enemigos aguó la fiesta al alicantino, que no obstante en el quinto estuvo más centrado y entregado, pulseando la incierta embestida del animal que, no obstante, tuvo movilidad. Más de media y tendida. Y el público también quiso invitar una copa a Josemari, quien paseó un trofeo sin demasiado convencimiento.

 

Y es que la tarde fue de borrachera: la del Pucela; y de resaca, la de Pablo Aguado.

Comentarios

Juani 13/05/2019 00:12 #3
olé por la crónica. se demuestra que también se puede hacer buena literatura y no sólo contar si se han cortado orejas o no
Magaz 13/05/2019 00:09 #2
Excelente crónica. Ya es hora de que entre un poco de aire fresco en el mundo taurino. Estoy harto de ver a los caraduras de siempre
torero 12/05/2019 23:38 #1
Gran crónica la de Tribuna de Valladolid. excelente prosa e imaginación para contar lo que sucedió en la plaza. enhorabuena

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