Juana

Hay algo en Juana que resulta inalcanzable al espectador. Por más que se empeñe en conocer sus diferentes personalidades no hay manera de acceder al personaje porque siempre mantiene un fondo oscuro, opaco, extraño, resistente a cualquier intento de comprensión.

 

Y sin embargo, se tiene la ilusión de  que sabemos en el fondo como es, que desciframos el pulso de su ser, y crees, vana ilusión que está sentada a tu lado, que forma parte del prójimo. Apreciamos de Juana su autenticidad, esa es su  particularidad.

 

Juana propone a público dos maneras de acercarse: la primera es dejarse llevar y disfrutar sin más; la segunda es escrutar sus movimientos, sus voces, sus silencios, su escapismo, su desnudez… A poco que el espectador ponga de su parte encuentra la riqueza de la Dirección artística del gran Chevi Muraday que siempre se mueve entre lo que queremos y no queremos ver y escuchar. Todos los intérpretes se mueven con soltura en las tablas del Teatro Calderón y dejan entrever el misterio y el desconcierto, la ternura y la tristeza para que aparezca la magia.

 

La magia de ver danzar llevando el cuerpo hasta el límite de su expresión. El cuerpo entendido como el instrumento donde resuena e intercambia las señales  que nuestra vista capta, como un fogonazo donde la vida se fija y tiene sentido. Ese instante perpetuo que se clava en la retina y persigue al espectador por donde quiera que vaya.

 

El tono de Juana está muy bien modelado. Evita por igual que la historia se vaya por los “Cerros de Úbeda“ del melodrama y así no cansa al espectador porque le da la dosis exacta para que se emocione y a la vez tenga tiempo de pensar  que está pasando allí.

 

Aitana Sánchez-Gijón tiene una voz preciosa… tocando viene por un anfibio sendero de cristales y laureles. El acto de escuchar, decía Barthes, inaugura la relación con el otro; la voz, que nos permite reconocer a los demás, nos indica su manera de ser, su alegría o su sufrimiento y su estado.

 

Su personaje tiene de todo, como ella. Tiene fuerza y autenticidad. Tiene soledad y valentía. Tiene cercanía y sobriedad. Tiene libertad y angustia. Tiene dolor  y compasión. Tiene,  como una sinfonía de Mahler: TODO.

 

Chevi Muraday, Alberto Velasco, Maximiliano Sandord y Carlos Beluga se mueven por el escenario con soltura y profesionalidad. Saben, son conscientes de que un teatro siempre es un centro de poder y uno pude decir y hacer lo que le apetece. Y eso, ya se sabe no gusta a todos.  

 

Comentarios

Deja tu comentario

Si lo deseas puedes dejar un comentario: