Joker, la historia del cierre del último salón recreativo que quedaba en Valladolid
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Joker, la historia del cierre del último salón recreativo que quedaba en Valladolid

Los cerrados Recreativos Joker. JUAN POSTIGO

Los recreativos, que han acompañado a los vallisoletanos durante más de 33 años, cerraron sus puertas debido a la escasa demanda que tiene este tipo de ocio en la actualidad y al Covid-19.

Los Recreativos Joker han sentido en primera persona el paso de las generaciones y con ellas la evolución tecnológica, que no ha dado tregua. En los 80 y los 90 nadie imaginaba que Pac-Man o Súper Mario Bross fuesen a saltar de la máquina de juegos para pasar a la pantalla del televisor, a las videoconsolas o al teléfono móvil. Los años transcurren y el sector de los videojuegos avanza a paso de gigante. Todo esto ha influido en la demanda de este negocio, que ha caído definitivamente con la crisis del Covid-19.

 

El local que ha cobijado durante más de 33 años las máquinas de juegos con las que muchos han crecido, está ahora en alquiler y a la espera de que la situación mejore. Es imposible saber si el Joker desaparecerá por completo, convirtiéndose en un establecimiento dedicado a otro sector o si se conservará la esencia de los juegos de antes, del que era el último salón recreativo que quedaba en pie en la ciudad de Valladolid.

 

José Rivero y su familia lo abrieron en enero de 1987 y lo han llevado desde entonces. Con mucha pena observa cada día esa sala que tantos años ha repartido alegrías, diversión, siempre cargada con la magia de las máquinas, cuna ahora de los actuales videojuegos. “Lógicamente tú tienes en el móvil más juegos de los que puedo tener yo aquí en 5 máquinas antiguas, pero estas tienen el encanto de que son lo original”, explica Rivero.

 

El dueño cuenta con emoción cómo estos aparatos disponían de un “componente mágico”, pues muchas veces, cuando se las movía de su propio enchufe para colocarlas en otro lugar, fallaban. Algo, continúa José, “que en las tecnologías modernas es imposible que ocurra, pero esa es la magia de las cosas artesanas”, la magia de lo nuevo, de lo que acaba de empezar.

 

Todas las mañanas José baja al despacho que tiene en los recreativos y continúa con su rutina a pesar de que la verja siga echada. Los meses de cuarentena, el Joker se convirtió en su salón de juegos particular: “Da morriña, para mí ha sido un pulmón este confinamiento, poder bajar, disfrutar e imaginarte todo funcionando”.

 

UN SALÓN CON HISTORIAS QUE CONTAR

Echa la vista atrás y recuerda lo que significaban esas máquinas antes: “Al principio eran una maravilla, algo que llamaba a todos la atención”, José pone el claro ejemplo del Pong, ese curioso juego que ahora parece tan sencillo, “dos rayitas y una pelota”, pero que por aquel entonces supuso “evidentemente una locura, todo el mundo quería jugar”.

 

Luego llegaron los “marcianitos” y otros juegos que acaparaban las miradas y que el Joker heredó de un salón algo más antiguo. Más tarde introdujeron en el local máquinas más modernas que permitían que uno se metiera dentro y disfrutase de una simulación cada vez más real.

 

“Había uno que era un avión en el cual tú te sentabas y al accionar los mandos el aparato rotaba hacia delante y hacia los lados, daba la sensación de que estabas dentro del juego y eso fue un éxito”. José explica que este éxito venía de la mano también de grandes gastos, tanto de mantenimiento como fiscales, por lo que con el tiempo se fueron sustituyendo por otros aparatos y los últimos años reinó un invento español: el futbolín.

 

Hace referencia al origen de este juego, que surgió a raíz de la Guerra Civil para que todos los niños pudiesen jugar al fútbol a pesar de las lesiones culpa del conflicto: “de igual a igual, en el futbolín aunque no tuvieses piernas podías meter muchos goles”, un juego diferente, que requeriría otras habilidades. Entre alguna que otra risa, el responsable del Joker cuenta cómo los chavales “muy chulines” de Valladolid se acercaban al salón “con las niñas que les gustaban y llegaba una niña que medía 1,50 y a un chaval de 1,80 le metía una paliza al futbolín”.

 

José Rivero y su familia han conocido a mucha gente que se hicieron clientes habituales en el Joker y de clientes, a amigos. Pues cuenta que incluso ha acudido “hasta a las bodas de algunos de ellos y luego sus hijos han ido al salón de juegos también”.

 

Y de bodas y anillos va una de las anécdotas que rescata José de sus años entre los juegos: “Un chaval se puso un anillo que le había regalado su novia y a los 5 minutos se le empezó a poner el dedo como un botijo, le cortaba la circulación y tuvimos que improvisar algo rápido, estuvimos cortando el anillo para sacar el dedo”.

 

Una anécdota personal, como todas las que recuerdan los anfitriones del Joker, pues como bien se ha comentado antes, este lugar ha visto pasar ante sus ojos generaciones. Ha creado amistades, ha hecho que las que ya estaban forjadas se mantengan, que todos pasen un buen rato entre los juegos se siempre, los que lo empezaron todo.

 

A día de hoy este mítico local vallisoletano está pendiente de ser alquilado. José cuenta que en su día hubo una oferta de un negocio que se estuvo tanteando: “Era ya una puerta que se abría para cerrar las demás porque con ello prácticamente supondría olvidarse del local y esa no era la idea a priori”, olvidarse también de los juegos.

 

Se presentó alguna que otra oferta más pero ahora con la crisis del coronavirus la situación ha empeorado. No sabremos de momento lo que ocurrirá con este local, pero lo que es seguro es que a esta familia le encantaría que el Joker continuase con la magia de los recreativos.