Jane Eyre

Una escenografía caleidoscópica, llena de sensibilidad, con una iluminación perfecta, con gusto que pone al texto en funcionamiento de manera alusiva y sabia.

La vida tiene muchas maneras de llevarse al teatro. Los intérpretes tienen que mostrarla con sus voces, con sus gestos, con sus silencios, con sus risas y con sus llantos. Esta noche Teatre Lliure nos descifra ese misterio. Todos los intérpretes, sin excepción  poseen una técnica depurada  que muestran a los espectadores para que alimenten su imaginación.

 

La mirada de Ariadna Gil (Jane Eyre) muestra su interior desde que pisa las tablas del Teatro Calderón. Aquí se va a producir un enfrentamiento. Y a la vez, un querer entenderse. Esta es la base del teatro bueno. Su razón. Si todos los personajes que aparecen en escena se llevaran bien el público se aburriría como una ostra.

 

Teatre Lliure lleva preparando durante meses este momento mágico: el encuentro con el público. Y consigue muchos momentos especiales, sobre todo durante la primera parte. Se podría decir que los primeros platos resultaron más sabrosos que los segundos.

 

Me encanta Ariadna Gil. La manera que tiene de encarnar su personaje, de adherirse al aliento de Jane Eyre, de ocupar todos los espacios, todo lo hace bien; le sienta muy bien meterse en la piel de Jane Eyre. Su espontaneidad, su belleza es producto del trabajo, de horas y horas de ensayo. Y es este el resultado. Un resultado brillantísimo.

 

El argumento de la obra es de sobra conocido. Todos sufrimos afrentas durante nuestra vida y tenemos recuerdos dolorosos que es conveniente ir olvidando para poder seguir adelante, para seguir con nuestra vida. No hay otro remedio.

 

La obra está muy bien arropada por la escenografía. Una escenografía caleidoscópica, llena de sensibilidad, con una iluminación perfecta, con gusto que pone al texto en funcionamiento de manera alusiva y sabia.

 

Para mi todos los intérpretes tienen encanto. Me gusta su acento. Ese acento, no sé cómo llamarlo,  pero que me suena muy bien en los oídos y me recuerda a la Sarda, Espert,  a la Mary Santpere de Luis Berlanga, a Mónica Randall y a tantos otros. Tienen todos autoridad escénica, convicción y con la carga emocional justa.

 

El único punto flaco que encuentro a esta obra es el tiempo. Dos horas me parecen demasiado. Se nota en el patio de butacas, pasada la hora y media el personal se impacienta, se pone nervioso y se pone a pensar en otras cosas que nada tienen que ver con lo que está pasando en el escenario.

 

El universo de Charlotte Brontë permanecerá durante mucho tiempo en la memoria de los espectadores porque ha ensanchado su mundo y se ha emocionado.