Homenaje al abonado

La Crítica Cultural de Ágreda en Tribuna Valladolid.

La obligación de trabajar en algo que a uno le gusta consiste en convertir el esfuerzo en placer, esa es la clave para que el concierto de esta noche resulte un viaje inolvidable. Un viaje que es una especie de ritual purificador. Porque la experiencia de compartir un tiempo la música de Wagner, Verdi, Rossini y Chaikovski es algo muy espiritual.

 

Richard Wagner no se reconoció en ninguna de sus primeras óperas; es más,  llegó hasta repudiarlas. Evidentemente formaba parte de su personalidad volcánica. Cuentan los entendidos en su obra que abjuró de sus primeros caminos, y eso después le permitió volar más alto en su camino creador.

 

Italo Calvino en su libro Por qué leer a los clásicos, deja una curiosa sentencia: un clásico es  un libro que equivale al universo. Esa es la primera reacción que tiene el oyente cuando escucha el Lohengrin de Richard Wagner en la Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Aparece súbitamente el cosmos de RW y su sonido dota de sentido la tarde.

 

El mundo y la música de Wagner abarca el universo, lo ordena bellamente de manera delicada e inteligible. “¿Y por qué cada primavera, un año y otro año, se engalanan las noches con las mismas estrellas?”. Lo bello siempre ha tenido repercusiones benéficas para el ser humano.

 

La forza del destino de Giuseppe Verdi demostró claramente que el tiempo no transcurre de la misma velocidad en todos los lugares del mundo. Aquí  el tiempo esta tarde, viaja lentamente,  eso quiere decir que fuera de este lugar se envejece antes. Sumadas las horas que lleva aquí escuchando música el abonado, se podría llegar a la conclusión que es como mínimo un par de años más jóvenes que los de su quinta.

 

Luego llegó Rossini con su Guillermo Tell y la imaginación se alió con el sonido y el oyente habitó otra dimensión. Una dimensión libre de interferencias y ataduras a la actualidad.

 

La Sinfonía n. º 6 de Chaikovski permitió a Andrew Gourlay poner en circulación toda su energía y crear alrededor de la OSCyL todo un espectro sonoro, toda una celebración de la vida donde no existía ni el  miedo ni la culpa. Toda la sinfonía era una invitación a divertirse, embriagarse, viajar, conocer gente. En definitiva, el Homenaje  al Abonado se convirtió en una invitación a ser libre. Libre, libre, libre  soy, quiero ser, quiero ser libre…