Historia de una lamentable imagen del CB Valladolid: 112-58 en Málaga

La obligación de Ricard Casas es decir que su equipo puede ganar al Unicaja. Otra cosa es lo que piense en su interior. Pero lo que el club no puede permitirse es coleccionar esta imagen lamantable jornada tras jornada. El CB Valladolid es un coleccionista de palizas.

UNICAJA: Granger (10), Toolson (21), Kuzminskas (13), Hettsheimeir (11), Vázquez (4) -cinco inicial-, Urtasun (8), Sabonis (4), Calloway (8), Suárez (3), Dragic (12), Caner-Medley (6) y Stimac (12).

 

CB VALLADOLID: Cvetinovic (11), Sanders (7), Rowe (4), Haritopoulos (9), Suka-Umu (5) -cinco inicial-, Izquierdo, Vilhjalmssson (5), Martínez (2), Sinanovic (8), Johnson (2) y Andusic (5).

 

PARCIALES: 33-11, 26-14, 32-20 y 21-13

 

ÁRBITROS: Bultó, Calatrava y Oyón. Eliminaron a Johnson.

 

CANCHA: Palacio de los Deportes, 5.500 espectadores.

Nadie podía pensar en una hazaña en el Martín Carpena. Ni por presupuesto, ni por plantilla, ni por circunstancias. El Unicaja es un equipo con hechuras, que disputa la competición más importante de clubes en Europa (Euroliga) y que no puede compararse en nada a este desastrado CB Valladolid que está a punto de cerrar la primera vuelta de la Liga con un balance desastroso, dirigido en picado hacia un descenso deportivo inapelable.

 

El problema no es perder. El problema es cómo pierde un equipo que, hasta la fecha, ha ganado dos partidos y tuvo opciones reales de ganar otros tres: Manresa, Murcia y Joventut en casa. Quizá con cuatro triunfos se vieran las cosas de diferente manera, pero esto es lo que hay a falta de recibir el próximo fin de semana al Fuenlabrada para intentar disimular un fiasco esperado, pero no tanto. Acabar con tres triunfos engancharía al equipo al pelotón de los torpes, apurando las escasas opciones de salvación aferrados a una segunda vuelta milagrosa.

 

Pero el club no es esta plantilla. El equipo se hizo en apenas dos semanas, con menos dinero que muchos de la LEB y cambios por doquier respecto a la composición inicial. Los jugadores, cuando cobran, perciben unos sueldos equiparables a los de cualquier trabajo convencional. Sólo hay un jugador, Sinanovic, que engorda algo su cuenta corriente percibiendo un contrato de 60.000 euros al año para convertirse en el mejor pagado.

 

El club es un despojo de gestión y una amargura de intenciones. Empezado por su presidente accidental al estar al frente de la Fundación Baloncesto Valladolid. Juan Vela no tiene capacidad alguna para fabricar un proyecto; primero porque no cuenta con medios y, segundo, porque carece de capacitación para estar al frente de un club profesional. Y ese es el concepto. Todavía el Valladolid tiene la categoría de profesional y por momentos se pierde esta perspectiva.

 

Demasiado hace Casas aguantando el temporal, poniéndose a la cola el último para cobrar cuando se puede y trabajando con retales a los que no se puede pedir más. Pero cuando se acaba una primera vuelta con la camiseta en blanco porque nadie es capaz de gestionar un patrocinador, el síntoma ya es evidente: pocos creen en este proyecto y en quien está detrás de esta auténtica osadía que es competir en ACB con estas credenciales.

 

La derrota en Málaga no es más que el siguiente episodio de un lamentable espectáculo, desacorde con la historia de un club, su pasado y su futuro. Y ese futuro deportivo se dibuja ahora en un partido clave ante el Fuenlabrada y una segunda vuelta para pensar en milagros. Lo único que se salva es la implicación y el trabajo de Casas y unos poquitos más. Pero el presidente de la Fundación y sus patronos ya han demostrado que han llegado al límite. Es hora de pensar en hacer un club al margen de lo que pueda dar de sí (o de no) este equipo coleccionista de palizas.