Histeria del Arte
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Histeria del Arte

La función del teatro no es aportar cambios al mundo para eso están los movimientos sociales y las manifestaciones. El teatro es un lugar donde el público puede reflexionar sobre la actualidad, los conflictos sociales o las relaciones humanas. También que el espectador, como es este caso, mire durante hora y media el mundo de manera distinta y se pueda olvidar de la realidad.

 

Histeria del arte, para decirlo pronto, es un espectáculo solvente como pocos. Nada desentona.  Los intérpretes: Pepa Lucas, Verónica Ronda, Ángel Saavedra y Hugo Ruiz encantan al público desde el inicio. La escenografía es evocadora y sugestiva. El guión musical de Gaby Goldman; la dirección de Zenón Recalde y las coreografías del gran Chevi Muraday, Mariano Botindari, Alberto Sánchez y Alberto Velasco afinadísimos.

 

Los diálogos son brillantes y divertidos, llevan implícitos una reflexión ácida sobre el mundo del espectáculo y se ríen hasta de su sombra. Todo con ritmo justo y apropiado para cada secuencia. En el escenario todo ocurre, nada se cuenta. Esa es una de las grandes virtudes de Histeria del Arte.

 

Otra virtud la de que buscan especialmente transmitir cosas sencillas que tienen que ver con el ser humano. Hablan al público de tú a tú de las cosas que les pasan a los artistas famosos como Pedro Almodóvar y no famosos, pero con las mismas preocupaciones. Son capaces de  rescatar canciones y darle un toque personal, auténtico y divertido -en el buen sentido de la palabra-.

 

Y otra virtud. El humor y esa capacidad que tienen Pepa, Verónica, Ángel y Hugo para reírse de sí mismos. Un humor que implica al público para que sea capaz por unos momentos de ver las cosas que pasan, pero con una luz completamente diferente. La capacidad de verse a uno mismo como te ven los otros. Y dejemos de darnos tanta importancia y nos despojemos de esos aires de grandeza que son puro humo y postureo.

 

El humor de Histeria del Arte conlleva una buena dosis de poner al personal con los pies en tierra, a veces ese descenso es exagerado a la manera de Jesús Hermida, pero es obligatorio reírse de esos que acaparan siempre la razón para ellos y rebajar en lo posible esos aires de grandeza que se dan los que hacen preguntan ridículas en las ofertas de trabajo, en los castings, cuando realizan una pregunta parlamentaria o cuando pides que te corrijan un examen.  

 

Y que se pasaron casi todo el espectáculo cantando y bailando y eso, hay que reconocerlo,  nos hizo bien. Eso justifica toda la obra.