Galería Carmen Durango
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Galería Carmen Durango

La crítica cultural de Ágreda en Tribuna de Valladolid.

El arte,  ha dejado escrito Juan Eduardo Cirlot,  se encuentra  entre dos fuerzas contrarias que lo solicitan: una  es la belleza de la serenidad absoluta; la otra, la fascinación del abismo. Rosalía de Ceis (Palencia, 1964) invita al que mira su cuadro “La siesta”  que se puede ver en la Galería Carmen Durango (Pasaje Gutierrez, 2 Valladolid)  a la serenidad, a la calma  y a entender la pintura sin los aspavientos de determinadas moderneces que nos conducen a ningún sitio.

 

La pintura puede ser muchas cosas. Puede ser juego y entretenimiento, pero también pensamiento, conocimiento y encuentro. En el cuadro de Rosalía de Ceis uno puede llegar a reconocerse. Reconocerse en su exquisita sensibilidad para trasformar un acto íntimo en un juego lleno de sugerencias que lleva implícito la vida misma.

 

Talento no le falta a Rosalía de Ceis. Su talento es fruto de su trabajo, luego la belleza nace espontáneamente, siempre está acechando. Porque el criterio para hablar de una artista nunca debería ser el éxito  o su valor en el mercado. Existen en Valladolid – sin ir más lejos- artistas muy interesantes que por lo que sea no tienen la visibilidad que los medios nacionales prestan a los nombres más célebres.

 

El cuadro de “La siesta”  del RdC educa por momentos la mirada pero esto lleva su tiempo. Es un proceso lento porque tienes que hacer un viaje donde no importan ya las apariencias y sí,  saborear, deleitarte con el lenguaje callado de las cosas que diría Baudelaire. 

 

Desde que el ser humano adquirió capacidad simbólica, la pintura se convirtió en la principal forma de representación de  su visión interior, personal y de las cosas que le rodean.  Aquí la conexión con el espectador es un gato que ocupa la parte central del cuadro. Un gato que establece con la primera mirada un vínculo que busca un momento de tranquilidad, de sosiego y empatía. Todas las piezas están en su sitio.

 

La mujer del cuadro está dormida plácidamente. Ya se sabe que dormir es un placer. Dormir,  ha dicho Héctor Alterio,  es la otra vida en esta.  Y trasmite muchas cosas.  La primera: vulnerabilidad. Y otra es que evoca recuerdos extraños, incluso recuerdos que no se han vivido nunca, recuerdos desconocidos y a la vez inquietantes.

 

Y cuando miro el cuadro también me acuerdo de Ángeles Santos. Una artista que pintaba muy bien y fue obligada a dejar la pintura por su familia. Consideraban que una joven decente de Valladolid no debía pintar y estar con hombres de tertulia.