Emilio de Justo, el hombre que torea
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Emilio de Justo, el hombre que torea

Emilio de Justo, un torerazo olvidado en muchas ferias tiene la entrega por alimento y la actitud como estandarte de su tauromaquia

Cuando salgo al ruedo quiero que el público me entienda. Que estén dispuestos durante diez minutos a emocionarse, a disfrutar, a sentir miedo y sobre todo a descubrir el brillo que tiene el arte después de deleitarse con el quite por ajustadísimas chicuelinas que Emilio de Justo regaló al público en su segundo toro de la tarde. 

 

Emilio de Justo, un torerazo olvidado en muchas ferias, como ha dejado escrito Antonio Lorca, tiene la entrega por alimento y la actitud como estandarte de su tauromaquia. Con los pies hundidos en la arena practica el toreo profundo. El toreo que lleva inscrito en la frente, el toque suave, dando el pecho y con esos brazos más largos que un día sin pan  donde el espacio y el tiempo se conjuran para que el movimiento espante el miedo y el toro se encuentre a gusto entre los vuelos de la muleta.

 

Emilio de Justo cuando sale a la plaza lo da todo. Y lo da todo con alegría. Es sabido que el arte de torear consiste en suspender el tiempo y andar en la cresta de la ola para no caer en precipitaciones que puedan aburrir al público. Es imprescindible mantener en tensión a “la parroquia”, que diría el maestro Chenel. Y dar importancia a lo que estás haciendo, porque si tú no lo das importancia no esperes que el público la dé.

Inició Emilio de Justo la faena de su primer toro con la mano izquierda en el centro de la plaza. Se veía a la lengua que venía a jugarse la vida en cada lance. La cadencia y la templanza que tuvo el segundo natural llegó a los tendidos por su poderío y torería, cualidades imprescindibles para aquellos que quieran ser toreros.

 

Cuando le pregunté a Emilio de Justo qué era lo más importante para ser torero, pronunció automáticamente la palabra pasión. Y después llegaron otras: ilusión, ganas, profesionalidad, sacrificio, y, como diría El Viti “estar dispuesto a dejarse matar doce tardes por año”.

 

Lo único que podía hacer el público es dar gracias. Gracias por la verdad del toreo de Emilio de Justo que estará durante mucho tiempo en la retina y en los corazones de todos nosotros.