El vendedor de la ONCE que dio jaque mate a su mala suerte

Mohamed Ali Oukkas Fernández lleva ejerciendo de cuponero ocho años. Tras sufrir un grave accidente, ha encontrado en este trabajo el salvavidas necesario. Su gran pasión es el ajedrez y en esta entrevista de Once de la ONCE mueve ficha. No te lo pierdas.

Mohamed Ali Oukkas Fernández en su punto de venta y junto a un tablero de ajedrez: su gran pasión. J.A.G.

Once preguntas, once respuestas:

 

1. Una afición: El ajedrez.

2. Su mejor momento como vendedor: Ahora.

3. Y el peor momento: Cuando comencé, no comprendía algunas cosas; pero poco a poco te das cuenta de ello.

4. Su mayor premio: Mis hijos, no los cambio por nada.

5. Es supersticioso: No, para nada.

6. Un juego: Está claro, el ajedrez, es una pasión.

7. El número de la suerte: Cualquiera.

8. Su mayor apuesta en la vida: Ir progresando, además en todos los sentidos.

9. Salud, dinero o amor: Salud, que es lo más importante; luego, el amor.

10. Su mayor capacidad: La mente.

11. Qué es para usted la ONCE: Gente muy generosa.

 

“Me han llegado a confundir con un cura; quizá por mi amabilidad, por el trato… qué se yo” Quien habla entre risas es Mohamed Ali Oukkas Fernández, vendedor de la ONCE en el barrio vallisoletano de La Rondilla. Y quizá la confusión tenga algo de cierta. Primero por su bondad; Mohamed es buena gente, simpático y muy educado. Pero también porque el punto de venta instalado en el cruce de Cardenal Cisneros y calle Moradas puede asemejarse a un confesionario. Cuando abre la trampilla por la que despacha los cupones por allí se cuelan miles de confesiones, en forma de problemas, ilusiones, quehaceres cotidianos…

 

“Ellos [los clientes] me cuentan sus cosas, sus problemas. Yo también me sincero”, dice Mohamed con mirada lacónica. “Lo peor es cuando están enfermos… muchos de ellos con cáncer. Llevan tantos años como clientes y es duro cuando algunos de ellos te deja…”

 

Mohamed es hijo de marroquí y de española: “Por eso tomó café con leche”, dice sin abandonar el humor y una peculiar sonrisa. Su nombre, que lleva con orgullo, en ocasiones le ha jugado malas pasadas [injustificables, todas ellas]. “A veces en trabajos y en otras circunstancias he tenido problemas solo por mi nombre”, dice no sin cierta pena. “Racismo hay en todos los sitios; pero ¿qué vas a hacer? Pues pasar, no voy a aprender nada de ellos, no son mis maestros… no me sirven”, sentencia. Y eso que Mohamed nació en Valladolid; aunque no reniega de los orígenes de su padre, en Tánger. “Sí que suelo ir por allí de vez en cuando, me gusta mucho. Tánger ha cambiado muchísimo, ahora está muy industrializado, ya quisieran muchas ciudades… La vida allí es cara”. Hace un gesto con la mano indicando dinero.

 

A pesar de su excelente sentido del humor (bromea con todo el mundo) y su sempiterna sonrisa, la vida de Mohamed Ali no ha sido fácil. Fue empresario del transporte, con visos de futuro; también trabajó en la construcción. Los camiones le gustaban y se ganaba la vida haciendo portes internacionales. “Conducía hasta Alemania, me encantaba y podía haber formado una buena empresa de transportes internacionales…”.  Interrumpe la conversación y alza la mirada.

 

Su vida cambió para siempre hace veinte años. Mohamed Ali no quiere dar muchos detalles de “aquello”. Solo que sufrió un accidente no laboral muy grave. “Caí de una altura de 15 metros. Sufrí aplastamiento en ambos calcáneos… y según dijeron los médicos más de mil fisuras por todo el cuerpo”. Pero Mohamed Ali salvó la vida. “Dicen que fue un milagro”. La recuperación fue “lenta y muy dura”: varias operaciones, un año en una silla de ruedas, tres años más con muletas; la columna y un hombro quedaron tocados; también los tobillos… una odisea. Relata todo “aquello” al calor de un buen café. Hace mucho frío en la calle. Y mientras cuenta su trágica historia por los altavoces del bar suena una sugerente melodía de piano. Una casualidad que añade más emotividad a sus palabras.

 

Pero Mohamed, que se muere por el ajedrez –una de sus grandes pasiones-, decidió plantar cara al gran damero que es la vida. Poco a poco, con concentración, esfuerzo y estrategia, fue moviendo fichas hasta conseguir dar jaque mate a su mala suerte y ganar la partida en la que se convirtió su existencia. “Yo sabía que tenía que salir para adelante; siempre desde muy joven he sido muy activo. Me dieron la incapacidad del 33 por ciento, aunque me concedían la absoluta, pero yo quería trabajar. Tenía una pensión que me llegaba para pagar todo lo que debía, aunque no para comer y me tuve que ir a vivir con mis padres”. Habla de sus progenitores como sus “ángeles de la guarda”.

 

 

La conversación fluye ahora de forma veloz. Sus primeros trabajos tras el accidente fueron como vigilante. “Estuve en el control de accesos, conserje… al final dejó de gustarme”. Y ahí surgió la ONCE, como tabla salvadora en un océano de dudas. “Yo les conocía, me puse en contacto con ellos y me lo pusieron muy fácil”. Tras el curso de formación pertinente -“en el que te enseñan y te dan herramientas para tu trabajo”- un 14 de octubre de 2011, Mohamed Ali se vio como cuponero. “No se me olvidará en la vida mi primer día. En un punto de venta en el número 13 de la calle Cardenal Cisneros, muy cerca de donde estoy ahora”. Fueron jornadas de nerviosde cara al cliente”, pero enseguida se dio cuenta que tenía “cualidades” para afrontar el trabajo. Sonríe, toma aire y prosigue su relato.

 

Han pasado ya ocho años de aquello.En mi nuevo trabajo como vendedor de la ONCE ha habido momentos muy felices, también alguno duro: comencé en plena crisis, pero gracias al apoyo de los grandes profesionales que tiene la ONCE sales adelante”. Ha estado en muchos puntos: “La Rondilla, Parquesol…  correturnos, podríamos decir; pero ya llevo casi siete años en este destino”. “En la calle lo paso mal, porque el frío machaca mis huesos”, advierte.  Ahora vive feliz. Tiene un hijo de 21 años de su anterior matrimonio y una niña de 14 meses… y ojo, que nos da una exclusiva: “Creo que estamos esperando otro”. La sonrisa es tan ilusionada que quien escribe estas líneas cruzó con fuerza los dedos para que la noticia pueda confirmarse felizmente en los próximos días.

 

SUS DOS PASIONES: LOS COCHES Y EL AJEDREZ

 

En 2017 logró dar un premio gordo: 35.000 euros a un cupón. “Increíble” y también 7.500 euros en un rasca. “Eso fue la leche. Se lo di a un chaval de color, alucinaba. Para mí es una satisfacción superior”. -Pero si el cuponero no gana nada dando un premio ¿por qué tanta ilusión? “Pero es maravilloso y sí que te toca algo, porque durante unos días viene la recompensa, la gente viene a comprar más cupones y eso se nota en las ventas”, dice de forma sincera.

 

Los coches y el ajedrez son sus dos pasiones. “Tengo el coche que quiero, un BMW 320, de color rojo fuego, 177 CV; es mi capricho… no quiero otro, con este me sobra”. ¿Y el ajedrez? “Me vuelve loco, aunque ahora ya no juego tanto; hubo una época en la que estaba todo el día, quedé incluso segundo en un campeonato y el primero en damas. Exige mucho tiempo y concentración; es un juego que si estás pensando en otra cosa no tienes capacidad de juego”. En su experiencia como ajedrecista aficionado han sido muchos los jaques que ha sufrido y que ha ofrecido. En la vida, también. Y ganó la partida. Ese trofeo ya no se lo quita nadie. Suerte, Mohamed.

 

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