El talento de Roberto González-Monjas

La crítica cultural de Ágreda.

Roberto González-Monjas siempre ha esperado que la música viniera a él. Y, en efecto, la música “vino a él”. Siempre ha sabido que había nacido para la música. Tiene talento para ella. Este joven ha empuñado una batuta y ha puesto en fila a toda la generación anterior y a la suya propia. Y ha dado en el clavo: ha convertido el esfuerzo en placer, esa es la clave para estar en esto.

 

La sonrisa de Roberto González-Monjas -que dirige esta noche la OSCyL- guía a todos los componentes de la orquesta. Su batuta está cargada de música, de ilusión y de sueños. Desde que pisa la Sala Sinfónica Jesús López Cobos del CCMD invita a intérpretes y público a transformarse. Ha crear una atmósfera para encontrarse cómodos y poder hacer diferentes lecturas de la música y de uno mismo.

 

El abono 19 de temporada presenta un menú ligero, benéfico, contemporáneo y auténtico. Ravel, Joaquín Rodrigo, Antón García Abril y Rimski-Kórsakov. La armonía que se va a producir esta noche surge en muy contadas ocasiones. En contadas ocasiones porque González-Monjas no dirige, susurra.

 

Y aparece Tomatito con su camisa de lunares, su pelo – su copyright- y su guitarra. Con los primeros compases del Concierto de Aranjuez logra acallar el alocado rumbo del tiempo y conmueve a los espectadores que se sienten felices como el perro que ve coger al dueño la correa para salir de paseo por el parque. Es su hora. La hora de la felicidad.

 

Porque no es necesario pasarse media vida en los aeropuertos para llevar una vida extraordinaria. Eso tiene que ser agotador que diría Lebowski. No hay nada más profundo en la vida que vivir lo cotidiano. Hay mucha banalidad en supuesta aventuras inolvidables que no llevan a ningún sitio.

 

Escuchando el Adagio del maestro Rodrigo en las cuerdas de la guitarra de Tomatito uno es capaz de captar la hondura que hay en la vida y entender mejor el mundo, la vida diaria y su circunstancia. Ya se sabe que la vida presenta dificultades y ahora resulta todo exhibición. Por eso,  venir aquí, a la Sala Sinfónica Jesús López Cobos en busca de amparo, de protección, es aceptar la vida sin discutirle cada arista, cada nudo, y cada brote como único modo de alcanzar cierto grado de calma y tranquilidad.

 

Como escribió Eliot en Cuatro cuartetos, la humanidad no puede soportar mucha realidad por eso –digo yo-  existe la música.