El Sirviente
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El Sirviente

Son muchos los Eusebio Poncela que hay en Barret. Y muchos los Tony que hay en Pablo Rivero. Barret y Tony son el sirviente y el amo y viceversa. Personajes que gustan de la ocultación y sobre todo ocuparse de ellos mismos, aunque a simple vista no lo parezca. Eusebio Poncela y Pablo Rivero son actores con una presencia y un tono en varios idiomas. Se convierten en sus personajes como quien se bebe un vaso de agua.

 

Hay quien nace para artista o  para torero. Estos dos han nacido para lo que son. El primer silencio que hace Eusebio Poncela cuando aparece en las tablas del Teatro Calderón se escucha hasta en la Plaza de la Universidad. El silencio azuza un cosquilleo que invade el patio de butacas. Porque cuando se entra en un teatro el espectador tiene que estar dispuesto a todo: a reír, a llorar, a aplaudir. Y todo en compañía de extraños enmascarados que han tirado de coraje para estar esta tarde aquí con la que está cayendo.

 

Son muchas las cuestiones  que El Sirviente pone en juego. Una de ellas, quizás la más importante es quien tiene el poder, el sirviente o el amo. El poder,  ha dejado escrito Hannah Arendt, siempre es un poder en potencia. No es una entidad inmutable, medible y fiable como la fuerza. El poder de las palabras. Las palabras nunca son inocuas, suelen llevar siempre una carga viral que acaba en tormenta. Tú dijiste que me ocupara de todo, que no querías nada de agobios… La perversión del lenguaje anestesia la percepción de las cosas.

 

Y otra es la culpabilidad. La culpa no es algo que exista, la culpa se construye. Culpable  eres por saltarte a la torera las reglas de un determinado código moral.  Aquí, en el salón de Tony (Pablo Rivero) nadie se siente culpable; la verdad no está en boca de ninguno de los personajes. Sandra Escacena (Vera/Mabel) Lisi Linder (Sally) y Carles Francino (Richard)  saben llegar al corazón del público por sus gesto comedido y por sus voces con el tono adecuado. Ahí se encuentra su poder.

 

 Me gustaría destacar el diseño de iluminación a cargo de Miguel Ángel Camacho y la composición musical de Fernando Velázquez. Ellos son los catalizadores para que el público se sienta a gusto y  que lo que está pasando en el escenario le llegue al corazón y que se lleve a casa la impresión de haber visto una obra de teatro única, irrepetible. 

 

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