El silencio sostenido de Andrew Gourlay

El silencio que provoca Gourlay en la Sala Sinfónica Jesús López Cobos  después de escuchar la Fantasía de Vaughan Williams  afecta al público de tal manera que cambia la percepción del tiempo y del espacio y le sumerge en una emoción sostenida donde solo importa cómo te  sientes en ese instante.

La música que se escucha esta noche (Holst, Vaughan Williams y Hubert Parry) es capaz de causar placer, tristeza, nostalgia, euforia, melancolía  y hasta envidia. Esta sucesión de estados en el tiempo permite al público la posibilidad de sentir y disfrutar juntos.  Porque esta noche la OSCyL y su director titular están poniendo a todos de acuerdo. De acuerdo porque la música tiene la cualidad de juntar a personas que piensan diferente y la capacidad de  contagiar las emociones que allí se están produciendo.

 

El tiempo aquí está representado por las manos de Gourlay que imponen silencio. Ha sido capaz (una tarea de héroe) de que se  oiga el paso del tiempo. Como bien dice Juan Mayorga, silencio mezcla bien con todo y la música depende de él más que el Barcelona de Messi

 

Del concierto  20 de la temporada me quedo con la Fantasía sobre un tema de Thomas Tallis, para doble orquesta de cuerda que me recordó tanto el libro de Robert Louis Stevenson “Oraciones de Vailima”… Envías, Señor, la lluvia sobre los innumerables árboles del bosque y les das de beber en exceso.  Eso justamente es lo que estaba pasando mientras escucho a la OSCyL. Paçalin Pavaci, concertino; Jennifer Moreau, violín solista; Néstor Pou, viola solista; Màrius Díaz, violonchelo solista y  Marianne ten Voorde, arpa solista,  aportaron todo el rigor necesario para que sus instrumentos fueran capaces de dar vida a la música y comunicarse con el público que  escuchaba extasiado.

 

Luego llegaron los Coros de  Castilla y León  y el Coro Hallé; la Soprano Sarah  Fox, la mezzosoprano Kathryrn Rudge, el tenor Andrew Stapples  y el barítono Mark Stone y la voz y la música iban  directas al corazón, provocaban al corazón para que este hablase,  cobrase aliento para buscar la palabra que habitara esa emoción.

 

Andrew Gourlay esta noche  -salta a la vista- está ejerciendo su oficio de manera magistral y es capaz de compartirlo con todos los presentes. Sus padres, unos enamorados de España le acompañan siempre que pueden. “La mejor vida se vive en España, aquí se vive muy bien. Vas a un bar y sales con el teléfono del de al lado. Eso no pasa en ningún sitio”.