El Romancero Gitano por megafonía

Palabras contra el olvido 185.

Resultó imposible compartir la soledad que siempre propone Lorca en toda su obra. Imposible compartir el sentimiento, la pena, el coraje, la celebración, la tradición… Imposible que ese cosquilleo obligatorio que se produce cuando lees a Lorca invadiera el patio de butacas del Teatro Calderón y poder llorar, reír, aplaudir en compañía de amigos, hermana o extraños. Nada.

 

“Porque yo no soy un hombre, ni un poeta, ni una hoja, pero sí un pulso herido que sonda las cosas del otro lado”, habla el poeta con su voz secreta y llega a lo más profundo del alma. La voz de Nuria Espert me  suena esta noche alejada del poeta. Suena por los altavoces doblemente, con un sonido propio de campo de fútbol más que de un teatro de postín.

 

El Romancero Gitano se tiene que recitar como si te lo susurraran al oído. No hace falta sabérselo de memoria. Aunque si no se ha leído no hay que demorar el placer de leerlo y atraparlo, pasarlo por el corazón y dejarle que vuele a su libre albedrío.

 

Porque las palabras no solamente nombran, también evocan. Y es necesario encontrar sus matices. Matices que NE no supo, o no pudo ofrecer al público. Se la notó, encorsetada y con el mismo tono “lastimero” para recitar… La luna vino a la fragua/ con su polizón de nardos. El niño la mira, mira. /El niño la está mirando; que Verde que te quiero verde. /verde viento. Verde ramas…

 

La comunicación más pura reside en el gesto y la voz. Ahí se encuentra la esencia de la  obra lorquiana. Su poder.  No necesita de adornos para llegar al corazón del público. Ni imitarse a una misma reiteradamente. Hay que huir como gato escaldado de comunicar a toda costa con parafernalias y simplezas que solo conducen a que el espectador salga del teatro cabreado porque el artista no haya cumplido con su función de manera ética.

 

El compromiso ineludible que tiene que tener un teatro y sus intérpretes es ser auténtico y mostrar obras al público donde se pueda compartir la grandeza del arte, la grandeza del teatro como método de conocimiento, de saber.

 

La dirección de Lluís Pascual irreconocible. Sosa y  evidente, incapaz de crear la atmósfera necesaria para que El Romancero Gitano transportara al público a otro lugar. No lo consiguió. Resumiendo: el proceso de acercamiento a Lorca tiene que ser más laborioso y serio, sino, no vale la pena. Y parte del público, lo nota.