Cyl dots mini

El precio de Arthur Miller

Ahora mismo, el reparto de El precio es de lo mejor que  pisa la escena española. Todos son creíbles. Ninguno  actúa. Ninguno interpreta. Lo mejor: todos son el personaje. Lo decía Cukor: ¡Nada de actuar! Tienes que ser el personaje en vez de interpretarlo. Tristán Ulloa y Gonzalo de Castro se enfrentan a pecho descubierto. ¡Que se lo digan a las primeras filas del Teatro Calderón que salieron a la calle en estado de trance!

 

El Precio fue el último éxito que tuvo Miller en Broadway y no es de extrañar. Tiene todo: atmósfera, argumento, ironía, rabia, en definitiva, vida. Vida de familia. Aquí el léxico familiar mata. El lenguaje que utilizan los dos hermanos (Walter y Víctor) es explosivo y expansivo a partes iguales. Secretos y mentiras.

 

No es todo cera lo que arde. Los conceptos de verdad y mentira nunca son relativos. Lo que pasó, sucedió o no sucedió. Si la mentira se convierte en el pilar fundamental de las relaciones de familia, apaga y vámonos. Porque una cosa es discrepar de los hechos y equivocarse en su lectura y otra… que tengas que renunciar a tu vida por un chantaje urdido por el primogénito de la familia.

 

La mentira destruye y arrastra a los hermanos hacia el abismo. El espectador desde su butaca contempla como el castillo de naipes se derrumba. Quién esté libre de pecado, que tire la primera piedra.

 

La escenografía de Enric Planas,  para decirlo pronto,  es austera, clara, cinematográfica. El texto…  me recordó mucho a los libros de Hemingway  y Fitzgerald, para mi gusto no sobra ni una coma. El vestuario de Antonio Belart,  práctico y creíble.

 

Eduardo Blanco está esplendido, poderoso, lleno de sorna y equilibrado. Sabe llegar al patio de butacas que empatiza con su personaje desde el primer momento.

 

Elisabet Gelabet realiza un ejercicio de introspección en el intento de entender lo que está pasando allí. Un ejercicio en el que todos alguna vez hemos tomado parte y que Gelabet recrea toda la desnudez y crueldad de las preguntas sin respuesta.

 

La atmósfera desde que entras en el teatro te pone en situación. Música que sale de la radio, música de Artie Shaw y su orquesta; parecida a la que sonaba en  las  fiestas de  Jay Gastby. 

 

¿Pegas? Cuando presencias una de las mejores funciones de la temporada, ya me contarás. La única pega se la pongo a los acatarrados espectadores. Por momentos, dio la impresión de que más que un teatro, aquello parecía un sanatorio. ¡Qué toses, cómo se les ocurre salir de casa en ese estado, por Dios! Con lo malas que son la recaídas.