El librero que perdió la vista pero no las ganas de emprender nuevos retos y el gusto por conversar

Alfonso García Trigueros regentó una librería durante más de 30 años en Torrelago y fue empresario del sector de la hostelería. Hoy es vendedor de la ONCE y sigue manteniendo su gusto por la conversación y el debate.

Alfonso García Trigueros posa en la librería de Torrelago que regentó durante tres décadas. J.A.G.

Once preguntas, once respuestas:

 

1. Una afición: Nada en particular, todo en general.

2. Su mejor momento como vendedor: Cada día.

3. Su peor momento: Aún no lo he tenido.

4. Su mayor premio: Superar cada etapa en la vida.

5. ¿Es superticioso?: No.

6. Un juego: El mus, aunque ahora mis amigos no quieren jugar conmigo, porque no veo las señas (sonríe).

7. Número de la suerte: No tengo, aunque siempre me ha gustado el 5.

8. Su mayor apuesta en la vida: Seguir acometiendo nuevos retos.

9. ¿Salud, dinero o amor? Salud; dinero y amor tienen que ser complementarios.

10. Su mayor capacidad: La fuerza de voluntad, la resiliencia.

11. La ONCE en una palabra: Soluciones.

Tras la entrevista realizada en su kiosco, frente al Corte Inglés, nos citamos después de la festividad de Navidad para hacer la fotografía principal que ilustre la información. Hay que tomar una imagen que resuma muy bien lo que ha sido la vida de nuestro protagonista. Para ello nos desplazamos hasta Torrelago. En el trayecto Alfonso García Trigueros sigue hablando de su vida ‘pre-ONCE’. Ha sido un culo inquieto, un trabajador empedernido y fundamentalmente lo que ahora llamaríamos un emprendedor nato.

 

Llegamos al número 4 de la calle de la Libertad, en Torrelago, la popular urbanización de Laguna de Duero. En un bajo de poco más cuarenta metros cuadrados sobrevive una librería con más de tres décadas de historia. Los libros se apilan junto a prensa diaria y revistas del corazón, material de papelería e incluso chuches para los más pequeños.

 

Cuando Alfonso entra al que fue durante treinta años su negocio sonríe inconscientemente. En su cabeza seguro que le vienen un bombardeo de recuerdos e imágenes. Saluda a Soraya, la actual propietaria. “Aquí pasé treinta años de mi vida”, sentencia Alfonso. “Al principio se vendían más regalos y juguetes, pero poco a poco nos fuimos especializando en libros, especialmente en los de texto”. Sus veranos dejaron de ser de vacaciones para concentrarse en publicaciones de Anaya, Santillana, Edelvives…La vuelta al cole en agosto“Los dábamos forrados y todo”, asegura. “Llegué a gastar en una temporada varios rollos de mil metros de forro”.

 

"ESTABILIDAD Y TRANQUILIDAD"

 

Le gustaba su trabajo, pero no se arrepiente de la decisión. “La ONCE me ha aportado estabilidad y como consecuencia tranquilidad”. Una frase que bien podía firmar cualquiera de los vendedores entrevistados en este serial que Tribuna Valladolid ha bautizado como ‘Once de la ONCE’.

 

Alfonso de es de Bilbao. Cuando tan solo contaba con cuatro años, su familia se trasladó a Valladolid. “Mi padre era jefe de ventas de Olivetti y lo destinaron aquí”. Era el pequeño de cuatro hermanos de una familia “como Dios manda”, asegura. “Fue una infancia plácida”. Domingos de comprar la prensa, calamares y pasteles, recuerda con un cierto halo de añoranza. Estudió el Bachillerato a caballo entre Valladolid y Vitoria, donde su padre fue trasladado del año 79 al 81. “Aquí en Valladolid, en los institutos Ferrari y Zorrilla”.

 

No fue buen estudiante: “No por capacidad, sino porque a mí me iban más los negocios”. Y así fue su juventud: empresario, emprendedor e inquieto. Pronto montaría la librería NOVI, en Torrelago y a la par se aventuró en varios negocios relacionados con la hostelería: “Bares, restaurantes, copas...”, e incluso hizo su incursión como pinchadiscos. “Siempre he procurado no parar quieto y si me hubieran propuesto más cosas…”, se dice. “Se puede decir que entre los libros y las copas trabajaba 24 horas al día. A veces me hubiera gustado estar más tranquilo, pero me hubiera faltado esa chispa”. Hace un gesto con la mano que enfatiza su reflexión.

 

Ahora su vida es completamente diferente. El origen del cambio radical comenzó en 1992, aunque hasta 2016 no se fraguó. -¿Pero qué pasó en el año de las Olimpiadas? Perdí la visión completamente en un ojo, tengo miopía magna y desprendimiento de retina. Hoy incluso llevo una prótesis ocular”. Pero Alfonso es un tío “muy echado para adelante” y apenas notó un cambio. Prosiguió -solo con un ojo- con su extenuante actividad durante casi 25 años más.

 

Concretamente hasta 2016, un annus horribilis. A los dos meses de operarse de cataratas en el "ojo buen" sufrió un desprendimiento de retina que le dejaba prácticamente ciego. Tras varias intervenciones, aconsejado por sus médicos, viajó a Barcelona donde -gracias a una importante operación- pudo recuperar el resto visual que hoy mantiene. “Veo borroso, como si todo estuviera con niebla, y he perdido mucho campo visual. Por ejemplo no puedo ver más que dos teclas del ordenador, o si te miro una oreja no puedo enfocar la otra”, relata de forma gráfica.

 

 

Positivo y optimista por naturaleza no dejó que este problema boicoteara su vida. “Me he comido todo tipo de bolardos, pivotes, bancos… e incluso un coche me arrolló y me rompí la cadera”, no abandona el pragmatismo con el que apura cada minuto de la vida. “Y me preguntarás que por qué, a pesar de todo, no llevo bastón. Sencillo: es un paso psicológico duro”, sentencia.

 

Durante año y medio, Alfonso estuvo parado. No lo llevó demasiado mal para ser un hiperactivo laboral. “Fue a mediados de 2017 cuando di el paso”. A ello contribuyó su hermana, que era vendedora de la ONCE durante muchos años. “Psicológicamente me costó un poco, quizá por los estereotipos”, reconoce. Afortunadamente aquellas etiquetas injustas han ido desapareciendo con el paso de los años. “Yo solo puedo hablar bien de mis clientes” y apunta multitud de anécdotas. “Una mujer me llevó una caja de bombones porque era su cumpleaños, pues resulta que ese día y casualmente le di un premio de 150 euros en un Triplex”.

 

En su listado de fechas a recordar, Alfonso tiene marcada la del 4 de diciembre de 2017. “Fue mi estreno como vendedor. Aquí en el kiosco del Corte Inglés. Me acompañó el promotor y a los quince o veinte minutos me dijo ‘hasta luego’ y ahí estaba yo solo”, cuenta divertido. El trato con la gente, al otro lado del mostrador, ya lo traía Alfonso, casi de serie.  Por el momento no ha dado grandes premios, aunque puede presumir de 3.000 euros en un rasca. “No podré olvidar la cara del chico cubano al que le di el premio”.

 

De exquisita educación, el librero y empresario hostelero –ahora vendedor de la ONCE- es un gran conversador. “Me gusta charlar, debatir, compartir conversación”, incluso colabora con Unidad Progresista de la ONCE donde ha podido participar en algún debate público. “Tengo todas las aficiones en general y ninguna particular. Me gusta la música, el cine, el deporte, la actualidad, estar informado me encanta”.

 

Nos despedimos, pero antes quiere apostillar algo. “Me gustaría hacer una reflexión sobre la ONCE”. -Por supuesto, adelante: “La ONCE como grupo social es la zona de confort dentro de la selva. Hay compañeros que no ha hecho otra cosa en la vida que estar aquí, no saben lo que hay fuera y a veces hablan con desarraigo, crudeza. Yo muchas veces les digo que han tenido la fortuna de estar en la zona de confort, en el invernadero que es la ONCE en el mundo. Los que han estado como yo en la empresa, que han firmado nóminas, han hecho contratos o se han jugado el patrimonio lo apreciamos mucho más”.

 

Puede ser una cruel paradoja que un librero haya perdido la vista. Lo que no ha perdido Alfonso son sus ganas de vivir y sus dotes de buen conversador. Si lo quieren comprobar ustedes, pásense por el kiosco frente a la puerta principal del Corte Inglés.

 

 

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