El ganadero, que es un manitas, y que repartió seis millones de euros en un Cuponazo de la ONCE

Ignacio Díez Herrero dejó su vida de ganadero en un pueblo de León para probar fortuna en la ciudad. La ONCE fue un revulsivo y los problemas de visión no le impiden tareas como el bricolaje. 

Ignacio Díez Herrero, en su puesto de venta de la ONCE en la PLaza del Carmen. J.A.G.

Once preguntas, once respuestas:

 

1. Una afición: La música

2. Su mejor momento como vendedor: Los primeros años, se vendía muy bien. Y claro, cuando di el premio.

3. Su peor momento: Cuando se murió mi madre. Estaba trabajando y me llamaron para darme la noticia.

4. Su mayor premio: Trabajar en la ONCE

5. ¿Es superticioso?: No

6. Un juego: No juego, aunque el que más me gusta es el Cuponazo.

7. Número de la suerte: El 8.

8. Su mayor apuesta en la vida: Conseguir todo lo que me propongo.

9. ¿Salud, dinero o amor? Salud, lo demás viene luego.

10. Su mayor capacidad: Manejarme yo sólo en el día a día.

11. La ONCE en una palabra: Lo mejor que hay en el mundo, no hay mejor organización.

Dedicó gran parte de su vida al ganado en un pequeño pueblecito de León. Pero cuando se jubiló su padre, al que ayudó desde niño, Ignacio Diez Herrero quiso cambiar de vida. Del campo, a la ciudad; de la ganadería, a la ONCE. Fue un cambio radical ¿Por qué? Él nos lo cuenta. Me cita en su kiosko desde donde domina la Plaza del Carmen, en pleno corazón del vallisoletano barrio de las Delicias. Hace frío y el ambiente es prenavideño.

 

Me invita a pasar un buen rato en su caseta de venta de cupones. Allí en apenas un par de horas me familiarizo con su trabajo. Un rasca de un euro, cupón con la paga, un cuponazo para el viernes, un extra de Navidad, un EuroJackpot, por favor… Los clientes acuden a esta pequeña caseta en medio de sus quehaceres cotidianos, con la ilusión de encontrar en un pequeño boleto una buena solución a muchos problemas. “Buenos días Ignacio”, “a ver si me das un premio que me tienes abandonada”, “dame uno que toque”… e Ignacio contesta con humor: “Me gusta este número, como toque es bonito”, “podría haber estado premiado pero no…”, “¡Felices días, amigo”. Lo importante es la educación, mantenerse cercano al comprador.

 

Nadie le podrá acusar a nuestro siguiente protagonista de no dar un premio. Hace diez años cubrió a un solo cliente con una montaña de dinero. “Seis millones de euros, di el premio gordo de un cuponazo del viernes”. Increíble. Mil millones de las antiguas. “Era un cliente de un pueblo, ya no lo volví a ver más”. –¿Ni si quiera le dio las gracias?. “No”, apunta sin perder la sonrisa. “He dado muchos premios, pero he tenido la mala suerte de que los agraciados no han sido demasiados agradecidos”, ríe con el juego de palabras.

 

 

La conversación es continuamente interrumpida por personas, de todas las edades, que buscan fortuna en cualquier juego de la ONCE. “Esta mañana ha habido poco jaleo, pero ahora se está animando”. Ignacio Díez Herrero es de Prioro, un pueblo leonés. Su padre, pastor trashumante. “Se pasó 32 años yendo con el ganado a Extremadura”.

 

Entre cabras, ovejas y vacas transcurrió su niñez y buena parte de su juventud. Aquello no le gustaba demasiado. “Había que trabajar todos los días, 365 al año. No había ni domingos, ni fiestas”. Hoy es prácticamente ciego, pero por aquél entonces no tenía demasiados problemas con la vista, “aunque siempre llevé gafas, desde pequeñito”. Le diagnosticaron retinosis pigmentaria, un conjunto de enfermedades visuales de origen genético y de carácter degenerativo. Ahí comenzó su calvario.

 

“Veo muy poco, apenas algunas luces”, explica. Acudió a Sabadell a un centro de rehabilitación visual y cuando regresó al pueblo se preguntó: “¿qué hago yo aquí?, ¿me gusta esta vida?”. La respuesta fue no. Su padre se había jubilado y los problemas de vista le hacían prácticamente imposible que se ocupara del ganado, un trabajo sacrificado y físicamente duro. Con el cambio de milenio, en el año 2000, Ignacio cambió radicalmente de vida.

 

El 3 de julio se vio vendiendo cupones y supo que desde entonces ese sería su trabajo y su futuro. Primero en la Plaza Zorrilla y desde hace 15 años en las Delicias. “Me gusta lo que hago, especialmente el trato con la gente”. Ignacio es muy activo y a pesar de su casi total pérdida de visión no depende de nadie. “Vivo solo y yo me hago todo: cocino, lavo, limpio, plancho…” y por si fuera poco es un manitas: “Cualquier cosa que se rompe, desde un enchufe a un electrodoméstico lo arreglo yo mismo”. Increíble. También le gustan las manualidades: cajas, joyeros, cualquier cosa que se me ocurra”. Sonrisa doble.

 

Ignacio es un ejemplo de superación y de normalización de la ceguera.Leo gracias a los audiolibros -ahora estoy con un titulado ‘Cerebro del pan’-, también voy a gimnasia de mantenimiento y ahora me he apuntado a un grupo de senderismo de la ONCE, me encanta, hace poco hicimos una ruta por el Canal de Castilla”. A sus 60 años, este leonés afincado en Valladolid, concretamente en el Paseo de Farnesio, es pura vitalidad.

 

Atiende a una joven que quiere un rasca y prosigue su relato: “Me defiendo bastante bien, para eso soy muy habilidoso, no me voy a encerrar en casa… tengo que hacer una vida lo más normal posible”. Alucino con el manejo que tiene de los cupones y del dinero. “Me da ese que acaba en siete”, pide un anciano al otro lado de la ventanilla. Ignacio no duda y coge el boleto correcto. En unos segundos le ha dado el cambio de 20 euros. “Esto es práctica”, sonríe con cierto orgullo.

 

Las monedas por tamaño, peso y por el troquelado de su canto pueden ser identificadas de una forma más sencilla, pero ¿y los billetes? Ignacio tiene un método infalible: “Me los coloco entre los dedos. El de cinco euros me llega por debajo de la uña, el de diez es del mismo tamaño que mi dedo y así sucesivamente”. A pesar de ello alguna vez le han engañado. “En todos los sitios hay gente mala”, le quita importancia.

 

Tras casi dos horas de conversación y de compañía junto a aquel ganadero que repartió seis millones de euros y al que la ONCE la transformó la vida, me despido de Ignacio. Ha sido un chute de positividad, de energía y una oportunidad de ver la vida desde otra perspectiva: la de alguien que no ve con los ojos, al menos de forma física, pero que exprime cada minuto de forma intensa. Es positivo, luchador, valiente. Es Ignacio, cuponero.

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