El Funeral, crónica de una decepción

Corazón y cerebro empiezan las dos por la misma letra, pero no funcionan igual. Concha Velasco parte del corazón para intervenir en esta obra; el espectador, del cerebro para gobernar el corazón. El texto no tiene potencia y la potencia es la vitamina de la escena. La obra resulta banal, aburrida y atropellada a partes iguales.

Valladolid. Teatro Calderón. El Funeral. Una comedia sobrenatural. Autor y Director: Manuel M. Velasco. Vestuario: Ion Fiz. Escenografía: Asier Sancho. Reparto: Concha Velasco, Antonio Resines, Cristina Abad, Clara Alvarado y Emmanuel Medina.

 

Noam Chomsky (Filadelfia, 1928) ha dejado dicho que la gente ya no cree en los hechos, ni en los medios de comunicación. Y después de ver esta obra ni siquiera en los actores de teatro. Ni en Concha Velasco. Ni en Antonio Resines. El teatro es peligro, porque es tu cuerpo y tu voz y tu palabra la que tiene que contar, marcar la pauta y buscar el equilibrio para que las emociones lleguen al espectador al instante. Está pasando lo que estás viendo, como el eslogan de la CNN. Y lo que ves tiene todos los tintes, los ingredientes de la nostalgia. La nostalgia es la única distracción posible de quien no cree en el futuro. Lo dice Jep Gambardella, el incrédulo periodista interpretado magistralmente por Toni Servillo, en una escena de la Gran belleza, película dirigida por Paolo Sorrentino, plagada de buenos actores y con un guion ejemplar.

 

Me acordaba de esta película, mientras Concha Velasco se desgañitaba en el escenario, y a mí me picaban más las piernas. Sería el aburrimiento. La presentación de esta obra se ha convertido en Valladolid en un acontecimiento mediático y ya se sabe que cuando esto pasa el personal se lanza a participar en el evento como si en ello le fuera la vida. Pero, claro, la presencia de Concha Velasco llenó todos los titulares y sirvió de catalizador simbólico de todas las autoridades políticas y culturales que aprovecharon la ocasión para hacerse la fotografía correspondiente.

 

Le preguntaron a Benicio del Toro que por qué se le veía tampoco en saraos y cocteles. Respondió que no se dejaba ver mucho porque luego la gente que iba al cine a verle no se creía su personaje. ¡Pues un poco de mesura en las apariciones públicas! Solo las personas superficiales, decía Oscar Wilde, no juzgan por las apariencias. O lo que es lo mismo, si queremos entender esta obra, fijémonos en el tono de voz de los autores. Un tono que puso a prueba, y de qué manera- se les oía desde la Plaza de la Universidad- la acústica del teatro que respondió al reto de absorber frases atropelladas y rapidísimas con matricula de honor.

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