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El Ferrari que se convirtió en Rolls Royce

Antonio Ferrera pasea las dos orejas del quinto y recibe a su primero. FOTOS: A. MINGUEZA
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Antonio Ferrera firma una gran obra y desoreja al quinto de la tarde, en un festejo condicionado por la escasa raza del encierro, a pesar de que Padilla y Garrido también tocaron pelo.

Primera de feria. Tarde soleada y calurosa que tras tres horas de festejo se convirtió en fría y desapacible por el viento. Un tercio de entrada. Se lidiaron Toros de Torehandilla y un sobrero de Fernando Sampedro, muy bien presentados, aunque desarzados. El quinto, el más potable por su nobleza.

 

Juan José Padilla. Silencio y oreja.

Antonio Ferrera. Silencio y dos orejas

José Garrido, que sustituía a El Fandi, oreja tras aviso y ovación.

Recordarán algunos taurinos aquello de Antonio Ferrari que el crítico Antonio Navalón acuñó para describir al diestro extremeño: un torero un tanto acelerado, atropellado en ocasiones y atlético, especialmente en el tercio de banderillas. Pero Ferrera es otro. Aquel Ferrari de años atrás ha cambiado carrocería, chasis, motor e incluso acabados para convertirse en un auténtico Rolls Royce del toreo.

 

El extremeño es ahora un torero en sazón, con un gusto innato en todos los tercios, reposado, muy puro, hondo, profundo y con un concepto de la tauromaquia que arranca en lo añejo, para recorrer el clasicismo y aliñarse con un toque de pellizco. Si Antonio Ferrari eran todo prisas, arreones y carreras, el reconvertido Antonio Rolls Royce es un torero maduro, de tapizado elegante, líneas clásicas, motor poderoso y detalles lujosos. Un torero caro, como la legendaria marca automovilística británica.

 

Este miércoles en Valladolid, en una tarde que -a juzgar por los tres primeros astados que saltaron al ruedo- estaba condenada al fracaso, fue capaz de demostrar que lo importante en los toreros son los momentos y el de Ferrara es tan dulce como uno de esos bollos de Tordesillas, con los que el amigo Jesús López Garañeda endulzó la infumable primera parte de la corrida.

 

Sin ninguna posibilidad en el jabonero que hacía segundo, el extremeño sabía que a poco que el quinto -un tacazo en hechuras de Torrehandilla- acompañara, el resto ya lo ponía su magisterio. Y no se confundió. A pesar de algunos pitos, decidió no banderillear. Ferrera dejó las mejores esencias para la muleta. Y aunque el trasteo no resultó un monumento a la ligazón, pues el animal siempre fue a menos, los muletazos surgieron largos, acompasando, sintiendo con el cuerpo el toreo que brotaba del alma.

 

Los primeros derechazos ya dieron el aviso; el cambio de mano, la alerta y los naturales a pies juntos afirmaron que aquello iba cuajar. Hombros desmayados, mentón encajando, abandonándose a su suerte. Muy a gusto, con mucho gusto, la obra fue brotando despacio, sin prisas, con una franela de muchos kilates, templando la embestida, a esas alturas, ya entregada del toro que –uno a uno- se los iba tragando.

 

Los ayudados por alto y el remate por bajo acabaron calentando un tendido (que aunque despoblado) supo captar el calor en un desangelado festejo que superó las tres horas. Quiso en la muerte suprema no añadir ni un ápice de velocidad a lo que había sido la pausa y el temple. Pinchó en todo lo alto y la segunda fue mortífera. Las dos orejas, excesivas quizá; pero el palco había tirado el listón con los sendos trofeos concedidos a sus compañeros de terna.

 

 

Compartió palitroques Padilla, que había comezado con dos largas cambiadas el festejo y la feria, con el propio Ferrera. Se alargó el tercio más de la cuenta y el astado, un marmolillo, lo acabó acusando. Ni uno le pudo dar el de Jerez, que tuvo que esperar al cuarto para desplegar toda su artillería pesada: voluntad, ebullición y conexión con el tendido. Anduvo más de rodillas que en pie y a pesar del pinchazo, el público vallisoletano, siempre muy cariñoso con el Pirata, le premió con una oreja que paseó acompañado de dos banderas negras de calavera y tibias cruzadas.

 

José Garrido sustituyó, in extremis, a un Fandi que según el parte médico ha recaído de su lesión, tras su reaparición en la goyesca de Ronda. El extremeño Garrido siempre tienen alicientes suficientes para rematar un cartel que en esta ocasión no tuvo demasiado peso en la taquilla. Como sus dos hermanos, el tercero careció de la mínima raza y casta exigible a un toro bravo; pero este además fue inválido y a la salida de un capotazo se cayó-lo tiraron extrepitosamente. Pañuelo verde y a los corrales; bueno no, directo al desolladero. Los cabestros no consiguieron su objetivo y el astado hubo que ser apuntillado en el albero.

 

La tarde que se preveía un desastre comenzó a cambiar en el sobrero de Sampedro, que sin ser un desecho de virtudes al menos acompañó la voluntad de Garrido, que firmó algunas series meritorias por los dos pitones. Rubricó el trasteo con estocada y el público, a esas horas temeroso de llevarse un chasco a las primeras de cambio, sacó los pañuelos. Con el último, el más serio de la corrida y de algunas ferias, el torero extremeño se la jugó, especialmente en una arrimón al hilo de las tablas que no tuvo la recompensa esperada.

 

 

Finalmente solo fue Antonio Ferrera el que cruzó la Puerta Grande en volandas después de firmar otra de sus obras. El Ferrari una vez más se había despojado de sus líneas deportivas y de su veloz cuentakilómetros para demostrar que la elegancia, el lujo, el empaque, la sinceridad y las curvas armónicas triunfan en los automóviles y, sobre todo, en el toreo