El espejo de la OSCyL

La música es, a fin de cuentas, una expresión del alma. También una manifestación física. Solo hay que ver cómo dirige el titular de la Orquesta Sinfónica de Castilla León (OSCyL) Andrew Gourlay. Sus gestos delicados son como señales de las propias virtudes de su exquisita forma de salir y entrar en la Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Y así todo.

 

El concierto comenzó con una obra de encargo de la OSCyL al compositor Nuño Fernández Ezquerra, titulada Figura de luz indómita. Debe ser cierto que el lenguaje configura el pensamiento. Porque viendo cómo se expresaba Gourlay con las manos, con la mirada, con los pies… con todo,  tenía la impresión de que la palabra indómita se había instalado en todo su ser y lo dominaba por completo. Me recordó a Orson Welles en la película de John HustonMoby Dick o a Richard Burton en 'La noche de la iguana'.

 

Para el espectador, Gourlay, era un espejo. El espejo de la OSCyL. Se podía vislumbrar desde la butaca por qué raíles iba a discurrir el concierto y que pronto, muy pronto aparecería la magia. La magia que produce el aire. La música es aire sonoro.  La magia de que todo  estaba saliendo mucho mejor que todo lo ensayado hasta ahora. Todo encajaba, todo discurría según lo previsto. La pegada, el control, la regulación,  facilitaron al espectador el mecanismo justo para traducir en el pensamiento la composición de Nuño Fernández Ezquerra y convertirlo en un momento irrepetible.

 

Y luego llegó el pianista Alexander Romanovsky y ofreció un Concierto para piano y orquesta nº de Serguéi Prokófiev que produjo en los espectadores una sacudida emocional, psicológica y embriagadora, que rayó el estado de trance cuando escuchó la propina de Chopin que tuvo el marchamo de una belleza indescriptible.

 

Preludio a la siesta de un fauno de Claude Debussy tiene la facultad de recuperar sensaciones y sugerir atmósferas sin necesidad de utilizar las palabras. De Debussy ha dicho Luis Gago que pintaba su música a partir de los recuerdos y los sentimientos almacenados en su memoria, no de la contemplación directa de los objetos o de la naturaleza.    

 

La OSCyL nos regaló una versión amplia del Poema del éxtasis de Skriabin,  flexible y de una riqueza sonora y dinámica que rozó la lujuria. Dirigida de manera magnifica por Andrew Gourlay supo entender a la perfección lo que dibujaba su mirada y su cuerpo.

Comentarios

JL 13/01/2019 13:30 #2
Juraría que la segunda propina no fue Chopin, sino un estudio de Scriabin, el op.8 nº 12
JL 12/01/2019 22:59 #1
Hoy ha dado tres propinas, Rachmaninov, Chopin, y... The man i love. me refiero, claro, al pianista, un crack de mucho cuiodado, muy bien acompañado por la OSCyL en el concierto de Prokofiev. Hubiera cambiado el resto de la sesión por una propina más, porque Debussy ha sido un absoluto desastre, sueño en vez de ensueño, quizás porque a Gourlay no le van las sutilezas o porque la orquesta venia de viaje. La obra de estreno y Scriabin, sendos peñazos, un camino agotado que ya solo vale para las bandas sonoras, y la nada envuelta en farfolla. Naturalmente, es mi gusto, y ya se sabe.

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