El enigma deportivo del Club Baloncesto Valladolid

Sin entrar en más detalles que los deportivos, suficientes para mantener un elevado nivel de preocupación, la deriva del equipo es un tema de estado en el club por cómo se pierde y el deterioro de la imagen que sufre el boceto del proyecto del CB Valladolid. Y no, no van a cesar a Ricard Casas.

Nadie esperaba ganar en Barcelona, pero tampoco perder por 59 puntos. Nadie en su sano juicio deportivo claro. La derrota no solo ilustra la vitrina oscura de los récords negativos del club, sino que pone en la picota muchas de las expectativas que se crearon a la hora de formar una plantilla a toda prisa y con una premisa: no superar los 500.000 euros de presupuesto.

 

Por supuesto, en la cancha del Palau había jugadores del Barça que ganan más que todo el equipo vallisoletano al completo, pero la derrota ha hecho mucho daño. Daño por la marca negativa, daño por las formas, daño por la burla, daño por las dudas. Esas dudas son las que atrapan a un equipo que podía llevar más victorias, es cierto. Pero la calidad de los jugadores, su valor real, es el que finalmente otorga ese paso que concede el privilegio de sumar.

 

Aquel tiro de Andjusic en Manresa, la oportunidad perdida en Murcia, la ocasión propicia ante el Joventut. Tres opciones para haber ganado algún partido que hiciera lucir de otra manera el farolillo rojo. De verdad, este equipo no es tan malo como parece y esa sensación estuvo en eso que llaman entorno durante mucho tiempo, pero sí tiene unos hábitos horribles insuficientes para jugar con garantías toda una Liga ACB; y no toda por su nivel, sino por su extensión. Es una competición que obliga a no bajar la guardia hasta conseguir los objetivos marcados. Y, conviene recordar, el equipo se formó con retales baratos a los que no se dio tiempo para unir y confeccionar un traje a medida.  

 

La pretensión del CB Valladolid es salvarse, si es posible deportivamente. Y también de crear un proyecto viable. Por eso el asunto del patrocinador merece otro apunte aparte; algún día el presidente de la Fundación, Juan Vela, aprenderá a guardar la máxima de las gestiones directivas: la prudencia. Pero es difícil cuando su objetivo es inmunizarse ante el dolor de las críticas, quedar bien con todo el mundo en lugar de asumir ciertas parcelas que pertenecen exclusivamente a su parcela. El episodio de vender como posible lo de Santiveri es más ridículo que la derrota en el Palau. Dejando a un lado su demostrada incapacidad para generar un patrocinador, que si llega será siempre por cuestiones ajenas a su gestión, da pánico escuchar a Vela hablar de la actitud de los jugadores. Cuando Vela juega a presidente vamos mal, muy mal.

 

La mala actitud no se atribuye a una bajada de brazos en el Palau. Es inexplicable entender que hay mala actitud en una plantilla que ya empieza a cobrar tarde y mal sin una mala palabra; en jugadores como Anjusic que deciden seguir en la pista tras sufrir un tremendo golpe en la boca que necesitó varios puntos de sutura en carne viva en el descanso, con la que estaba cayendo por entonces; en un equipo que se traga viajes interminables en autocar sin rechistar porque sabe dónde está y en qué situación está el club para el que trabaja.

 

Todo eso con la tutela de un entrenador cuyo fichaje se cuestiona desde el primer minuto simplemente porque no es el candidato de siempre; pero un entrenador que ejerce de técnico, de director deportivo, que ofrece su casa a su ayudante para no cargar más económicamente al club, que rastrea el mercado cuando se lesiona Vasilopoulos, que no pone pega alguna a las limitaciones para ejercer su trabajo, que... y así en numerosos ejemplos que no vienen al caso porque no se trata de defender a Ricard Casas, que sabe defenderse perfectamente sin ayuda de nadie.

 

La situación es muy complicada, pero no irreversible. No obstante, deben cumplirse diversos factores para que el equipo recupere las sensaciones de saber y poder competir. Primero aislarse del ruido externo, de esas voces que calientan los ánimos recordando la paliza de Barcelona. El club tiene los jugadores que puede pagar. No hay más ni tampoco existe un plan B. Y Ricard Casas es el mejor técnico posible. Fundamentalmente porque es el que se eligió y asumió un reto sin vaguedades. Casas ha venido a Valladolid a entrenar, no a formar parte de un contubernio que pretendía asentarse en el club para ir ocupando diversos carguitos que consagrasen el chiringuito de unos pocos. Y de eso, al menos, Vela se dio cuenta. Claro, porque era parte afectada y su trono corría peligro. 

 

Así las cosas, el enigma del Club Baloncesto Valladolid tiene demasiadas cuestiones por descifrar dentro de una cuestión capital: lo importante es el equipo y su dinámica. Ahora es pésima, pero no definitiva. Y es difícil hacerlo tan mal.

 

 

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