El chiringuito
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El chiringuito

Desde el miércoles pasado ya sabemos que podemos quitarnos el sayo. Un clásico del mes de junio que, junto con el calorcito y el recuerdo de las canciones de Georgie Dann, nos trae siempre la declaración de la renta, una de las pocas certezas que nos quedan en este país. Por lo demás seguimos pendientes de la crisis económica, de si llegan los fondos europeos, de qué harán con ellos, de las restricciones que nos vayan colocando según la comunidad, la provincia o el pueblo, de cuándo nos va a tocar vacunarnos, de si nos van a sacar del ERTE para volver a trabajar o para mandarnos al paro y, aquellos que puedan permitírselo, de cómo, cuándo y dónde se podrán ir de vacaciones.

 

Por si fueran pocas todas estas incertidumbres, muchos andan ahora de cabeza con la nueva factura de la luz, dudando cuándo sale más a cuenta ponerse a planchar o lavar la ropa y pensando si realmente lo que pretende el Gobierno es que pongamos el aire acondicionado por la noche y nos conformemos de día con darle al abanico como si no hubiera un mañana.

 

A final de mes nos llegará la factura y es muy probable que, entre el nuevo sistema de tarifas y la subida del precio del gas y del petróleo, la mayoría nos demos cuenta de que no solo pagamos la luz más cara de Europa, sino que la cosa no deja de subir. Desde tiempos de Rajoy llevan los que ahora nos gobiernan diciendo que esto es un escándalo y que hay que abaratar el precio de la energía. No les falta razón. La energía tan cara no solo es una losa para los consumidores, sino que además reduce nuestra competitividad como país y hace subir los precios de casi todas las cosas, ya que en mayor o menor medida todas requieren energía para su producción.

 

Pero después de tres años en el poder, cada nueva modificación en la regulación del sistema eléctrico hace que vuelva a subir la luz. Mientras tratan de influir en el precio de la generación eléctrica, que solo es el 48% de la factura, siempre con los nefastos resultados ya señalados, los impuestos, recargos y “otros conceptos”, que son el 40%, esos ni tocarlos. No vaya a ser que baje la luz de verdad. Y no hablemos de construir nuevas infraestructuras de generación hidroeléctrica o de mantener las nucleares en funcionamiento hasta que haya mejores soluciones de almacenamiento. Eso sería un derroche de sentido común y no estamos para gastos.

 

Pero bueno, ustedes tranquilos que desde Podemos ya saben cuál es la solución. Son como el pirómano que vuelve luego con el extintor a apagar el fuego. Pero siendo eso malo, lo peor es que vienen siempre con el mismo extintor, que además de estar caducado hace muchos años, no funciona. Y ¿qué es lo que reclama Echenique desde su perfil de Twitter, en el que los 280 caracteres ya se le hacen muy largos, y la portavoz adjunta, Aina Vidal en el Congreso? Pues sencillamente que hay que crear una empresa pública de energía. Así la luz será casi gratis y, como con todo lo que proponen, seremos todos felices.

 

Esta vez tampoco hay que irse muy lejos para ver lo que ocurre cuando se ponen en marcha este tipo de iniciativas. No es necesario volar al Caribe para ver lo que pasa en Petróleos de Venezuela ni viajar en el tiempo para recordar la pesadilla de la Telefónica pública en España y lo que se tardaba, por ejemplo, en conseguir una línea. No hace falta, porque precisamente En Comú Podem, la filial en Cataluña de estos mismos que quieren ahora montar este chiringuito estatal, ya ha creado en Cataluña una empresa pública llamada Barcelona Energía.

 

¿Y todos felices por allí? Bueno, basta con repasar los datos. La empresa se creó hace más de dos años y medio. En este tiempo sólo ha conseguido 3.000 clientes y sus principales contratos son con el Ayuntamiento de Barcelona. Además, vende la luz más cara que compañías como Iberdrola o Endesa, que no tienen la suerte de que las dirija un político comunista. No lo digo yo, son datos de la CNMC. Y oiga, algo pasará cuando de los 156.000 votantes con los que la promotora de esta chapuza, Ada Colau, consigue inexplicablemente ser la alcaldesa de Barcelona, solo 3.000 han querido liberarse de las maléficas garras de las empresas privadas para lanzarse en brazos de la salvación colectivista.

 

Sobre este asunto de la luz oímos cada día muchas tonterías. Una de las más repetidas es que el que sube el precio no es el Gobierno sino las compañías privadas. Tal vez olvidan que estamos hablando del sector más regulado de España, en el que el Gobierno fija el PVPC y prohíbe que nadie oferte por debajo de este precio. El problema no son las compañías privadas, sino el exceso de regulación y lo inadecuado de la misma. Por algo será que de los 27 millones de clientes en España, 10 están en el PVPC que fija el Gobierno y 17 prefieren ofertas de las empresas en el mercado libre.

 

Creo que hay dos razones que explican la insistencia de los comunistas y su irrefrenable deseo de volver una y otra vez con la matraca de la empresa pública que, como ya sabemos, siempre conduce al fracaso. Por un lado, no comprenden cómo funciona la economía. Es muy reveladora una conversación que recoge el profesor de Economía de la Universidad de Toulouse Paul Seabright en uno de sus libros. Cuando estaba asesorando al Gobierno Soviético para la transición hacia la economía libre durante la Perestroika, uno de los funcionarios le preguntó que quién era el responsable de garantizar el suministro de pan en Londres. Para sorpresa del funcionario, la respuesta de Seabright fue: “Nadie”.

 

Aquí entran en juego dos conceptos sobre los que el austriaco Friedrich Hayek escribió largo y tendido. Son “el orden espontáneo” y “la fatal arrogancia”. El primero, el orden espontáneo, es eso a lo que llamamos el mercado, que no es otra cosa que la suma de miles de acciones humanas libres e individuales que se han ido produciendo desde que la civilización existe y que permiten que las interacciones entre los que cultivan el trigo, producen la harina, fabrican el pan, lo transportan, lo venden y los que lo compran garanticen que todos los días haya pan bueno y barato en la capital de Inglaterra.

 

La fatal arrogancia es por ejemplo la de Maduro en Venezuela o la de Colau y los podemitas en España, que pretenden sustituir esos millones de acciones libres por un plan estatal. Ni aunque fuesen los tipos más listos del mundo, y están muy lejos de serlo, lograrían que la cosa funcione. Porque el mercado no lo ha inventado nadie, como nadie inventó el lenguaje, es simplemente un mecanismo natural que permite distribuir los recursos de la forma más eficiente. Y consigue de forma espontánea que haya pan, cosa que no ocurría en Moscú pese a que el Kremlin tenía a su disposición uno de los aparatos represivos más formidables de la Historia.

 

Y esos tan odiados beneficios que obtienen las empresas privadas son, como explicaba Hayek, “la señal que nos indica lo que tenemos que hacer para satisfacer las necesidades de la gente a la que no conocemos”. Los beneficios indican que estamos prestando un buen servicio a la sociedad y que esta lo retribuye. No son un regalo del Maligno. Si lo que hacemos no es lo que los demás esperan de nosotros, no habrá beneficios. Pero estos de Podemos siguen sin entender cómo es posible que haya pan en todas las ciudades de España si no lo fabrican ellos.

 

Y la segunda razón es mucho más sencilla de entender. En una empresa privada hay que madrugar, trabajar duro y hacer las cosas bien para que te paguen. En cambio, si montas un chiringuito público y algún amigo te consigue un cargo, pues a vivir que son dos días y alguno saldrá nublado. En el chiringuito no necesitas beneficios, es decir, hacer bien las cosas. Cobras siempre a final de mes, aunque seas un vago y un inútil. Así que, a montar empresas públicas. Si no, que se lo pregunten a María Sánchez, la presidente de Aquavall, por méritos propios, aquí en Valladolid. 

 

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