El cenicero de Duchamp

Lo primero que me llamó la atención de la fotografía fue el cenicero. Y que no hubiera ningún cuadro en las paredes de Jorge Vidal, García Lesmes o Capuletti, ni siquiera de Sierra. Paz por la cultura de Valladolid, se leía en el titular de este periódico. No sabía que estuvieran en guerra en el equipo de Gobierno del Ayuntamiento de Valladolid.

Escribe Félix Ovejero en 'El Compromiso del creador. Ética de la estética', que Duchamp envió un orinal a una exposición para expresar un malestar. O dos. Un malestar sobre conversaciones insustanciales sobre asuntos insustanciales. Su disgusto era con el arte, pero, también, con los que se ocupaban de la cultura, que perdían sus tardes, mañanas y noches a cuenta de nombramientos y otras cuitas. Me acordé de Giuseppe Tomasi di Lampedusa:” Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”.

 

Pero seguía dando vueltas al cenicero. ¿Qué pintaba allí, a estas alturas, ese cenicero? ¿Reflejaba polémicas, enfados, adiciones, viejos tiempos, envidias, culto a la personalidad y en definitiva: el juego de la falsa democracia? Imposible saberlo. El mundo de la cultura de Valladolid tiene una base muy sólida y profesional. ¿Qué sería Valladolid sin cultura? Sería una ciudad vacía. Los que han llegado tienen una obligación: recoger la obra que han realizado otros profesionales y llevarla más lejos y ser capaces de unir debidamente lo de ayer y de lo de mañana. Y sobre todo tomar con calma las decisiones (La Sala de San Benito, ese espacio único dedicado a la fotografía ha desaparecido sin venir a cuento) para que no encallen proyectos que hasta la fecha han ido por el camino correcto.

 

La libertad y el rigor en las programaciones, han sido unas máximas que el espectador ha podido disfrutar y que hay que seguir defendiendo apasionadamente para que la oferta no se trivialice. Porque los conciertos, las concentraciones, los macro- festivales de flamenco-jazz, blues-rock, jotas- mambo, postbop-hip-hop, y lo que ustedes prefieran no son siempre demasiado aleccionadores.

 

Del mercado hay que defenderse como gato panza arriba porque solo piensa en la pasta, en el negocio. No hay que olvidar que muchas veces lo subvenciona el Ayuntamiento y en opinión de algunos esto puede suponer una tutela de las querencias culturales de los ciudadanos, según nos dice Ovejero en su libro. Cuando se fueron de la reunión el cenicero todavía seguía allí. En fin.

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