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El antiguo quiosco de la Plaza de la Libertad, a la espera de una nueva vida

El cerrado quiosco de la Plaza de la Libertad, vacío. JUAN POSTIGO

Los dueños, que se jubilaron en junio de 2018 tras 33 años en el negocio, contemplan cada día con tristeza este mítico local vallisoletano que lleva cerrado desde entonces

“Es un negocio que no merecía la pena estar cerrado, nosotros vivimos cerca, lo vemos todos los días cerrado, tenemos las llaves y cantidad de días vamos, entramos y nos da pena”. Jesús Tejerina y su mujer llevaban 33 años al frente el quiosco de la Plaza de la Libertad cuando, muy a su pesar, tuvieron que cerrarlo y ponerlo en alquiler el uno de junio de 2018.

 

Esta pequeña caseta, vecina de la Catedral de Valladolid, ha visto pasar los años y con ellos miles de historias. Jesús habla con mucha emoción de las más de tres décadas que ha trabajado en él. Cuenta que de no ser porque “los años se echan encima” y por la insistencia de sus hijos, tanto él como su mujer habrían seguido con ello, repartiendo alegría tanto a sus clientes de confianza como al resto de gente que pasea por las calles del centro de Valladolid.

 

El quiosquero recuerda con ternura y entre alguna que otra risa cómo, tiempo atrás cuando empezaron a celebrarse los carnavales, había años que su mujer y él se quedaban hasta las cuatro de la mañana porque los muchachos que salían a divertirse por la zona se lo pedían: “La gente estaba en la calle, sentada alrededor del quiosco y no querían que cerrásemos”.

 

Por aquel entonces no había dónde comer bocadillos a esas horas de la noche y los jóvenes acudían en masa a la caseta de la Plaza de la Libertad. “Entonces se vendían unas galletas de anís redonditas rellenas de crema o algo así, que venían en cajas y que estaban muy buenas”, Jesús pedía muchas porque las vendía sin parar a todos aquellos chiquillos que disfrutaban de las fiestas y que no querían que su quiosco de confianza les abandonase.

 

Del amanecer al anochecer, Jesús y su mujer se turnaban para que el quiosco permaneciera abierto el día entero, “todos los días del año”. Solo se permitían una semana de vacaciones, que aprovechaban para ir al pueblo. Incluso en las fechas más festivas como Navidad, Año Nuevo o el día de Reyes, el famoso quiosco abría sus ventanas al público: “Eran los días que más vendíamos”.

 

Los últimos años esas fechas estuvieron reservadas para la familia y los clientes tuvieron que esperar al día posterior a la fiesta para comprar su periódico, su revista, sus chucherías, etc., y saludar a sus queridos quiosqueros.

 

Muchos de los clientes a los que se refiere Jesús eran fijos, tan fijos que sufrieron tanto o más que los propios quiosqueros el cierre del negocio. “Teníamos una clientela muy buena”, cuenta con nostalgia cómo la gente llegaba y les pedía “por favor que no se fueran”. Y no es de extrañar, pues existía tal grado de confianza entre la gente de la zona y los dueños, que el quiosco guardaba a diario “llaves de casa, llaves del coche, el pan, la compra” y todo lo que uno pueda imaginar mientras los vecinos hacían sus recados.

 

¿NUEVA VIDA?

Este pequeño local no solo guardaba estos objetos, sino las historias que cada uno de ellos escondía detrás y las que se creaban entre el vaivén de niños, jóvenes y mayores que han transitado la plaza día tras día durante esos 33 largos años que Jesús y su mujer han dado vida al establecimiento. Una vida que, hace más de dos años se paralizó y que a día de hoy sigue esperando volver a las andadas.

 

“Ha habido mucha gente interesada en él, pero la gente no quiere trabajar. Nosotros les comentamos el horario que teníamos, sí que es verdad que hacíamos más horas que otros, 12, 13, 14 horas entre la mujer y yo”, explica Jesús, que ve cómo pasa el tiempo y el negocio continúa en alquiler.

 

“Es un horario que mucha gente ahora no quiere”, esta es la conclusión que saca Jesús de su experiencia. Reitera que dejaron el negocio por la edad y no porque este no fuera rentable: “Es un negocio rentable, en un quiosco no solo se venden pipas, se venden más cosas, prensa, revistas, se vendía tabaco, muchas cosas”. Sus amigos quiosqueros, añade, venden “lo mismo que vendían antes, un poquito menos por el confinamiento, pero por lo demás están igual”.

 

Sus dos hijos tienen su propio trabajo, por lo que el quiosco no ha podido continuar como legado familiar. Sin embargo, hay mucha gente que ahora mismo está en el paro, buscando dónde ganarse la vida, Tejerina hace referencia a estas personas: “aquí tienen un trabajo bueno, que les va a solucionar fácil la vida”.

 

Con todo ello, no consigue entender por qué nadie apuesta por darle esa segunda vida que tanto merece este quiosco de la Plaza de la Libertad, testigo del día a día de los vallisoletanos y de cómo han evolucionado tanto la ciudad como sus residentes con el paso de los años.