Eduardo Arroyo

La crítica cultural de Ágreda en Tribuna de Valladolid.

Este cuadro de EA que estás viendo se titula 'Entre pintores' y muestra lo que fue su poliédrica personalidad. Cultivó durante toda su vida el disfraz, aparecía y desaparecía como el gran ilusionista Harry Houdini. Cultivó todas las bellas artes: escritor, pintor, escultor y escenógrafo. Recibía en su casa a sus amigos con un plato de jamón y una botella de tinto.  

 

La pasión por la vida estaba impregnado en todo lo que toca y retoca. EA se lo pasó bien en esta vida, a su lado no había penas, decía que la procesión iba por dentro. Llevaba unos trajes elegantísimos, admiraba a  Marcello Mastroianni y hacía unos espaguetis a la manera boloñesa riquísimos.

 

No soportaba la maldad ni la mediocridad política. Por eso en sus cuadros utiliza el sarcasmo,  la sátira y la ironía berlaguiana para describir lo que le rodea. A la manera de Picasso no dejo de pisar el estudio ni un solo día. Cuentan sus amigos que era un anfitrión fabuloso siendo el pegamento de todas las conversaciones.

 

Dominaba idiomas como Jon Rham domina los palos de golf. Estuvo a punto de entrar en la Real Academia, méritos tenía, se puede comprobar leyendo su prosa clara y rotunda, pero entraron otros y él no. Admiraba de Picasso su resistencia y de Miró su laboriosidad. Cuentan que cuando entrabas  en su casa olía a pasta italiana y a pintura.

 

Sus cuadros están llenos de sueños y de arquitectura. De conceptos. Le gustaba pintar las nubes por dentro. Pintó boxeadores, toreros, plazas, trenes, caras… Era feliz, se puede decir así, en Laciana en León. Aunque su país era el mundo y los campos verdes que se veían desde su casa, su generosidad dicen los que le conocieron eran oceánica.

 

Artista originalísimo, cultivaba la amistad con su presencia y con la palabra sin necesidad de querer demostrar nada. Y sobre todo destacaba por no ser pesado, ni estar siempre hablando de lo suyo que es  el lastre que tienen muchos artistas en estos tiempos que siempre se están mirando el ombligo.

 

Aceptaba la muerte como parte sustancial  de la vida. No tiene sentido rebelarse contra lo irremediable, pero es necesario llegar vivo hasta el final, no morirse en vida. El espectáculo más triste que puede dar un ser humano es perder las ilusiones.