Durero, el cisne de su tiempo

La crítica de Ágreda.

Paseo por la exposición de Durero (1471- 1528) en la Sala de Exposiciones del Museo de Pasión y todo se traduce en belleza comprimida que entra por los ojos como a sorbos. Y enseguida le reconoces. Sabes que es él. Uno de los artistas más importantes de todos los tiempos. “Un artista digno de no  morir nunca”, como escribió Erasmo de Rotterdam.

 

Durero imitaba a la naturaleza, como no podía ser de otra forma. Todo lo que  pintaba tenía un motivo. El mapa y el territorio del artista alemán siguen proyectado luz a través de los siglos. Su obra transciende todos los límites para ponerse al servicio de la realidad histórica y crea, con el que mira sus cuadros,  una estrecha relación casi personal y única que se agradece.

 

Su influencia ha llegado a través de generaciones y generaciones  a todo aquel que quiere ser pintor. En un momento de la historia actual donde todo está infestado de historias del yo, Durero ofrece una visión del mundo a través de sus grabados que engloba todos los estilos y todos los puntos de vista muy propia del Renacimiento.

 

Si Marlon Brando calcaba la realidad de sus personajes cinematográficos, Durero reproduce igualmente en su obra todas las cosas, la forma que tienen. Y como escribe Juan  J. Luna en El Genio de Durero, persiguió siempre  el logro de un ideal: alcanzar el vocabulario de un lenguaje noble y claro, elegante y verosímil, en cierto modo opuesto al descarnado e insistente realismo que observa a su alrededor.

 

Esta exposición es una oportunidad formidable (escuché mientras paseaba la exposición: “Durero es que gusta mucho en Valladolid, está es ya la segunda vez que viene a esta Sala”  para empatizar con sus grabados. Y brinda la oportunidad de conocer otras épocas, otras vidas, otros ámbitos y sentir durante un instante que son también nuestras.

 

No sé usted, querido lector, pero necesito, como el comer, el silencio de las salas de exposiciones. Su silencio sólido está lleno de posibilidades. Mirando esto grabados,- hay que acercarse mucho para poder saborearlos- se tiene la sensación de estar durante un rato aislado del mundanal ruido, de la realidad y si por casualidad entra alguien en la sala, no conocerle y por supuesto no cruzar palabra. Cada vez aprecio más el anonimato y el silencio. Y  sobre todo no tener que soportar esa coletilla  “que pase un buen día”  que ya no se pude ir a ningún sitio sin tener que oír esta monserga.