Del maltrato a la felicidad: El relato trágico de María, la cuponera que regresó a la vida

La vida golpeó con crudeza a María Consuelo Tabares desde su niñez. Tras vencer a los malos tratos hoy es feliz. Ha rehecho su vida y la ONCE le ha aportado más que un trabajo: la felicidad.

María Consuelo Tabares, a la puerta del supermercado donde vende cupones. JAG.

Once preguntas, once respuestas:
 

Una afición: escribir

Su mejor momento como vendedora: cuando comprobé a un cliente que le había tocado el gordo [35.000 euros], no me lo compró a mí, pero la alegría fue inmensa. Se quedó paralizado.

Su peor momento: tuve que poner a un cliente en su sitio por sus continuas groserías. Aunque siempre con educación.

Su mayor premio: mis hijos, por supuesto.

Es superticiosa: no. Aunque, bueno, una manía es llevar los cupones intactos. También me gusta mucho todo lo que tiene que ver con lo paranormal.

Un juego: me gusta uno al que juego en el teléfono, en el que hay que construir una casa.

Un número de la suerte: me gusta mucho el 13.

Su mayor apuesta en la vida: la ONCE.

Salud, dinero o amor: salud. Cambiaría todo lo que tengo, menos a mis hijos, por salud.

Su mayor capacidad: la fortaleza.

La ONCE una palabra: Lo mejor que ha pasado por mi vida.

Le gusta escribir. Es su modo de escape. Pero cuando el poema está escrito, lo destruye. Quizá sea una buena metáfora de su propia vida. A los 44 años dio carpetazo a su pasado. Era la única manera de pasar página y huir de la tragedia. TRAGEDIA con mayúsculas. Es difícil relatar su historia, en ella se encierra la dureza desgarradora de quien ha sido maltratada en numerosas ocasiones. Golpeo las teclas con la rabia que inspira haber escuchado una de las historias personales más tristes.

 

Solo me anima a seguir adelante con esta narración su ejemplo de entereza y lucha, incluso desde niña. También me consuela su confesión final: “soy feliz plenamente”. Es una historia que debo contar, porque puede ser un bálsamo para muchas personas que han sentido en sus carnes, o lo que es peor, en sus entrañas, la peor de las amarguras: la violencia, el maltrato, el odio.

 

“Mi infancia fue trágica”. Es el prólogo de María Consuelo Tabares, que desde hace cuatro años trabaja como cuponera en la ONCE. Se aferra al calor templado de un café, aunque con leche fría, para iniciar su historia. Es meticulosa: “Guardo los cupones entre plásticos para que no se arruguen, me gusta entregarlos en perfecto estado, tal y como a mí me gustaría recibirlos”. Primera lección: el amor a su trabajo y el orden.

 

Nació en Eibar y, tras sus primeros años de vida en el pequeño pueblo abulense de Fuentes de Año, se trasladó a Valladolid con tan solo seis años. “Soy pucelana”, advierte. Los seis años siguientes (hasta los doce) los pasó en un orfanato. “Mis padres no sabían o no querían…” Interrumpe su narración: “Yo no soy quién para juzgar la vida de nadie”. Ni si quiera la de sus padres.

 

El inicio de este relato, que supera cualquier ficción y que bien podría ser el guión de una película taquillera, es triste pero nada comparado a lo que María cuenta a continuación. “En el orfanato me dieron una paliza y estuve en coma”. Lo suelta así, de sopetón.  Cuando despertó tuvo que comenzar de cero. “Me enseñaron a hablar, a andar… Recuerdo a Sor Amparo, ella se portó muy bien conmigo, fue mi segunda madre en esos momentos”. Es el contrapunto a la desalmada con toca que casi acaba con su vida.

 

A pesar de “aquello”, María no guarda rencor a nadie. Aunque prefiere “olvidar” todos su recuerdos del Orfanato. Sus progenitores estaban separados y su madre –que también sufrió malos tratos- visitaba periódicamente a su hija, que crecía bajo las grises paredes de aquel centro de recuerdo infausto. 

 

Nos interrumpe la conversación un cliente. En su cartera lleva varios cupones caducados. “Hay que mirarlos antes de un mes”, le aconseja María Consuelo. “Suelo hablar mucho con mis clientes, a veces ejerzo hasta de psicóloga”, sonríe. “Me cuentan sus cosas… hay gente que ni si quiera compra el cupón pero que se acerca a mí porque necesita a hablar con alguien”. Es todo oídos. Como quien escribe estas líneas, que escucha absorto a su entrevistada. Tras el paréntesis retomamos la historia con un orden cronológico.

 

A los doce años regresó con su madre. “Me puse a trabajar. Rellenaba barquillos de chocolate que luego se vendían en el Campo Grande”. Dos años duró en este empleo, ejercido en la oscuridad de un viejo garaje. Luego lo cambió por diversos trabajos, casi siempre como empleada del hogar. María es la mayor de siete hermanos. Tres del mismo padre y otros tres de padres diferentes.

 

Su madre falleció cuando ella tenía 20 años. A esa edad, en la que la cualquier chica acaba de despertar a la juventud, la vida había hecho ya mella en María quien debió hacerse cargo de sus hermanos pequeños de 12, 9 y 7 años. “Tenía una prestación de 25.000 pesetas y la ayuda de las hermanas de la Cruz”. No fue suficiente y encadenó diversos contratos con varias empresas de limpieza.  Sus ganas de salir adelante y su incesable trabajo permitieron que la hermana mayor ejerciera de auténtica madre durante varios años. La indiferencia fue el pago recibido.

 

 

Pero además, la protagonista de este nuevo capítulo de Once de la ONCE fue también madre biológica de dos niños, convertidos hoy ya en dos hombres de 21 y 15 años.  En 2000 se casó con, hoy su exmarido, y el padre de sus hijos con el que mantenía relación desde 1995. Tuvo que sufrir el silencioso maltrato piscológico. “Nunca llegó a pegarme, aunque sí que me empujó o me apretó haciéndome moratones en varias ocasiones”.

 

María se fue hundiendo. Hasta tal punto quebró su autoestima, sus ganas de vivir y tanto era el daño que soportó su corazón que “hasta pensé en quitarle la vida”. Literal. “Estaba tan desesperada el día que intentó violarme delante de mis hijos… que se me fue la cabeza por completo”. Así de crudo. Afortunadamente María no cometió ninguna locura. “Hoy me hubiera arrepentido, por mucho que me hubiera hecho yo no tengo el derecho sobre la vida de nadie”.

 

CUPÓN HACIA LA FELICIDAD

 

Nunca hubo denuncias: “por mis hijos”. Y aguantó. También infidelidades. Tanto como el dolor de espalda que siempre sufrió. En 2009 se sometió una dura intervención quirúrgica. Lo pasó mal, incluso se vio postrada -de forma momentáneamente- a una silla de ruedas. La negrura se apoderó de su existencia que carecía de “razón de ser”. Pero cuando todo estaba perdido, la luchadora que siempre se escondió bajo la fragilidad de una mujer humillada salió a flote.Di el paso, me separé, no podía soportar más vejaciones”.

 

Aquel día comenzó su nueva vida. A pesar de la liberación debió pagar un coste muy alto: “Mi hijo el mayor se fue con su padre”. Las lágrimas asoman. No obstante, el relato se va haciendo más amable. Desde hace cuatro años, y paulatinamente, María ha ido saliendo del pozo y ha comenzado a saborear la felicidad. Una palabra que nunca se había colado en su vida. Ahora tiene pareja “que me quiere y me cuida: soy feliz plenamente”. A pesar de ello costó un mundo volver a confiar en un hombre.

 

La ONCE también ha tenido mucho que ver en su renacer a la vida. 2016 fue su año. “Hice el curso, me trataron muy bien y fueron muy comprensivos. A mí me costó coger el ritmo pero en poco tiempo me vi trabajando para ellos y mi vida cambió al cien por cien”. Sonríe. Su sonrisa es sincera. Por primera vez en más de 40 minutos de entrevista, el rostro ha dejado ese rictus de dolor al recordar el infierno. Sus ojos ahora desprenden un brillo especial. El desenlace es el de una película con final feliz. “Ellos [La ONCE] son mi salvavidas y me han ayudado económica y psicológicamente. Solo puedo estarle eternamente agradecidos”.

 

Madruga todos los días. Casi como los panaderos. “A las cinco de la mañana ya estoy vendiendo en Mercaolid, luego me voy al Lidl de la Avenida de Santander donde completo la jornada”. Se ha hecho un hueco a las puertas del supermercado. Sonrisa y buenos días. Compren o no cupones.

 

La historia va tocando a su final, pero antes –casi como si fuera un alegato- María se dirige a aquellas mujeres que son víctimas de la lacra del maltrato, la mayoría en silencio. “Hay que dar el paso, es difícil, cuesta y hay que vencer el miedo: pero una nueva vida espera al otro lado”. Sentencia. Un mensaje que supera cualquier spot publicitario. Y como disfruta escribiendo “porque es algo que me ayuda a desahogarme” no estaría mal que relatase su vida como una forma de ayuda a otras mujeres. “Me lo pensaré, aunque seguro que hay muchas más mujeres que lo han pasado peor que yo”. Su vida es de película o de novela. Trágica, pero con final feliz. La de una luchadora que rompió con el maltrato y se aferró a la seguridad de cuatro letras: ONCE.

 

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