Cuando la voluntad de las figuras no es suficiente

Juli y Manzanares logran cortar sendas orejas, en una tarde que no acabó de romper y que tuvo más sombras que luces. El reiterado fallo a espadas privó de un mayor resultado estadístico, que no artístico.

Ponce, Juli y Manzanares en el paseíllo de la tercera de Feria. FOTOS: FERMÍN RODRÍGUEZ
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Tercera de Feria en la plaza de Toros de Valladolid. Más de tres cuartos, tarde calurosa. Se lidiaron seis toros de Domingo Hernández y de Garcigrande de desigual presentación y juego.

 

Enrique Ponce, ovación en ambos
 

El Juli, oreja y ovación
 

José María Manzanares, ovación y oreja

La Feria no acaba de romper y eso que ya hemos consumido las dos tardes que, a priori, marcaban el punto álgido de un serial que este jueves daba la bienvenida a las veteranas figuras. Ponce, Juli y Manzanares suman entre ellos 66 años de alternativa y aún siguen mandando. Si Pablo Aguado el miércoles medio salvó con su firmeza la tarde de campanillas, las dos orejas anotadas este jueves se antojan escasas para las esperanzas puestas en el cartel más rematado de la feria. Los aceros, a buen seguro, que incidieron en el resultado estadístico de un festejo que podía haber sido triunfalista (que no triunfal) si las espadas hubieran sido más acertadas.

 

Los pinchazos reiterados condicionaron una tarde en lo que a las formas se refieren. Porque seguramente los tres coletudos hubieran abandonado el coso de Zorrilla en volandas, pero de haberse ejecutado las suertes supremas con más destreza, los fondos hubieran sido los mismos: tarde de pocas emociones y de faenas de escasa rotundidad y redondeo, ante un encierro (Garcigrande-Domingo Hernández) de desigual presentación y juego que –en líneas generales- se dejó, pero que nunca se empleó a fondo. Nobleza sin la chispa necesaria de la bravura.

 

Ponce con casi tres décadas como matador de toros se vistió de Ponce. Pocas apreturas, técnica, recursos e innata elegancia en sus dos enemigos. Con el que abría plaza, un toro de calidad en la embestida, pero con escasa fuerza y poca transmisión, Ponce estuvo a gusto, especialmente por el pitón derecho, donde dejó lo más potable del trasteo. El fallo a espadas seguro que le privó de pasear un trofeo, que tampoco hubiera tenido demasiado peso. Más ritmo tuvo el cuarto, con el que el valenciano comenzó genuflexo y largo. Técnico, quizá despegado, pero envuelto siempre en ese halo de magisterio y elegancia que hace que el conjunto parezca de una mayor calidad. Ni si quiera los siete pinchazos y el monumental cabreo del diestro le privaron de la ovación cariñosa de la afición vallisoletana que premió el esfuerzo.

 

 

“Al menos hoy lo han intentadose consolaba una señora a la salida del largo festejo. Comparaba la voluntad de los tres diestros frente la apatía del sevillano Morante. Siendo así, es cierto que Ponce, Juli y Manzanares justificaron su nómina. Pero la tarde ni fue rotunda, ni emocionante, ni si quiera divertida. Y eso que Julián López toco pelo en el segundo, un garcigrande colorado, de escasa cara, con mejores inicios que finales. El madrileño insistió por ambos pitones en una faena vulgarota que fue premiada con una oreja de no demasiado valor. Entero se dejó el Juli al quinto. En el encuentro con el varilarguero, el palo del picador se quebró con el impacto y la puya apenas penetró en la piel del colorado del garcigrande, llamado Jilguero. Ese fue el simulacro de suerte de varas.

 

Con esas, el toro -siempre molesto por su continuo cabeceo- apenas dejó brillar a un Juli que lo intentó por ambos pitones sin demasiado lucimiento y mucho enganchón. Pinchó el madrileño y le ahorró un dilema al presidente, porque de haber encontrado una muerte más correcta, quizá la inercia del público podría haber hecho abrir una puerta grande demasiada barata.

 

 

Manzanares estaba llamado a ser el rescatador de una tarde sin brío, en cierta medida aburrida, y que necesitaba de un revulsivo. En la memoria estaba aquel Josemari capaz de poner patas pa’arriba el coso de Zorrilla y calentar a una afición que siempre le ha consentido, merced a faenas memorables del alicantino a orillas del Pisuerga. A su primero, lo había tapado en sus defectos. Siempre salía suelto y huyendo de la pelea. Pero un impecable –al menos en lo que a terno se refiere- Manzanres alargó el viaje de Chimbero y con la franela siempre tapando la cara de su oponente había logrado ligar las embestidas.

 

La distancia entre toro y torero era muy evidente, pero al igual que Enrique lo envuelve en elegancia, el empaque innato del alicantino hacen que todo parezca más bonito. El efectivo matador falló en esta ocasión a espadas y el más que probable premio, a juzgar por la respuesta en el tendido, se esfumó.

 

Y ahí estaba Manzanares en el sexto, muy cuidado por sus subalternos (se echó en falta al gran Suso, peón de la tierra y que anda convaleciente). Era la última oportunidad para que la tarde rompiera de verdad. Como esa copa en la que depositas tu confianza para remontar una noche de fiesta demasiado anodina. Pero el cubata tan solo fue un chupito y el fiestón que se presuponía se quedó en un rato entretenido. Taponero, otro colorado de Garcigrande, tuvo una dulce embestida en los medios, al menos, en el inicio de un trasteo donde Manzanares lo embaucó en su templada muleta, demasiada rectilínea. Brotaron derechazos muy cadenciosos, que tuvieron su eco, en buena parte de los tendidos. Cuajó al sexto, al menos, por el pitón derecho y el –ahora sí- tremendo y efectivo espadazo hizo que se le recompensara con un trofeo, que -al menos- maquillaba el fiasco de una tarde que no será recordada mucho más allá del propio jueves.

 

Y es que cuando la emoción no atenaza el alma taurina de los aficionados, la cosa se queda en un ‘bueno, no ha estado mal’, que se olvidará enseguida. La magia del toreo, esa que seca gargantas y recoge las entrañas es otra cosa. Pero bueno, seguiremos esperando… porque este viernes llega un tal Emilio de Justo en un momento de dulce.