Copenhague, enciclopedia teatral

Palabras contra el olvido 177

Siempre he actuado. El teatro siempre ha estado ahí, por fortuna para mí, porque no sabría cómo vivir sin interpretar  y las palabras. Actuar es resistir. Son muchos los Emilios que hay en Emilio Gutiérrez Caba. Siempre le ha gustado disfrazarse, de presentarse y ocultarse bajo la interpretación de distintos personajes ficticios y eternos.

 

Nací en Valladolid por casualidad. Porque EGC ha sido todos los personajes que uno se puede imaginar. Un rayo de pasión atraviesa todo lo que le  pasa cuando está encima del escenario. Busca dentro de la realidad el alimento para sus personajes y es incansable.

 

Es dueño de una dicción que le sirve para llegar a todas las butacas del Teatro Zorrilla y habitar durante una hora y media en la cabeza de todos los espectadores. Y después. Nació en una familia de actores y actrices. En su casa los personajes lorquianos, buerovallejanos, brechtianos, etc.,   siempre han ocupado las estancias principales de las estanterías y de su vida.

 

Esta noche, el Teatro Zorrilla ha puesto el cartel de no hay billetes. Me imagino la sonrisa oceánica de Enrique Cornejo. Se presenta la obra Copenhague y acompañan a Emilio, Carlos Hipólito y Melena Gutiérrez. Y aparece en escena el miedo, el resentimiento, el miedo, el oído, la guerra, la traición, la arrogancia… Gracias a Hipólito, Caba y Malena el público se da cuenta de lo importante que son los hechos, la verdad. Lejos de la matraca del poder que siempre dice al personal lo que quiere oír. Mantener la verdad en ese lugar donde las emociones son las que toman las decisiones, ese es el asunto.

 

En Copenhague, se  persigue  la verdad que es la que ensancha y profundiza los hechos, y esa capacidad de descubrimiento permite a los personajes sentirse mejor. De repente,  el espectador tiene la posibilidad de habitar un tiempo pasado que consiguen detener con sus interpretaciones actores y actriz y hacernos ver la parte de sus vidas  a través de sus palabras.

 

Porque las palabras no son inocuas. La perversión del lenguaje campa a sus anchas es esta época y anestesia voluntades que hacen de la realidad una entelequia. Por eso, es grato escuchar a Hipólito, Caba y a Malena porque cada palabra que dicen lleva el marchamo de la claridad, el marchamo de la compasión hacia su semejante.

 

Reconocer las heridas en las palabras de los otros siempre ha sido un bálsamo. La culpa no es algo que exista, se construye. Solo es culpable aquel que trasgrede las reglas de un determinado código moral y Copenhague va por esa “línea de investigación”.