Conozcan a Roberto, el cuponero de la Plaza Mayor de Valladolid: un tío grande de metro y medio

A los catorce años superó su complejo de enanismo. Hoy es feliz junto a su pareja a la que conoció por Internet y se ríe hasta su propia sombra. Con quince años en la ONCE, es un veterano de la venta del cupón. Esta es su historia

Roberto Ojero, en su puesto de la Plaza Mayor. JAG

Once preguntas, once respuestas:

 

1. Una afición: La bicicleta. Se lo debo a mi hermano Antonio, que es también mi mejor amigo. Hasta me llaman Opi, por un ciclista.

2. Su mejor momento como vendedor: Cuando viene el inspector y te dice 'no te tenías que jubilar nunca' o 'te vamos a poner una estatua al lado del Duque de Lerma'. No obstante, espero dar el premio gordo, que lo máximo han sido 3.000 euros.

3. Su peor momento: Al principio, cuando me pusieron en María de Molina, no vendía nada.  

4. Su mayor premio: Ser feliz con mi pareja.

5. ¿Es superticioso?: No, pero tengo mis manías. Juego al 5, montó en la bici por el lado derecho, me santiguo si veo un animal muerto y ahora tengo mucha manía de mentar a mis abuelos en cualquier conversación.

6. ¿Un juego? El World Craft.

7. Un número de la suerte: El 5.

8. ¿Cuál es su mayor apuesta en la vida? Ver a toda mi familia feliz.

9. Salud, dinero o amor. Con la salud tienes todas las demás.

10. ¿Su mayor capacidad?: La comunicación.

11. La ONCE en una palabra: Humanidad.

A pesar de su escaso metro y medio de altura, Roberto es un tío grande, muy grande. Desde su privilegiada parcelita en la Plaza Mayor -con esquina calle de Santiago- ha visto pasar los últimos quince años de la reciente historia de Valladolid y alguna que otra cara conocida: “Desde Ronaldo a Aznar, pasando por Baute al que vi entrando a comprar a Mango”.

 

Roberto Ojero Arranz no disimula su enanismo. No le molesta, aunque a los catorce años tuvo un “complejo de caballo”. Ahora ha aprendido a convivir con esta circunstancia y disfruta de la vida desde una vista un poco más baja que la del resto de la gente, pero ha conseguido algo que muchos nunca conseguirán a pesar de tener un talle más alto: la felicidad.

 

Es divertido, “de pequeño, un poco cabrón”, confiesa y se ríe. Roberto se toma la vida con buen humor. “Soy el primero que me río de mí mismo”, es el primero de sus consejos y lo pone en práctica nada más llegar a la cafetería donde nos citamos. Colacao y napolitana de chocolate. “A ver si pego el estirón”. Risas contagiosas. Las del entrevistado y las del entrevistador. Un crack.

 

Se levanta todas las mañanas a las cinco y veinte.Casi no están puestas ni las calles, pero hay gente que madruga más que yo”, advierte. “Tengo que ayudar a preparar a mi mujer porque tiene una minusvalía del 75 por ciento. Tiene la enfermedad de Morquio, es una de esas enfermedades raras”. Abandona la risa, pero en su cara se dibuja un gesto dulce. Habla de ella “como la mujer de mi vida”, “mi compañera”, “a la que echas de menos cuando no está a tu lado”. “¿Te cuento cómo la conocí?” –Pues claro. Me olvido de la estructura de entrevista que había preparado. Prefiero que fluyan sus pensamientos, sus sentimientos, su historia… aunque sea de forma desordenada, es mucho más espontánea, mucho más real.

 

“Fue por Internet, por el ordenata”. La sonrisa no le cabe en la cara. “Hace 16 años. Montse es de Paterna, Valencia, y me la traigo a Portillo, a pasar frío”. Roberto es una caja de sorpresas. Quiero saber más. -¿Cómo fue ese primer encuentro? Sorbo al colacao y mordisco a la napolitana y comienza su divertida narración: “Me cogí el tren y allí me planté en la estación de Valencia, con un mochilón al hombro que parecía Paco Martínez Soria”. Más risas. Montse esperaba a su Romeo al pie del andén.

 

“Un calor del copón; yo rojo de la vergüenza y ella también. Los dos teníamos problemas físicos… y estábamos expectantes de cómo sería el ‘encontronazo’. Aunque yo siempre he sido de ‘me tiro al barranco, me da igual’. Y la verdad es que fue muy bonito, muy especial”. Un brillo en sus ojos adorna el relato de un momento que jamás olvidará. Interrumpe su pensamiento: “Y hasta hoy, hasta la fecha”.

 

Roberto es de Portillo. “Como los buenos bollos; las mejores zapatillas las hace mi cuñada, ¡eh!”. El pequeño de cuatro hermanos [vuelve a bromear: “el pequeño en todo”], de niño era “el jefe” del pueblo. “Vivíamos en el colegio Pio del Río Hortega, mi padre era el conserje. Yo siempre llegaba tarde a clase; era muy mal estudiante, pero era el amo, siendo mi padre el conserje no me tocaba ni San Serenín”. La sonrisa ahora se tuerce en una mueca melancólica. “Es de lo que más me arrepiento, se lo digo a mis sobrinos. Si pudiera volver atrás cambiaría eso de mi vida, sin duda hubiera estudiado más. Luego me tocó sacarme el Graduado Escolar a los 16 años”.

 

Se define como un joven “bastante lebrel” que traducido al diccionario Roberto-Español, Español-Roberto, significa un “fiestero de órdago”. “Y como no estudié… pues a los ajos”. Que no es que signifique ‘ajo y agua’, pero casi. “En Portillo comencé a trabajar en el tema de los ajos, a recogerlos de la tierra, a cargarlos en el camión, prepararlos y pelarlos… era muy duro y aguanté casi diez años”.

 

No fue este el único empleo de un polifacético Roberto: “Estuve en Tudela en una fábrica de molduras para cuadros, fui albañil en el Ayuntamiento de Portillo, peón de soldador, estuve trabajando en una empresa de ferrallas, fui pintor y luego ya entré en una compañía que contrata a gente con minusvalía para mantenimiento de pabellones”. En 2004 dio el paso. Allí estaba la ONCE para ofrecerle un futuro, su futuro.

 

El hoy cuponero cuenta con un 33 por ciento de minusvalía física. “Tengo una displasia en mis piernas, con un problema de enanismo, y con artrosis severa en las rodillas que me provocan bolas del tamaño de pelotas golf de tanto roce. El cartílago de la derecha está roto”. Roberto resume su diagnóstico y relata que el médico le recomendó piscina y ciclismo. “Nadar no me gusta, pero la bicicleta es mi pasión”.

 

A tanto ha llegado su obsesión por la BTT, que Roberto es habitual de pruebas tan duras como los ‘10.000 del Soplao’. Entrena en casa. “Me las pego buenas”. -¿Pero cuándo?. “A ver yo a las siete y cuarto estoy vendiendo cupones en la Plaza Mayor de Valladolid hasta las tres y cuarto. Luego me voy al pueblo [ahora vive en Aldea de San Miguel] y me tomo un vino en el Bar El Cuco, me siento a comer sobre  las cuatro y media y después de la siesta -que es sagrada- entreno”. Los fines de semana toca ruta, junto a su hermano por las sendas de Portillo, que es quien le metió el gusanillo del ciclismo.

 

 

Aunque de corazón merengue, le “cabrea” mucho cuando pierde el Real Valladolid. De hecho mantiene buena relación con Borja Fernández, al que le vende cupones. “Es muy buena persona, lo ha pasado muy mal el hombre y yo he hecho un poco de confesor”. Se confiesa como un “enfermo” de las series policiacas, un defensor a muerte de su familia y un "enamorado" de Jesús Calleja, al que le gustaría conocer algún día: “Es mi sueño, no me pierdo ninguno de sus programas”.

 

Volvamos a la ONCE. “Me estrené un 14 de diciembre, ahora ha hecho 15 años. En la Plaza Madrid, un frío… Y allí estaba yo muy nervioso. Porque colgarte los cupones en el cuello, impone y eso que yo soy muy valiente…” Roberto habla por los codos: “Al principio no entiendes muchas cosas de tu trabajo, pero con el tiempo te vas dando cuenta. La labor que hacemos en la ONCE es impresionante… Gracias a la ONCE tengo todo lo que tengo, pago mi casa, mi coche; ellos tienen algo conmigo y yo tengo algo de ellos. La verdad es que te ayuda mucha gente”.

 

Hablando de gente, siempre hay un grupito alrededor del puesto de venta. “Son mis amigos los jubilados. Van por allí, hablamos de fútbol, de política, aunque tal y como está la cosa tampoco se puede hablar mucho… Luego se van al mercado y te dicen a cómo está el lechazo, las sardinas… Con el que mejor me llevo es con Ernesto, el que da de comer a las ardillas en el Campo Grande, un buen tío”.

 

 

Interrumpe la conversación Andrés, un cuponero invidente ya jubilado. “Es uno de los mejores compañeros que he tenido”, aclara. Se saludan cariñosamente y socarronamente Roberto le dice que hoy no le puede atender “porque me están haciendo una entrevista”. Una carcajada potencia la divertida escena. “Hay mucha gente buena por ahí” y le viene a la mente alguien que le marcó de por vida. “Fue mi fisoterapeuta de Portillo, que además hizo conmigo de no solo de masajista sino de piscólogo y me quitó el tremendo complejo de adolescente que tenía. Hasta entonces la palabra enano me afectaba muchísimo”. Hoy bromea con sus colegas, que incluso le comparan con Gimli, el enano del Señor de los Anillos. Literalmente se desencajona de la risa, cuando lo cuenta; aunque sus amigos se llevan algún improperio que otro. “Son unos cabrones, pero siempre de buen rollo”, advierte.

 

Roberto es así. La vida le ha pegado con dureza. De recién nacido le operaron de una colostomía que a punto estuvo de llevárselo por delante. Tuvo que luchar contra su condición física especial y, por si fuera poco, su mujer hace un año luchó cara a cara contra la muerte. “Lo pasé mal”. A pesar de todo, el gran Roberto es “feliz”. Le gustaría jubilarse en Santander, “allí no hace calor”, pero lo que sueña es comprarse una autocaravana, recorrer mundo y perderse junto a su inseparable compañera de este viaje que es la vida.

 

Les decía al principio que Roberto es un tío grande. Su altura es interior; seguramente su corazón no le quepa en ese cuerpo tan pequeño que le tocó en el –a menudo- injusto juego de la existencia. Compruébenlo por sí mismos. Roberto les está esperando en su parcelita de la Plaza Mayor con la calle de Santiago. Grande Rober, "chavalote”.

 

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