Concierto de Año Nuevo

La crítica cultural de Ágreda.

El concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena ha demostrado claramente que la música (la cultura) siempre es la auténtica juventud. Cuando eres joven, no te das cuenta de que eres joven y todo pasa muy rápido. Cuando eres mayor pero sabes cómo mantenerte joven puesto que has vivido, eres siempre joven con la música y la reflexión.

 

El berlinés Chistian Thielemann (Berlín, 1959) debuta con la Filarmónica de Viena y sorprende gratamente por su eficacia y sobriedad en estos tiempo de “tanto postureo”.  Su batuta y su mano izquierda tienen tensión dramática más allá de cualquier virtuosismo pasado de moda. Con la mirada consigue imprimir la melodía y la carga melancólica necesaria para que el Concierto de Año Nuevo resulte inolvidable.

 

Las composiciones de los Strauss (Johann, Josef y Eduard), el público (1.000 millones de espectadores de más de 50 países) lo siente suyo porque las emociones que trasmite La Filarmónica de Viena se instalan en su alma. Cada nota, cada silencio que se escucha, cada signo de expresión  busca y transmite esa intención. 

 

Escuchar el Concierto de Año Nuevo resulta una constumbre muy atractiva, enriquecedora que genera buenas vibraciones y te pone buen cuerpo. Te permite, además, durante 180 minutos, olvidarte de la familia, origen de todos los males navideños habidos y por haber.

 

La enseñanza que nos proporciona la música permite a las personas ser felices. Felices y al mismo tiempo libres y  poseer sentido crítico. Desde la música se aprende a respetar a los demás, al otro; también se cultiva la solidaridad piedra de toque del respeto que todos los pueblos se deben unos a otros.

 

Durante el concierto de la  Filarmónica de Viena hubo tiempo para bromas, sonrisas, y diversión. También para admirar la Sala Dorada del Musikverein inundada con más de 30.000 flores  entre las que destacaban unas orquídeas que “quitaban el hipo”.

 

La coreografía de Andrey Kaydanovskiy y el vestuario de Arthur Arbesser posibilitaron que el Ballet de la Ópera de Viena ofreciera un tiempo para imaginar y viajar. Te entrabas unas ganas locas de acercarte a una Agencia de viajes y preguntar cuando salía el próximo vuelo para Viena y tirarte allí, por lo menos,  tres  meses hospedado en el Castillo Grafenegg.

 

Con razón se dice, creo que en el poema de Píndaro, que la constumbre es señora de todo. Este concierto cristaliza la sabiduría acumulada desde el día 31 de diciembre de 1939 hasta  hoy,  y permite una sensación de comunidad, de empatía, confianza  y de naturalidad tan necesaria e imprescindible en Europa.