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Catarsis en el LAVA

FOTO: NACHO CARRETERO

La crítica cultural de Ágreda en Tribuna Valladolid.

La Compañía de danza  Sharon Fridman baila en la Sala Concha Velasco como quien sortea charcos de agua. Siempre han gustado del movimiento para desviarse de lo establecido, de lo trillado para ir en busca de lo desconocido. Para encontrar un diálogo entre la luz, el movimiento y la música.

 

La danza une y es empática por naturaleza. El espectáculo que se presenta esta noche se llama All Ways. Un espectáculo que lleva  a los bailarines a límite. Y también al espectador porque le exige una nueva mirada sobre las cosas. Una posibilidad de habitar un lugar para pensar, estar e imaginar, todo a la vez.

 

La Sala Concha Velasco se convierte en lugar fuera del mundo. Aquí, esta noche se ha creado una atmósfera uterina donde se puede disfrutar del componente abstracto que lleva implícito el baile y una parte física que convierte a las personas en reales. Un lugar para reflexionar sobre el poder de la danza y su relación con el espacio, sobre el deseo irrealizable y la insatisfacción de quererlo comprender todo.

 

Allí estaba, como si estuviera dentro de una película, el humo, las luces, la música, las nubes por dentro, las bailarinas (y tú, mi amor,  siempre a mi lado). Y en la mano el ticket del viaje prometido. Un viaje que estaba resultando apasionante y sorpresivo hacia el interior de cada espectador (a poco que pusiera de su parte) para adentrarse en los recuerdos, en  los sueños difusos que forman inexorablemente nuestra naturaleza inconsciente transmitida a través de miles de años.

 

Ha llegado el momento de  subir a Sharon Fridman a la siguiente categoría. En el pelotón de cabeza que se sitúan los grandes coreógrafos, esos nombres: Van Manen, Blanca Li,  Pierre Ligal, Sol León, Kylián,  etc.;   que deslumbran con la ligereza de su inventiva de artistas en plenitud.

 

Porque la danza  es la realidad convocada por el movimiento. Dichosos los que salieron de su casas, cogieron el autobús, o el coche o se dieron un paseo hasta el LAVA y fueron capaces de habitar un lugar, crear un lugar apartado del mundanal ruido. Para ellos estaba reservado ver como descendían de la montaña nevada seis bailarines, hijos de la imaginación convertidas en figuras cuyos movimientos acallan todos los silbidos del mundo.

 

Al final, cuando saludaban al público las miradas de confianza se cruzaban por toda la sala. La catarsis había sido verdadera.