Birdie en el LAVA

Birdie. NACHO CARRETERO

La crítica cultural de Ágreda.

El vuelo de las aves siempre ha sido materia de adivinación. Sus figuras infundían temor o esperanza. También en su vuelo ocultan el inquieto quehacer del deseo. Las imágenes de Birdie llevan el sello del arte de la creación  y están  todas sujetas a un significado. El espectador se deja llevar por la presencia latente de lo racional/irracional.

 

Aquí, en el escenario de la Sala Concha Velasco se funden figuras de hombres, casas, vallas, conceptos que requieren una mirada oblicua que despiertan la curiosidad de los espectadores. No hace falta mucha imaginación para darte cuenta de lo que se está proponiendo allí, sale todos los días en los periódicos.

 

Una de las formas diarias de manipular a las personas es dividir el mundo entre ellos y nosotros. Y luego están los intereses. Y para eso hay que saber manejar muy bien las emociones que son las que decide quien gobierna.

 

Vivimos en un tiempo de sombras y Birdie refleja muy bien una verdad. Todavía tenemos que tener la capacidad de sorprendernos. En la sorpresa siempre te sientes mejor ciudadano. Pero son necesarios los hechos, la verdad.

 

Birdie trata muy bien el momento que estamos viviendo. La valla de Melilla limita con un campo de golf. Subidos a la valla esperan los africanos que quieren entrar en Europa. Y llega el momento de indignarse. Indignarse porque el Mediterráneo se ha convertido en una fosa común e  indignarse ante las mafias que trafican con personas. Ahí todos de acuerdo. Sentimos el escalofrío de las buenas personas y con eso ya estamos servidos.

 

Lo que se necesita es que las promesas de la democracia se cumplan, esto requiere más participación, más voces, más reconocimiento y sobre todo menos odio, menos exclusión, más presupuesto. Satanizar al extranjero es el camino más rápido para acabar con el pluralismo político, con la democracia,  hay que tener cuidado por las “pistolas las carga el diablo”.

 

Birdie cumple  con una regla básica: tienes que ser honesto contigo mismo. Y esta propuesta surge como una necesidad de compartir con los demás un asunto que necesita grandeza de miras. Por eso es grande lo que está pasando en la Sala Concha Velasco.

 

Grande porque el arte siempre tiene que ser una metáfora del pensamiento, del conocimiento. Es un código que cada espectador recibe de forma única y dependiendo de cómo sea, así se le servirá cuando salga a la calle.