8 de septiembre de 2017: Juli y 'Fanfarria', un indulto en Valladolid 111 años después

El Juli torea a Fanfarria. JORGE IGLESIAS
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El diestro madrileño indulta a Fanfarria, un excelente toro de Daniel Ruiz. No se vivía nada igual en el Coso de Zorrilla desde 1906, cuando se perdonó la vida a Aldeano de Mariano Presencio.

Tercera de Feria. Tarde calurosa y tres cuartos en los tendidos.

 

Se han lidiado seis ejemplares de Daniel Ruiz, de correcta presentación. Bueno el segundo y excelente el cuarto, que fue indultado.

 

Julián López El Juli. Palmas y dos orejas simbólicas tras indultar a Fanfarria.

Román. Oreja y oreja.

Roca Rey. Ovación y silencio.

Fanfarria nació en agosto de 2013 en la finca albaceteña del ganadero Daniel Ruiz. Cuatro primaveras criado a cuerpo de rey en la dehesa para ser embarcado en un camión y viajar a la plaza de Toros de Valladolid.

 

Un toro negro herrado con el número 65 y con una romana de 492 kilos. Este 8 de septiembre de 2017, Fanfarria debería haber muerto en el albero del Coso de Zorrilla. Pero horas después de que saltará al la arena, Fanfarria va, de nuevo, camino de la finca. Se ha ganado, por méritos propios, el derecho a la vida. Ahora le aguarda la gloria y su recompensa: morir de viejo en el campo y convertirse en semental.

 

En octubre de 1982, en Madrid, nació Julián López, un niño prodigio del toreo que casi 20 años después de su alternativa sigue siendo una de las máximas figuras de la tauromaquia y un torero de época.

 

La diosa fortuna, la alineación de los astros o la simple suerte en el ritual del sorteo de la mañana quiso que Fanfarria y Juli se encontrarán en el albero para protagonizar una lucha de muerte, una danza de vida. Pasadas las 19.30 horas de este viernes 8 de septiembre, Festividad de la Virgen de San Lorenzo patrona de Valladolid, Fanfarria saltaba al ruedo. Media hora después regresaba a los corrales en medio del clamor del público que pidió su indulto con vehemencia. Antes había sucedido en el ruedo lo que difícilmente se puede explicar en unas palabras: la magia de la tauromaquia.

 

Salió Juli embraguetado. No se perdonaba su infame bajonazo que emborronó una solvente faena al que abrió plaza. Sin mayor lucimiento en el capote, Fanfarria empujó tímidamente en el caballo en un picotazo (algo que algunos aficionados no perdonan en el indulto).

 

Cumplió en banderillas y El Juli ya con la franela en la mano pidió calma a los tendidos, en los que sobrevolaba una runrún no se sabe si de desaprobación o espera. Pero Julián ya había visto la embestida de calidad en el percal de su subalterno de confianza Álvaro Montes. El toro se desplazaba y humillaba hasta arrastrar el hocico por la arena. Técnica sublime del madrileño que, tras un molinete de rodillas, comenzó a bajar la mano por debajo de la rodilla. Los muletazos comenzaron a brotar largos, profundos, con la panza de la muleta barriendo el albero. El Juli, a esas horas ya sabía lo que tenía en sus manos. Había apostado y los más de tres cuartos de aforo comenzaron a darle la razón con profundos olés que hicieron retumbar los cimientos del viejo coso.

 

 

Julián López que no se dejó impresionar por la revolución Roca Rey el revuelo de Román, comenzó una borrachera de toreo. Eternos derechazos que se cosían uno a otro, con la panza de la muleta barriendo la arena, naturales largos y hondos como la embestida sincera de Fanfarria que iba siempre a más, con la boca cerrada, queriendo más engaño. Y la simple recta de López era el temple, bendita receta (¿verdad Román?) Hubo circulares, molinetes, trincheras y trincherillas… El Juli no se cansaba, Fanfarria tampoco… A esas horas el madrileño solo tenía una meta entre ceja y ceja: el indulto, el vigesimocuarto de su dilatada carrera (se dice pronto).

 

Y allí siguió toreando, y allí siguió embistiendo. Y los olés profundos tornaron en runrún y en algunos pitos. El indulto se iba cociendo poco a poco y ya hervía. El aviso le pilló en una serie y cuando Juli se acercó a tablas a por la espada, la protesta creció en decibelios. Otra vez en la cara de toro, y un muletazo, y otro, y otro… Mirada al palco y allí Manuel Cabello… menuda papeleta… El presidente, con gesto de mano, le pide tranquilidad y este, de nuevo a tablas, cambia el acero por la madera, de nuevo. La plaza es un clamor y Juli a lo suyo…

 

Pañuelo naranja. Fanfarria conservaba la vida. Poco importó que quedara inédito en el caballo (con solo un picotazo) o que tras 60… qué digo 80, 90 o más de un centenar de bravas embestidas tuviera un amago de rajarse, que inteligentemente Julián López escondió en la franela. El público puesto en pie, Julián llevándose al toro a chiqueros. Aquello no ocurría en Valladolid, según las crónicas más antiguas, desde 1906 cuando a Aldeano, un toro de Mariano Presencio también se le perdonó la vida, aunque en esa ocasión fue porque el “imponente” toro impidió su lidia.

 

La vuelta al ruedo del madrileño junto al mayoral de Daniel Ruiz fue apoteósica… Independientemente de si el indulto se ajustó a reglamento y fue más o menos justo, el público presumirá que estuvo presente en aquella corrida donde El Juli perdonó la vida a Fanfarria. Lo demás ya daba igual. Ni si quiera la generosa salida a hombros del valenciano Román, muy valiente aunque un tanto atropellado, especialmente en el buen toro que hizo segundo, o la voluntad de Roca Rey que se la jugó en el sexto, un astado peligroso. Todo era accesorio. En el imaginario colectivo solo la imagen de un todopoderoso Juli emborrachado con las embestidas del danielruiz... Larga vida a Fanfarria.