El último bar

El último bar
El autor esPedro Berbel Hernández
Pedro Berbel Hernández
Lectura estimada: 3 min.
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Este verano, una chica de 18 años llamada Samira abrió un bar.

Hasta aquí, la historia tampoco parece como para detener las rotativas.

Lo hizo en Villar del Maestre, un pequeño pueblo de la Alcarria conquense, en el que viven menos de cuarenta personas. Y entonces la historia empieza a cambiar.

El bar se llama Taberna Vela. Y en un pueblo tan pequeño, un bar no es exactamente un bar. Puede ser la plaza cuando llueve. El salón de casa cuando apetece compañía. El lugar en el que alguien pregunta por quien lleva varios días sin aparecer. El sitio al que se va a tomar un café y se acaba pasando la tarde.

Samira quiere que allí se coma bien y que llegue gente de otros pueblos. Pero cuando explica para qué ha abierto la taberna añade algo más: quiere que los mayores tengan un lugar donde sentarse, charlar y hacerse compañía.

Tiene 18 años. A esa edad, todos los tópicos dicen que uno debería estar pensando en marcharse del pueblo. Pero Samira ha abierto la puerta del bar.

Y eso, en un lugar tan pequeño, significa abrirla para casi todos. Para quien entra a desayunar, para quien se acerca a tomar algo después de comer y para quien quizá no necesita realmente ni el café ni la cerveza, sino una excusa para salir de casa. En los pueblos, a veces, pedir algo es también una forma discreta de pedir compañía.

No sé si le irá bien. Ojalá. Tampoco sé cuántos cafés hay que servir para pagar la luz, los proveedores, los impuestos y todas esas cosas que suelen llegar bastante antes que los beneficios.

Pero imagino una tarde cualquiera.

Entra un hombre mayor. Pide un café. Se sienta. Al rato llega otro. Hablan del tiempo, que sigue siendo una forma extraordinaria de empezar a hablar de cualquier cosa. Después entra alguien preguntando por uno que no ha venido. Quizá jueguen una partida. Quizá discutan de fútbol. Quizá recuerden a quien antes se sentaba en aquella mesa y ya no está. Quizá pasen un buen rato sin decir nada importante.

Quizá no pase absolutamente nada. Y precisamente habrá pasado algo. Se habrán encontrado.

Vivimos en una época curiosa. Nunca habíamos tenido tantas maneras de comunicarnos y quizá nunca habíamos necesitado tantos lugares en los que hacerlo. Pero todavía no hemos inventado una aplicación que sustituya completamente a una silla enfrente de otra con un café de por medio.

En una ciudad apenas reparamos en ello. Cierra un bar y probablemente haya otro en la siguiente esquina. Cierra una tienda y compramos por internet. Desaparece una sucursal bancaria y hacemos una transferencia con el móvil.

En Villar del Maestre las cuentas son diferentes. Cuando desaparece el último establecimiento de un pueblo no desaparece solamente un negocio. Puede desaparecer también un lugar que nadie había pensado que fuera tan necesario.

Y encontrarse sin haber quedado quizá sea una de esas cosas cuyo valor solo descubrimos cuando empiezan a desaparecer.

No quiero convertir a Samira en heroína de nada. Seguramente quiere lo mismo que cualquiera que abre un negocio: que funcione, ganarse la vida y hacer algo que le gusta. Bastante tiene con sacar adelante un bar a los 18 años como para colocarle además sobre los hombros el futuro de la España rural.

Pero me gusta pensar que cada mañana, cuando Samira levanta la persiana de la Taberna Vela, levanta algo más.

Al otro lado hay menos de cuarenta habitantes. Puede parecer poca gente. Hasta que pensamos en una sola persona mayor pasando una tarde entera sin tener con quién hablar. Entonces cuarenta empiezan a parecer muchísimas.

Quizá hemos confundido demasiadas veces lo importante con lo grande. Grandes inversiones. Grandes proyectos. Grandes soluciones. Y resulta que algunas cosas esenciales son bastante pequeñas.

Una mesa. Dos sillas. Un café.

Y alguien que, al entrar, diga:

  • Buenas tardes.

Pedro Berbel Hernández

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