"Tengan miedo, nosotros haremos el resto"

'Mientras el aire es nuestro'

"Tengan miedo, nosotros haremos el resto"
El palacio comunal de Siena.
El autor esJuan González-Posada
Juan González-Posada
Lectura estimada: 5 min.

En 1338, en el palacio comunal de Siena, el pintor Ambrogio Lorenzetti cubrió una sala entera con una de las respuestas más ambiciosas que se han dado nunca a una vieja pregunta: por qué obedecer a un gobierno. A un lado, la ciudad en paz, con campesinos y mercaderes bajo la mirada serena de las virtudes. Al otro, la tiranía, la Discordia y una ciudad en llamas. Lorenzetti no se limitó a pintar ideales; puso a los sieneses delante de dos ciudades, la que tenían y la que podían perder. El buen gobierno se justificaba así por partida doble, por el bien que garantizaba y por el desastre que evitaba.

Casi siete siglos después seguimos viviendo de esa pared, pero solo de su mitad oscura. Ya no se nos enseña lo que ganaríamos con el buen gobierno; se nos exhibe, cada día, lo que perderíamos sin la mano dura. Es el repertorio conocido de la derecha reaccionaria: la frontera que se disuelve, la casa que se ocupa, la lengua que se pierde, el delincuente que vuelve a la calle. El mecanismo es tan viejo como el fresco de Siena.

Lo que sí ha cambiado es la arquitectura del miedo. El filósofo francés Michel Foucault explicó que el poder moderno no actúa eliminando el peligro, sino administrándolo; calcula umbrales, distribuye alertas, decide qué riesgo es tolerable y cuál merece una ley de excepción. Para Foucault, además, el poder no es el Gobierno de turno, sino cualquiera que aspire a orientar la conducta ajena, sean partidos, medios, banca, o plataformas. Ningún poder, del signo que sea, promete un mundo sin amenazas, porque eso lo dejaría sin argumento; promete gestionarlas mejor que el adversario. La diferencia está en quién hace del miedo todo su programa.

A ello se suma un rasgo inédito. Antes el peligro tenía un lugar; estaba tras los muros de una cárcel o al otro lado de una frontera. Hoy no tiene domicilio fijo y se disuelve en el ambiente, en la alerta del teléfono, en el titular que cambia cada hora, en la sensación difusa de que algo, en algún sitio, se descontrola. Administrar el miedo, no resolverlo, se convierte así en la tarea, y quien mejor sepa nombrar el peligro gana la conversación. Para eso no hace falta gobernar; a menudo se consigue mejor desde fuera, donde nadie pide cuentas.

Falta explicar por qué este mecanismo beneficia a unos más que a otros. Cuando la política deja de prometer algo positivo, como igualdad, bienestar o un futuro mejor que el presente, el hueco no tarda en llenarse. Lo llena el miedo, que no exige saber qué es lo bueno, solo señalar qué es lo malo, y eso está al alcance de cualquiera. Quien lo explota, además, no lo dirige hacia arriba, contra quien manda, sino hacia el lado, contra el vecino: el que llegó después, el que cobra una ayuda, el que habla otra lengua. Es la maniobra más rentable, porque convierte un conflicto entre quienes tienen poco y quienes tienen mucho en una disputa de quienes tienen poco entre sí. Ganan quienes agitan el miedo y, de paso, quienes tienen mucho.

Esto no significa que todos los miedos sean inventados. El alquiler que devora medio sueldo, el empleo que no alcanza y el servicio público que se deteriora son reales. Quien desprecia a la persona que los sufre la empuja hacia quien sabe aprovecharlos. Por eso la indignación ante la manipulación se queda corta; hay que tomar en serio el miedo de la gente sin aceptar el uso que otros hacen de él.

Ese uso es el que ha convertido a la extrema derecha en la fuerza ascendente de la última década. En Alemania, la AfD, que en 2021 apenas superaba el diez por ciento, duplicó ese resultado en febrero de 2025 y roza estos días el treinta por ciento en las encuestas, sin ofrecer una respuesta creíble al malestar económico del que se alimenta. En Francia, la Agrupación Nacional ya no es la excepción, sino la referencia con la que compite el resto del arco parlamentario. En España ni siquiera ha sido necesario gobernar en solitario; ha bastado con condicionar a la derecha tradicional en los gobiernos autonómicos y municipales para desplazar el centro de gravedad del debate público. El hueco del que se nutren no lo cavaron ellos; lo encontraron. La izquierda, que durante años confundió gestionar con prometer, haría bien en no buscar a los responsables solo en la bancada de enfrente.

Mientras tanto, la ultraderecha puede prometer seguridad y no traer ninguna; le basta con que la amenaza siga viva para parecer necesaria. El miedo es el único programa que mejora cuando fracasa.

Frente a esto, a la izquierda no le sirve solo agitar el miedo contrario. El peligro es real, y Alemania lo demuestra, pero quien se limita a señalarlo juega en el terreno que ha elegido el adversario. La salida está en la otra mitad de la pared, la más difícil de pintar, y consiste en mostrar, con hechos visibles y no con consignas, qué gana una sociedad cuando decide gobernarse bien.

El viernes, el Congreso dio la medida exacta del problema. Los dos decretos del Gobierno sobre alquileres y desahucios cayeron con los votos de PP, Vox, Junts y UPN, y la vivienda, el miedo más real de todos, volvió a servir para dividir y no para prometer. Y lo que hay que prometer tiene hoy nombres concretos: un techo asequible, un salario que permita hacer planes, unos servicios públicos que no obliguen a elegir entre esperar o pagar.

Viena lleva un siglo demostrando que es posible. Cerca de la mitad de sus vecinos vive en pisos públicos o subvencionados, y allí el alquiler no es una amenaza, sino una certeza. Todo cabe en una palabra, igualdad, que durante demasiado tiempo se pronunció con la boca pequeña. Al margen de cualquier calendario, ponerse a ello ya no admite espera, aunque sea tarde. Aquella sala de Siena vio morir a su pintor, probablemente en la peste de 1348, y caer pocos años después al gobierno que la encargó. Pero mientras nadie se atreva a pintar esa otra mitad, seguiremos yendo a las urnas solo para frenar a alguien. Frenar es necesario, pero insuficiente; también hay que construir algo nuevo.

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