La ventana encendida
'Columna entre miradas'
Era una noche de julio. La tarde se había alargado entre cervezas, risas y anécdotas. El tiempo había pasado tan rápido que solo nos dimos cuenta de ello cuando alguien se acordó de mirar el reloj.
Fue por todo eso, por lo que el paseo nocturno a mi querido Kafé se retrasó más de lo habitual.
Las calles dormían en absoluto silencio. Tan solo se escuchaban las patitas de mi perro arañando la acera. Éramos dos sombras callejeando bajo la luz de unas pocas farolas.
Pero hubo algo que me llamó profundamente la atención. Alcé la vista hacia mi bloque de pisos, recorriendo de un rápido vistazo el montón de ventanas, todas con las persianas bajadas y la luz apagada. Todas salvo una.
En un edificio contiguo al mío vi una luz iluminando lo que parecía un estudio. A través de una ventana sin cortinas, observé a una chica sentada frente a un escritorio. Miré mi reloj: La 1:30 de la madrugada.
Mi mente novelesca imaginó a una opositora enfrentándose a los últimos días de estudio antes de un examen que podría cambiarle la vida para siempre.
Recuerdo el escalofrío que me recorrió el cuerpo al imaginarme de nuevo frente a aquel montón de apuntes.
Volví a mirar la ventana encendida. A quien estudia mientras el resto duerme.
Hay una especie de vida paralela que sucede mientras los demás continúan con la suya. Una vida de renuncia, esfuerzo y soledad. Una persona dispuesta a realizar un sacrificio titánico para alcanzar una meta que nadie le garantiza.
Opositar está lleno de cosas que casi nadie ve desde fuera. Hay una rutina que desgasta. Una autoestima pendiendo de un hilo terriblemente fino. Hay frustración, dolor, inseguridad y extenuación. Hay valor, resiliencia, superación y aprendizaje.
Hay muchas cosas que no vemos cuando miramos a alguien que está opositando. Vemos que estudia. Vemos que "todavía no ha aprobado". Vemos que no viene a una cena, que mira demasiadas veces el reloj, que se marcha pronto, que lleva años con lo mismo. Pero no vemos las horas, las pequeñas renuncias, los domingos idénticos a los martes, la culpa cuando descansa, el miedo.
Miedo a un nuevo fracaso. Miedo a seguir cumpliendo años sin haberlo logrado. Miedo a no ser suficiente. Miedo a no conseguirlo nunca.
Volví a mi realidad de golpe, sin dejar de mirar aquella ventana. Sin darme cuenta me había vuelto a sentar frente al escritorio, en una silla que conozco demasiado bien.
En mi caso, aquella ventana terminó apagándose cuando al fin llegó mi plaza.
Pero no todas se apagan así. Algunas lo hacen porque quien está detrás decide que ya ha entregado suficiente. Porque encuentra otro camino. Porque comprende que renunciar a una oposición no significa necesariamente haberse rendido.
No sé quién era aquella chica ni qué estudiaba. Tampoco sé si consiguió aquello por lo que permanecía despierta mientras todos dormían.
Solo sé que aquella noche, mientras Kafé y yo regresábamos a casa, su ventana seguía encendida.








